Hablemos de los santos chungos y de por qué para llegar a santo no hace falta haber sido un angelito. Hemos convertido a los santos en personajes de estampita, con aureola, mirada al cielo y una vida tan perfecta que resulta difícil reconocernos en ellos. Pero muchos tuvieron un pasado bastante menos edificante.
Cuando pensamos en un santo, probablemente imaginamos a alguien que nunca rompió un plato, que siempre hizo lo correcto y que desde pequeño apuntaba maneras para llegar a los altares. Una persona de esas que, mientras nosotros pensábamos en salir de fiesta, ya estaban rezando vísperas.
Hace unos días, en una reunión de la parroquia de Edith Stein, una mujer cuya vida también fue un camino de búsqueda, conversión y entrega, recordábamos la visita del papa León XIV a España y, especialmente, su encuentro con los jóvenes en Madrid. Una de las preguntas que le hicieron fue qué santos habían sido referentes en su vida.
San Agustín pasó de una juventud de placeres a convertirse en uno de los grandes pensadores de la Iglesia. Bartolo Longo abandonó el ocultismo y acabó siendo canonizado por León XIV en 2025
San Agustín salió enseguida a relucir, pero el Papa mencionó también a san Juan Crisóstomo, santo Tomás de Villanueva y santo Toribio de Mogrovejo, poco conocidos.
Muchas veces no nos interesamos por la vida de los santos. Los hubo mujeriegos, pendencieros, descarriados, aficionados a las malas compañías e incluso devotos del mismísimo Satanás. Gente que, si hubiera tenido redes sociales, habría preferido que nadie encontrase sus publicaciones de juventud y que, sin embargo, acabó en los altares.
En mi reunión, alguien dijo que había santos chungos y a mí se me dio por querer contarlo a propósito del Día de Todos los Santos. Somos pecadores, sí, pero eso no significa que la santidad esté fuera de nuestro alcance. La realidad es mucho más esperanzadora de lo que a veces pensamos. Algunos santos tuvieron un pasado que hoy les habría costado más de un titular comprometido.
Así que, más allá de mis santos preferidos —san José, santa Cristina, san Isidro, san Agustín, san Pedro y san Judas Tadeo—, me he encontrado personajes que demuestran que Dios no necesita un expediente impecable para empezar a trabajar en nosotros.
Andrés Wouters: pecador, sí; hereje, ni hablar
Empecemos fuerte. Wouters fue uno de los mártires de Gorcum, un sacerdote holandés del siglo XVI que, según las crónicas, no era precisamente un modelo de comportamiento sacerdotal. Tenía fama de borracho, mujeriego y había tenido hijos pese a su condición de clérigo.
Cuando en 1572 fue apresado junto a otros religiosos, le ofrecieron salvar la vida si renegaba de sus creencias. Entonces pronunció una de esas frases que merecen pasar a la historia: «Fornicador siempre fui, pero hereje nunca». Murió mártir. Quizá nuestro peor capítulo no tiene por qué ser el último.
San Agustín: una juventud de placeres y una conversión extraordinaria
Si hay alguien que podría haber escrito unas buenas memorias sobre una juventud agitada, ese es Agustín de Hipona. Inteligente, brillante, apasionado y bastante alejado de lo que hoy llamaríamos una vida ordenada.
Disfrutó de los placeres, mantuvo durante años una relación fuera del matrimonio de la que nació su hijo Adeodato, de quien habla con muchísimo cariño en sus Confesiones. Pasó por distintas corrientes filosóficas y religiosas buscando respuestas. Mientras tanto, su madre, santa Mónica, rezaba por él sin desfallecer. Aquella insistencia maternal tuvo finalmente respuesta.
Finalmente, Agustín se convirtió al cristianismo, llegó a ser obispo de Hipona y ha sido uno de los grandes pensadores de la Iglesia. En sus Confesiones dejó una de las frases más hermosas de la historia de la espiritualidad: «¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!».
Bartolo Longo: del satanismo al apóstol del Rosario
Este italiano del siglo XIX llegó a introducirse en círculos espiritistas y ocultistas durante sus años universitarios de fiestas y orgías en Nápoles. Su deriva fue tal que, según se dice, llegó a ser consagrado como sacerdote de un culto satánico. Sí, has leído bien. El mismo hombre que acabaría dedicando su vida a propagar el Rosario.
Su experiencia en aquel mundo le dejó profundamente atormentado. Pero no estaba solo. Gracias a la ayuda de un amigo y al acompañamiento del sacerdote dominico Alberto Radente, inició un camino de regreso a la fe católica.
Se convirtió en el gran apóstol del Rosario de Pompeya, impulsó la construcción de su famoso santuario y promovió numerosas obras de caridad, especialmente en favor de niños y personas necesitadas.
En octubre de 2025, el papa León XIV lo canonizó. De sacerdote satánico a santo de la Iglesia católica. Si alguien necesita pruebas de que Dios puede escribir recto con renglones muy torcidos, aquí tiene una.
Santa Margarita de Cortona: de una vida escandalosa a los altares
También las mujeres tienen sus historias de película. Margarita de Cortona, nacida en la Toscana en el siglo XIII, abandonó el hogar familiar siendo muy joven. Vivió con un noble con quien tuvo un hijo sin llegar a casarse con él, lo que le costó la deshonra y una vida de pecado entre regalos espléndidos y promesas mentirosas.
Cuando su compañero murió violentamente, aquel golpe cambió el rumbo de su vida. Se acercó a los franciscanos, abrazó una vida de penitencia y dedicó buena parte de sus esfuerzos a los pobres y enfermos. Fue canonizada en 1728.
María Magdalena: la mujer a la que no debemos reducir a su pasado
Y terminamos con una de las mujeres más fascinantes del Evangelio. María Magdalena ha sido presentada durante siglos como una prostituta arrepentida. Sin embargo, los Evangelios nunca dicen que lo fuera. Cuentan que Jesús expulsó de ella siete demonios, que fue una de sus discípulas y que estuvo presente en los momentos más dramáticos de su Pasión.
Y, sobre todo, fue la primera testigo de la Resurrección, encargada de anunciar a los apóstoles que Cristo había resucitado. La tradición la llama, con toda justicia, apóstol de los apóstoles. Lo que sabemos es que su encuentro con Jesús la convirtió en una mujer decisiva para la historia del cristianismo.
Santos de carne y hueso
El 1 de noviembre celebramos a todos los santos. A los conocidos y a los anónimos. Es un buen momento para recordar que ninguno de nosotros necesita tener una biografía perfecta para aspirar a la santidad. Al fin y al cabo, como dijo Jesús: «El que esté libre de pecado que tire la primera piedra».
Ser santo significa dejar que Dios entre también en nuestras zonas oscuras, levantarse después de caer y volver a intentarlo. Los santos no fueron extraterrestres ni personas de otra categoría humana. Tuvieron defectos, dudas, heridas y pasados que probablemente no habrían contado en una primera cita.
Así que este Día de Todos los Santos, en lugar de mirar las aureolas desde lejos y pensar que aquello no va con nosotros, quizá podríamos preguntarnos: ¿y si la santidad estuviera bastante más cerca de lo que creemos? Al fin y al cabo, viendo el currículum de algunos de los que ya están en el cielo, parece que todavía tenemos posibilidades. Y muchas. @mundiario