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El Diario 31 Oct, 2026 19:31 (7 min de lectura)
Riesgo / Alerta

‘Todo lo que amamos está en juego’

‘Todo lo que amamos está en juego’
PUNTOS CLAVE DEL ANALISIS (IA SCOPE)
• Las elecciones intermedias de EE.UU. giran en torno al costo de vida y principios nacionales.
• Trump ataca tres pilares (recortes a universidades e NIH), inmigración (baja estudiantes internacionales) y normas no escritas.

Las elecciones intermedias de Estados Unidos probablemente se definirán sobre todo por temas como el costo de la vida. Pero lo que está en juego va mucho más allá de las preocupaciones cotidianas en las que se concentran muchos votantes.

Los principios y las estrategias que a lo largo de varias generaciones han convertido de hecho a Estados Unidos en la nación líder del mundo están en la boleta, y estas elecciones intermedias marcan un posible punto de inflexión.

Centrémonos en tres pilares que explican el ascenso, la fortaleza y la resiliencia de nuestra nación.

El primero es la educación: Estados Unidos fue pionero de la educación masiva en el siglo XIX y hoy tiene grandes universidades e instituciones de investigación que están entre las joyas de la corona del país. Eso nos ha dado ventaja en la competencia económica global. Sin embargo, el presidente Donald Trump, con la aquiescencia de los republicanos del Congreso, está vandalizando la educación, desde Head Start (el programa de educación temprana) para niños de 4 años que viven en la pobreza hasta universidades de élite que investigan nuevos tratamientos contra el cáncer.

Trump intenta desmantelar el Departamento de Educación, recortar la ayuda estudiantil y reducir el apoyo a la Fundación Nacional de Ciencias y a los Institutos Nacionales de Salud. Su guerra contra las principales universidades del país es especialmente alarmante: ha intentado, en distintos momentos, quitarles financiamiento, cancelar su condición de exentas de impuestos y dificultar la inscripción de estudiantes extranjeros.

“Estados Unidos se está suicidando”, me dijo Yasheng Huang, profesor del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), en referencia a la campaña trumpista para satanizar la educación superior y entorpecer la investigación de vanguardia.

Otra fuente de la grandeza estadounidense que Trump está estrangulando es la inmigración. Estados Unidos se ha beneficiado enormemente de sucesivas oleadas de recién llegados de todo el mundo, que a menudo llegaban sin un centavo y sin inglés (como mi padre en 1952), pero que sacaban adelante a sus familias en una o dos generaciones. Una razón por la que somos líderes mundiales en ciencia y tecnología es que hemos podido reclutar a las mentes más brillantes y a los trabajadores más dedicados de todo el planeta.

Cuando viví en China hace décadas, entrevisté a aspirantes a Harvard, y una de las estudiantes de quienes dije a la universidad que tendría suerte de contar con ella era una joven brillante llamada Sofie Qiao. La admitieron, obtuvo un doctorado y se hizo estadounidense. Hoy es una empresaria serial de biotecnología en Silicon Valley que ayuda a desarrollar tratamientos contra los cánceres de mama y de próstata y contra el mesotelioma. Ahora ayuda a salvar la vida de otros estadounidenses.

Con Trump, llegan a Estados Unidos menos “Sofies” de hoy. El número de estudiantes internacionales que llegaron en agosto de 2025 para el semestre de otoño bajó casi una quinta parte, y el de agosto de 2026 cayó otro 12%.

Un tercer pilar que ha hecho de Estados Unidos el país líder del mundo es el conjunto de normas que rigen nuestra política, nuestra economía y nuestra sociedad.

Hasta que llegó Trump, yo creía que eran las leyes y la Constitución los principales contrapesos del país, pero al ver cómo Trump ha atropellado al Congreso y a los tribunales, he llegado a pensar que las normas no escritas son igual de importantes para sostener la democracia y la fortaleza económica. Pienso en tradiciones sencillas, como que los presidentes respeten los resultados electorales, no persigan a sus rivales y se abstengan de iniciar guerras comerciales temerarias con, bueno, todo el mundo.

Las normas de autocontención hicieron funcionar históricamente el sistema. Los presidentes no trataban de aplastar a bufetes de abogados o universidades, ni sus gobiernos engañaban a los tribunales federales o enviaban a agentes armados a las ciudades, donde dispararon contra personas. Los presidentes discutían con sus aliados, pero no amenazaban con invadir Groenlandia.

Trump ha intentado pulverizar esas normas al vilipendiar a los inmigrantes, denigrar a las mujeres y amenazar con “aniquilar” a Irán.

Apenas este mes llamó “lunática desquiciada” a una jueza federal.

“La hostilidad es tóxica”, dijo David Beasley, ex gobernador republicano de Carolina del Sur, “y sin duda está alimentando el corazón, la mente y el alma de los estadounidenses”.

Trump intenta establecer lo que, a mi parecer, se siente como un culto a la personalidad: puso su nombre en el Centro Kennedy y su foto en los pases de los parques nacionales y en algunos pasaportes. Me recuerda a Bangladesh bajo su última dictadora, quien se hizo nombrar “madre de la humanidad” y puso su retrato y el de su padre por todas partes. Otros presidentes remodelaron; Trump derribó el Ala Este de la Casa Blanca, construye un salón de baile y pretende levantar un llamado “Arc de Trump”.

Luego está la codicia, a otro nivel por completo. Trump obtuvo al menos 2 mil 200 millones de dólares el año pasado, su primer año de regreso a la Casa Blanca, gran parte de ello de los negocios de criptomonedas de su familia, según un análisis de The New York Times. Eso es más de 6 millones de dólares diarios. Cuando Amazon pagó, según informes, 40 millones de dólares para adquirir el documental sobre Melania Trump, recordé que cubrí la corrupción en Indonesia en la década de 1990, cuando a la esposa del presidente, Madame Tien, le decían “Madame Tien Percent” (un juego con “ten percent”, diez por ciento).

La mezcla de grandiosidad, autoritarismo y corrupción que se filtra desde la Casa Blanca contamina al Gobierno, a la sociedad civil y a la economía. Tras pasar buena parte de mi carrera periodística reportando en dictaduras de cuarta, veo mucho que me resulta familiar; es desgarrador ver cómo esto ocurre en mi propio país.

Trump ha trabajado para socavar todo el sistema internacional que Estados Unidos creó tras la Segunda Guerra Mundial, para nuestro beneficio y el del mundo, para promover la paz, el comercio, la prosperidad y la salud. El ébola, la pobreza y Vladimir Putin son beneficiarios. Imaginemos que en 1943 el presidente Franklin Roosevelt hubiera abandonado a Gran Bretaña y cambiado su apoyo al Tercer Reich; eso se parece un poco al aparente giro de Trump de Ucrania hacia Rusia.

Puede que no hayamos tocado fondo. Un paso especialmente peligroso sería que Trump invocara la Ley de Insurrección y enviara tropas a reprimir protestas o a apoderarse de urnas. Cuando se le preguntó por la Ley de Insurrección, Trump dijo a la revista Time: “Podría usarla. Mucha gente piensa que debería usarla a veces”.

Nada de esto es normal. Estamos traicionando a otros países, pero también nuestra propia historia y cultura. Siempre me pregunté qué pensaban los ciudadanos de la antigua Roma, un imperio orgulloso y sofisticado, cuando llegaba al poder uno de sus emperadores locos. Ahora tengo una vaga idea.

“Este es el mayor robo en la historia del mundo: robarse a Estados Unidos”, dijo el cantante Bono sobre lo que ha ocurrido. “Todo lo que amamos está en juego”, me dijo.

Esos son, pues, lo que está en juego en esta elección. ¿Aceptaremos la pérdida? ¿O trataremos de recuperar nuestro país?

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