La inauguración del tren Felipe Ángeles, que conecta la terminal de Buenavista con el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles, no es únicamente la puesta en marcha de una nueva infraestructura de transporte. Es, en realidad, el inicio de una etapa distinta en la forma de concebir la movilidad en la región más compleja y dinámica del país: la megalópolis del centro de México.
Durante décadas, el crecimiento urbano en la Ciudad de México y su zona conurbada ha estado marcado por la expansión desordenada, la dependencia del automóvil y la fragmentación territorial. Millones de personas se desplazan diariamente desde el Estado de México (EMX), Hidalgo, Puebla y Tlaxcala hacia los centros de trabajo, estudio y servicios, enfrentando trayectos largos, costosos y, muchas veces, indignos. La movilidad ha sido, más que un derecho, una carga.
Hoy tenemos la oportunidad de cambiar ese paradigma.
El tren Felipe Ángeles debe entenderse como el primer eslabón de una red mucho más amplia: un sistema de trenes de cercanías que articule de manera eficiente, sustentable y accesible a toda la megalópolis. No se trata de una idea nueva, pero sí de una urgencia postergada. Las condiciones actuales —demográficas, económicas y ambientales— hacen impostergable su realización.
Proponer una red ferroviaria de cercanías implica pensar en grande, pero con claridad estratégica. Y esa claridad pasa por definir proyectos concretos que detonen una verdadera transformación regional.
En primer lugar, resulta indispensable la prolongación de la ruta Buenavista–Cuautitlán hasta Huehuetoca. Esta ampliación permitiría atender el crecimiento acelerado del norte del Valle de México, incorporando a miles de usuarios que hoy dependen casi exclusivamente del transporte carretero. Extender esta línea no es solo una mejora operativa: es un acto de justicia territorial para comunidades que han quedado al margen de las grandes inversiones en movilidad.
En segundo término, es fundamental la construcción de una línea periférica de carácter ferroviario, que conecte Lechería con Chalco, pasando por Texcoco. Esta línea, concebida como un anillo metropolitano, rompería con la lógica radial que hoy obliga a que prácticamente todos los desplazamientos pasen por la Ciudad de México. Al articular el nororiente y el oriente del Valle de México, se generarían nuevas centralidades, se descongestionaría la capital y se abrirían rutas más directas y eficientes para millones de personas.
Finalmente, la red debe proyectarse más allá de los límites inmediatos de la zona conurbada. Es imprescindible avanzar en la conexión ferroviaria hacia la ciudad de Puebla, consolidando un corredor de alta capacidad que integre a dos de las regiones más importantes del país. Esta conexión no solo tendría un impacto en la movilidad cotidiana, sino también en la competitividad económica, el turismo y la integración regional.
Los beneficios de una red con estas características serían profundos. En primer lugar, reducir significativamente los tiempos de traslado, devolviendo a millones de personas horas de vida hoy perdidas en el tráfico. En segundo lugar, disminuir la presión sobre las vialidades y, con ello, los niveles de contaminación que asfixian a nuestra región. En tercer lugar, impulsar el desarrollo económico equilibrado, llevando inversión y oportunidades a zonas que hoy permanecen marginadas o desconectadas.
Pero hay algo aún más importante: una red de trenes de cercanías es una apuesta por la equidad. Es reconocer que el acceso a la movilidad de calidad no debe depender del nivel de ingreso ni del lugar de residencia. Es construir un territorio más justo, donde vivir lejos no signifique vivir peor.
Este proyecto requiere, desde luego, voluntad política, coordinación entre entidades federativas y una planeación de largo plazo. No basta con obras aisladas; se necesita una visión integral que trascienda administraciones y colores partidistas. La megalópolis no puede seguir fragmentada en decisiones locales inconexas.
El Estado mexicano ha demostrado, con proyectos recientes, que es capaz de emprender obras de gran envergadura cuando hay determinación. Hoy esa determinación debe orientarse hacia la construcción de un sistema ferroviario que esté a la altura de las necesidades del siglo XXI.
El tren Felipe Ángeles es una señal. Ahora toca convertir esa señal en política pública sostenida, en red, en sistema. La movilidad no puede seguir siendo el problema estructural que limite el desarrollo de millones. Debe convertirse en la palanca que lo impulse.
La hora del tren de cercanías ha llegado. Y con ella, la posibilidad de reconciliar a la ciudad con su región, al crecimiento con la planeación y al desarrollo con la justicia social.
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