La imagen de las tiendas de campaña en la Puerta del Sol comienza a perder protagonismo, pero el conflicto que las llevó hasta allí continúa abierto. La movilización nacida el 26 de septiembre para denunciar los problemas de acceso a la vivienda ha iniciado una transformación que va más allá de recoger sacos de dormir y desmontar estructuras. Una parte mayoritaria de sus organizadores considera que ha llegado el momento de trasladar la protesta a otros espacios y convertir una concentración ciudadana en una red de acción colectiva.
La decisión tiene una lectura política y social importante: mantener una reivindicación en el centro de Madrid permite visibilizar un problema, pero conseguir que esa presión se traduzca en cambios exige continuidad, organización y capacidad para implicar a más personas.
La salida de buena parte de las comisiones que sostenían la acampada supone un cambio de ciclo. Después de 35 días en Sol, sus integrantes consideran que han conseguido situar el problema de la vivienda en el debate público y demostrar que la ciudadanía puede organizarse al margen de los cauces institucionales habituales.
El detonante de la protesta fue el desahucio de Maricarmen Abascal, una mujer de 87 años que tuvo que abandonar su vivienda y falleció tres semanas después en el hospital. Su caso se convirtió en el símbolo de una problemática que afecta a personas mayores, familias vulnerables y trabajadores que encuentran cada vez más dificultades para acceder a un hogar.
Durante la movilización también se reclamó la aprobación de los denominados decretos Maricarmen, que finalmente no consiguieron salir adelante en el Congreso. Este resultado evidencia una de las principales limitaciones de las protestas: conseguir atención pública no garantiza que las instituciones transformen inmediatamente las reivindicaciones en decisiones legislativas.
La advertencia del Gobierno acelera una decisión que ya estaba sobre la mesa
El repliegue también está relacionado con las comunicaciones remitidas por la Delegación del Gobierno en Madrid. En una primera notificación se planteó la posibilidad de poner fin a la concentración al considerar que su finalidad reivindicativa ya se había desarrollado. Posteriormente, un segundo escrito instó a los participantes a desmontar las instalaciones a la mayor brevedad.
Este cambio de tono introdujo un elemento de incertidumbre sobre la continuidad del asentamiento y la protección de quienes permanecían en él. Según Zahira Pagán, portavoz de las personas que han abandonado Sol, alrededor de 600 participantes se marcharon después de conocerse las advertencias.
Sin embargo, la retirada no ha sido unánime. Algunas personas vinculadas a las comisiones de Comunicación, Cuidados, Pulmón y Cultura continúan en la plaza, junto a la asociación de personas sin hogar. La falta de consenso sobre cómo y cuándo terminar la acampada demuestra que también existen diferencias internas acerca de los riesgos, las prioridades y el futuro de la movilización.
El verdadero desafío comienza ahora: convertir la protesta en organización vecinal
El movimiento pretende trasladar su actividad a los barrios bajo una nueva identidad: Movimiento 26S. Su siguiente objetivo es participar en la preparación de la huelga general del 11 de noviembre y mantener la presión sobre las instituciones con independencia de quién ocupe los escaños del Congreso después de las elecciones del 29 de noviembre.
Este desplazamiento puede modificar la naturaleza de la protesta. Sol ofrecía visibilidad, concentración y una imagen fácilmente reconocible. Los barrios, en cambio, permiten trabajar directamente con los problemas cotidianos: alquileres inasumibles, desahucios, precariedad residencial y dificultades para negociar con propietarios.
El cambio también plantea interrogantes. Una acampada puede reunir a cientos de personas durante semanas, pero construir una estructura estable requiere coordinación, recursos y objetivos compartidos. La dispersión territorial puede ampliar la participación, aunque también dificultar la unidad que proporcionaba el espacio común de Sol.
Lo sucedido deja una cuestión de fondo: ¿puede una protesta que nació para defender el derecho a la vivienda convertirse en una fuerza social capaz de mantener esa reivindicación en el tiempo? La retirada de las tiendas no significa necesariamente el final de la movilización. Su verdadero alcance dependerá de que consiga transformar la indignación inicial en participación vecinal, presión ciudadana y propuestas concretas.
Porque abandonar una plaza puede cerrar una etapa de protesta, pero no resuelve el problema que llevó a ocuparla. El futuro del Movimiento 26S se medirá, precisamente, por su capacidad para demostrar que su fuerza no dependía de las tiendas instaladas en el centro de Madrid, sino de las personas dispuestas a seguir organizándose. @mundiario