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El Financiero 18 Mar, 2026 11:31

Un giro capitalista en Cuba no traerá democracia

La estrategia de la Casa Blanca respecto a Cuba es ahora evidente: desmontar la fachada pública del régimen para asegurarse una ventaja estratégica decisiva, sin llegar a provocar un cambio de régimen total.

Ese es el modelo que la administración Trump siguió en Venezuela tras la extracción de Nicolás Maduro a principios de este año, y el enfoque que ahora parece estar aplicando en la isla comunista.

Según un informe publicado el lunes por The New York Times, Donald Trump pretende apartar del poder al presidente elegido a dedo por Cuba, Miguel Díaz-Canel, dejando intacto el sistema represivo respaldado por el Ejército que ha gobernado el país desde la revolución de Fidel Castro en 1959.

Esta iniciativa se desarrolla en paralelo a una creciente presión económica y financiera destinada a obligar a La Habana a una subordinación de facto a Washington. Coincide con informes sobre múltiples conversaciones entre funcionarios estadounidenses y figuras cercanas a Raúl Castro, el autócrata del régimen.

Llámese “transición contenida”: una estrategia destinada a alterar el statu quo lo justo para poner en marcha el cambio bajo la tutela de EU sin alterar las dinámicas de poder subyacentes del régimen, al menos a corto plazo.

Al igual que en Venezuela, ofrece a Trump una gran victoria para los libros de historia. “Tendré el honor de tomar Cuba”, se jactó, mientras trata de evitar los riesgos de disturbios civiles, migración masiva o el colapso total del Estado.

El gobierno cubano, por su parte, parece estar respondiendo de forma más proactiva, quizá consciente de que esfuerzos similares por vías extraoficiales en Venezuela e Irán acabaron dando paso a la acción militar.

La semana pasada, Díaz-Canel reconoció públicamente por primera vez que se estaban llevando a cabo conversaciones con Washington para “buscar soluciones por la vía del diálogo a las diferencias bilaterales que tenemos entre las dos naciones”, mientras que su gobierno se comprometió a liberar a decenas de presos políticos.

Estas medidas fueron seguidas de promesas de facilitar la participación de los cubanos en el extranjero en una economía dominada por el Estado, incluyendo permitirles invertir y ser propietarios de negocios privados, un paso pequeño pero significativo hacia el capitalismo que se alinea tanto con los intereses de la diáspora como con el impulso de Washington para fortalecer el sector privado local.

El régimen ha mostrado también su disposición a cooperar en materia de seguridad, al tiempo que rechaza enérgicamente cualquier vínculo con grupos terroristas o con el lavado de dinero.

Todas estas señales deben tomarse en serio. Indican un punto de inflexión en la historia de Cuba. Informes de la isla describen un panorama social frágil, marcado por largos apagones y una escasez cada vez mayor tras décadas de mala gestión económica, agravadas por la pandemia, un éxodo masivo y una fuerte caída del apoyo externo.

Políticamente aislada y acorralada por las extremas pero eficaces restricciones de la administración Trump a los envíos de combustible, a la dirección cubana le quedan pocas opciones más que entablar un diálogo con Washington. La verdadera cuestión no es si Díaz-Canel puede ser destituido, sino cómo La Habana presentará su destitución como algo distinto a una humillante concesión de soberanía al imperio.

Al mismo tiempo, el enfoque de Trump deja una cosa clara: la democracia no llegará a Cuba en el corto plazo. Si el objetivo es forzar un cambio económico sin una apertura política significativa, las expectativas de una transformación genuina deberían moderarse considerablemente.

El secretario de Estado, Marco Rubio, lo expresó sin rodeos en una reunión de la Comunidad del Caribe celebrada en St. Kitts el mes pasado: “El statu quo de Cuba es inaceptable. Cuba necesita cambiar”, dijo antes de añadir: “No tiene por qué cambiar de golpe. No tiene por qué cambiar de un día para otro”.

Aquí es donde los paralelismos con Venezuela comienzan a desmoronarse. El acceso a la riqueza petrolera de Venezuela fue fundamental en el cálculo que llevó a apuntar contra Maduro. Cuba, por el contrario, se encuentra en primera línea de una nueva era de militarización de la energía, dada su dependencia del combustible importado.

Cuba tampoco es Venezuela en lo político: carece de una oposición movilizada preparada para gobernar y no tiene una tradición electoral reciente ni instituciones liberales; su más reciente e imperfecto experimento democrático se remonta a casi 75 años.

En ese sentido, una “transición contenida” podría ser la vía menos arriesgada, salvo una intervención militar desestabilizadora y probablemente desastrosa. De hecho, si el plan de Trump avanza tal y como parece, no sería la primera vez que la isla se encuentra bajo algún tipo de protectorado estadounidense tras el período neocolonialista de principios del siglo XX.

La turbulenta relación entre ambos países tiene raíces profundas, y la Casa Blanca bien podría declararse vencedora simplemente demostrando que es capaz de forzar acciones donde otras administraciones fracasaron. Pero un modelo “Raúl sin Raúl”, en el que la red de los Castro sigue ejerciendo el poder desde las sombras, podría resultar siendo —en última instancia— una victoria demasiado diluida, especialmente para los cubanoamericanos de Florida, cuyas expectativas van mucho más allá de una reorganización cosmética.

Esa brecha entre el cambio simbólico y la transformación sustantiva conlleva riesgos políticos internos para Trump y Rubio, sobre todo si dar un giro a la economía y las infraestructuras de Cuba resulta más difícil de lo previsto.

La transición que se está produciendo en Cuba también pone a prueba a América Latina y el Caribe. Tras años sin lograr articular una respuesta democrática coherente a la crisis de Venezuela, la región tiene ahora otra oportunidad de influir en los acontecimientos. Pero las expectativas deben seguir siendo modestas.

Persisten profundas divisiones ideológicas, incluso mientras la región se inclina hacia la derecha. Los gobiernos de izquierda de México y Brasil, que durante mucho tiempo han tendido a idealizar el régimen cubano, tendrán que reconocer que el cambio es inevitable. Si quieren un lugar en la mesa, deberán ofrecer alternativas creíbles y una voluntad genuina de mediar de manera constructiva. De lo contrario, corren el riesgo de quedar marginados una vez más por Washington, como ocurrió en Venezuela.

En un libro reciente, el escritor cubano Leonardo Padura reflexiona sobre la nostalgia y el desencanto que supone ver cómo La Habana, anteriormente conocida como el París del Caribe, cae en una decadencia irreversible.

Ahora podría estar surgiendo una oportunidad para revertir esa trayectoria, tanto para la capital como para la isla, a través de un proceso político estrictamente controlado. La historia sugiere que simplemente no será tan rápido ni tan profundo como muchos esperan.

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