Corría el año 1826, y en la fortaleza del Real Felipe, en el puerto peruano de El Callao, flameaba una bandera, rota y descolorida, que se negaba a caer. La batalla de Ayacucho de 1824 había sellado el fin de la soberanía española en Sudamérica, pero un militar gallego decidió no rendirse. Para él éramos todos hermanos.
Mucho se evoca la gesta de los “Últimos de Filipinas”, pero en el continente americano también hubo un hombre que no se hincó. Ante la inminente fragmentación de la Hispanidad y el presagio de dos siglos de incertidumbre internacional, navegando a la deriva, sostuvo una resistencia increíble que llevó al propio Simón Bolívar a pronunciar una frase para la historia, “El heroísmo no es digno de castigo”. Ese señor desconocido, un fantasma del pasado, fue incluso olvidado en su propia tierra, era José Ramón Rodil Gayoso.
Rodil nació el 20 de febrero de 1789 en la pequeña aldea de Trobo, en la antigua jurisdicción de Burón (A Fonsagrada).Nacía así en As Terras de Burón, una comarca montañosa entre Galicia y Asturias, donde se respira naturaleza, en de la Reserva de la Biosfera del Eo, Oscos e Terras de Burón. Un paisaje de bosques primigenios, antiguo reino de osos, atravesado por el Camino Primitivo a Compostela. Presidiendo el horizonte se alzaban los quince metros de la Torre de Burón,antigua propiedad de los Condes de Altamira y de los Lemos…
Aunque su familia la perfilan de agraria, trabajadora de la tierra, Rodil pertenecía a la estirpe de los Méndez Rodil y Cancio. Por sus venas corría la sangre de Gonzalo Méndez de Cancio, aquel gobernador de la Florida que hirió de muerte al pirata Francis Drake y trajo el primer maíz a Europa. La valentía, aventura, arrojo y disciplina venían inoculados en su genética.
Inició sus estudios en el Seminario de Mondoñedo, refugio del saber, y los continuó en la Universidad de Santiago de Compostela. Cuando la invasión francesa sacudió la Península en 1808, el joven estudiante abandonó los libros y se enroló en el mítico Batallón Literario. Como los antiguos monjes soldados, unió a Minerva y Marte , la sabiduría y la espada, en una decisión que marcaría para siempre su vocación de servicio.
En 1817 cruzó el Atlántico como comandante desembarcando en el Virreinato del Perú. Tras organizar tropas en Arequipa y combatir en batallas decisivas en Chile como Maipú, Cancha Rayada y Talca, el destino lo condujo al puerto de El Callao. Aquel bastión guardaba un guiño un hilo curioso con el origen de Rodil, la ciudad de Lima había sido gobernada tiempo atrás por los Condes de Lemos, señores de esa misma Torre de Burón desde 1458.
Al negarse a acatar las capitulaciones tras Ayacucho, Rodil se atrincheró en la fortaleza rodeado por los ejércitos insurgentes. Lo que siguió fue un asedio numantino de casi dos años, de sed sofocante y hambre devoradora. Dicen que incluso se alimentaron de ratas. Cuando las puertas se abrieron, de la fortaleza salieron unos cientos de hombres enfermos desnutridos y cadavéricos, pero con la dignidad intacta. El rostro del pobre humilde, que porta la más alta grandeza. Aquella resistencia inspirará más tarde dramas teatrales.
Tras su regreso a la Península, lejos de retirarse a una vida serena, Rodil comenzó a acumular méritos que lo situaron rápidamente en el centro de la convulsa vida política y militar de la España decimonónica. Recompensado con los títulos de Vizconde de Trobo y Marqués de Rodil, además del ascenso a Mariscal del Ejército de Ultramar.
Se le encomendó una misión digna de una novela de intriga: perseguir y capturar tras la muerte de Fernando VII al pretendiente Carlos María Isidro en la frontera con Portugal. Poco después, al estallar la Primera Guerra Carlista como jefe del Ejército del Norte,midió su genio táctico en los valles vasco-navarros frente al temible general Tomás de Zumalacárregui. Contra quien perdió.
Su marcada inclinación hacia las ideas liberales e ilustradas, lo llevarían a desempeñar durante casi quince años el cargo de Gran Maestre de la Masonería en España, y lo impulsó a integrarse activamente en el Partido Progresista de Mendizábal. Tras ejercer como Virrey de Navarra y Senador del Reino, alcanzó la cima de su carrera política en 1842 cuando, bajo la regencia de Baldomero Espartero, fue nombrado Presidente del Consejo de Ministros.
Supe de él de la manera más mágica, una noche merodeando las bóvedas húmedas del fuerte de Callao, en una sesión nocturna, en plena oscuridad, leí su nombre en un cuadro, y pensé, este es uno de los nuestros. Se me reveló, como una aparición esotérica. Subí la mirada hacia sus ojos, Rodil estaba allí.
Los honores políticos y los títulos nobiliarios terminan por diluirse, son papel mojado, hasta la montaña más alta se vuelve llanura, los cuerpos desvanecen en polvo, y el recuerdo se oscurece. Más en la memoria de la historia hispana queda imborrable aquel acto de un oficial de A Fonsagrada, la medalla indiscutible de haber sido el último en defender la presencia de España en la tierra firme de América. @mundiario