¿Qué nos está pasando a los seres humanos que, después de milenios de evolución, seguimos siendo presa fácil de atavismos que nos llevan a comportarnos como neandertales? ¿Por qué continuamos recurriendo a la violencia para resolver diferencias y disputas, tratando de imponer la razón de la fuerza en lugar de la fuerza de la razón? Siglos de civilización no han bastado para evitar la repetición de conflictos bélicos, persecuciones religiosas, totalitarismos y revoluciones sangrientas.
La violencia, entendida como el uso intencionado de la fuerza física, la coerción o el poder, para someter la voluntad de individuos o grupos sociales, provoca siempre daños físicos o psíquicos, privaciones, destrucción e incluso muerte. Quienes recurren a ella suelen justificarla como el camino más corto para combatir el “statu quo”, transformar la sociedad y construir un mundo más justo y equitativo. Sin embargo, olvidan las palabras de la filósofa y teórica política alemana Hannah Arendt: "La violencia puede destruir el poder, pero es completamente incapaz de crearlo".
Sus manifestaciones son múltiples y varias: violencia física, verbal, emocional, sexual, económica o sistémica. No obstante, todas comparten un mismo propósito y persiguen un mismo objetivo: imponer la voluntad propia con absoluto desprecio por la ajena.
En nuestros días, la violencia ya no se limita a los campos de batalla. Se infiltra también en las entrañas del organismo social y adopta formas que, aunque distintas en apariencia, responden a una misma lógica de dominación. El acoso escolar, el maltrato infantil, la violencia de género, las agresiones contra personas y colectivos vulnerables o la persecución y cancelación por motivos ideológicos o identitarios, son expresiones de un mismo fenómeno ancestral: dominar mediante el miedo y la intimidación, en lugar de respetar, dialogar y convencer.
El odio como instrumento de dominación
La violencia verbal ha conquistado buena parte de los foros públicos, los medios de comunicación y las redes sociales, alimentando el enfrentamiento y favoreciendo la difusión del odio. Estas últimas, las redes sociales, gracias al anonimato, la inmediatez y su enorme capacidad de propagación, se han convertido en un terreno especialmente propicio para el insulto, la amenaza, la descalificación y la vejación de personas e instituciones que antaño gozaban de respeto y que hoy son objeto de toda clase de injurias y descalificaciones.
La historia parece empeñada en recordarnos que el progreso material no siempre va acompañado de una evolución moral equivalente, porque el precio de las transformaciones radicales impuestas por la fuerza suele resultar excesivamente elevado. Destruir un orden establecido puede ser relativamente sencillo; reconstruir la convivencia exige voluntad, inteligencia y, sobre todo, tiempo, y sin garantía alguna de que el nuevo orden vaya a ser más justo y equitativo que el anterior.
Especialmente dolorosa resulta contemplar la manipulación a la que se somete a nuestros jóvenes -algunos todavía menores de edad- para inducirlos a ejercer la violencia, alterar el orden público o destruir la propiedad privada como expresión de su descontento y decepción. Sentimientos que, en ocasiones, nacen de expectativas frustradas, alimentadas previamente por discursos demagógicos y populistas.
La discrepancia y la protesta son legítimas en cualquier sociedad democrática. Pero ninguna causa, por justa que se proclame, convierte la violencia en un instrumento aceptable. Confundir la indignación con el derecho a destruir, o la discrepancia con la agresión al adversario, supone renunciar a los principios básicos que hacen posible la convivencia.
Educación, pensamiento crítico y razón frente a la barbarie
Frente a la violencia, Aristóteles defendía la importancia de la educación y de los buenos hábitos, especialmente durante las primeras etapas de la vida. Se le atribuye la siguiente reflexión: «Solo una mente educada puede entender un pensamiento diferente al suyo sin necesidad de aceptarlo». Una idea que resume una de las grandes tareas de la educación: enseñar a convivir con la disconformidad y el disenso.
Siglos después, Erasmo de Róterdam, humanista convencido, defendió la necesidad de oponerse a la barbarie de la guerra mediante la inteligencia, el razonamiento y la búsqueda del entendimiento, en lugar de alimentar el odio y la destrucción. Su pensamiento conserva una vigencia indiscutible en una época en la que, en el debate público, la descalificación suplanta con excesiva frecuencia a los argumentos
Y es que, en la raíz de los comportamientos violentos se encuentran sistemáticamente la ignorancia y la cerrazón mental. Pues tal y como explicaba el médico, jurista y filósofo andalusí del siglo XII, Averroes, nacido en Córdoba y fallecido en Marrakesh, “La ignorancia conduce al miedo, el miedo conduce al odio y el odio conduce a la violencia”.
Una secuencia que sigue vigente en nuestros días y que tal vez debiera hacernos reflexionar sobre nuestra incapacidad histórica como humanos para conseguir erradicar una conducta que acompaña a la humanidad desde sus orígenes. Pues como afirmaba la filósofa y escritora norteamericana, de origen ruso, Ayn Rad, “Ningún ser humano tiene el derecho de iniciar el uso de la fuerza contra otro”
Hemos desarrollado extraordinarios conocimientos científicos, conquistado avances tecnológicos inimaginables y construido instituciones destinadas a garantizar nuestros derechos. Sin embargo, seguimos mostrando una preocupante facilidad para recurrir a la intimidación cuando los argumentos no bastan para convencer al que disiente.
La verdadera evolución humana no consistirá únicamente en dominar la naturaleza o multiplicar nuestra capacidad tecnológica. Consistirá, sobre todo, en aprender a dominar nuestros primitivos impulsos y en aceptar que la razón, la educación y el respeto son herramientas mucho más poderosas y duraderas que la fuerza. @mundiario