Italia vuelve a tener un campeón del mundo de Fórmula 1 después de 73 años. Kimi Antonelli puso fin a una de las esperas más prolongadas de la historia de la categoría al asegurar el título de 2026 con Mercedes, en el Gran Premio de México. El último piloto italiano que había conseguido semejante reconocimiento era Alberto Ascari, bicampeón en 1952 y 1953 con Ferrari. La distancia entre ambos nombres atraviesa generaciones enteras de aficionados y resume una paradoja: pocos países han construido una relación tan profunda con el automovilismo como Italia, pero ninguno de sus pilotos había conseguido volver a lo más alto del campeonato desde aquella época.
La sequía comenzó después de la segunda corona de Ascari, conseguida en el Gran Premio de Suiza de 1953. El piloto milanés había dominado las primeras temporadas de la década y se convirtió en el gran referente de Ferrari durante los años fundacionales del campeonato. Antes que él, Giuseppe Farina había conquistado el primer Mundial de la historia, en 1950, con Alfa Romeo. De esta manera, Italia había conseguido tres títulos en apenas cuatro temporadas, con dos representantes diferentes, y parecía destinada a mantener una presencia protagonista en la competición. Sin embargo, aquella primera etapa de dominio no tuvo continuidad.
La historia de Ascari también quedó marcada por la tragedia. El piloto murió en mayo de 1955 durante unas pruebas en Monza, cuando tenía 36 años. Su desaparición dejó un vacío deportivo y emocional en el automovilismo italiano, que perdió a una de sus grandes figuras en plena etapa de consolidación de la Fórmula 1. A partir de entonces, el país siguió produciendo pilotos competitivos, pero ninguno logró repetir el éxito mundial de sus dos primeros campeones. La corona se convirtió en un recuerdo cada vez más lejano, mientras la categoría evolucionaba hacia una estructura deportiva, tecnológica y económica muy distinta.
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— Formula 1 (@F1) November 1, 2026
Lo llamativo es que la ausencia de campeones italianos no significó una falta de talento. Durante las décadas siguientes aparecieron nombres capaces de competir por grandes resultados e incluso de disputar el título hasta las últimas carreras. Michele Alboreto terminó segundo en 1985 con Ferrari, mientras que Riccardo Patrese fue subcampeón en 1992 con Williams. Ninguno pudo completar el último paso. Italia tuvo pilotos ganadores, protagonistas y respetados dentro del paddock, pero el campeonato mundial siguió escapándose de sus manos. La diferencia entre contar con buenos representantes y conseguir un campeón terminó convirtiéndose en una constante histórica.
La paradoja también se explica por la transformación de la propia Fórmula 1. En sus primeros años, Italia contaba con varias estructuras importantes, como Alfa Romeo, Maserati, Lancia y Ferrari. Con el paso del tiempo, muchas de esas marcas abandonaron la competición y el centro de gravedad técnico y empresarial se desplazó hacia el Reino Unido. Ferrari permaneció como la gran referencia italiana, pero la nacionalidad de una escudería no garantiza que sus pilotos sean del mismo país. La categoría se internacionalizó y las oportunidades para los talentos locales dejaron de depender de una estructura nacional dominante.
Una pasión nacional que no encontraba a su campeón
La ausencia de un campeón italiano también modificó la relación de los aficionados con la competición. Durante décadas, los tifosi encontraron en Ferrari el principal motivo para seguir la Fórmula 1 y defender los colores nacionales, incluso cuando los pilotos que competían por sus títulos eran extranjeros. La escudería de Maranello se convirtió en una representación deportiva de Italia mucho más amplia que cualquier individualidad. Esa identificación permitió mantener intacta la pasión por el campeonato, pero también hizo que la espera por un piloto italiano campeón quedara en segundo plano frente a los éxitos y las frustraciones del equipo.
Hubo, además, una generación de pilotos que estuvo cerca de romper la sequía sin conseguirlo. Alboreto fue el caso más representativo: peleó por el campeonato de 1985 y terminó como subcampeón frente a Alain Prost. Patrese, por su parte, alcanzó el segundo puesto en 1992, cuando Nigel Mansell dominó la temporada con Williams. Aquellos resultados demostraron que Italia no había perdido su capacidad para formar pilotos competitivos, aunque el título continuaba fuera de su alcance. Después llegaron otros nombres relevantes, pero ninguno pudo transformar sus oportunidades en una corona mundial.
El regreso de Italia a la cima tiene un componente simbólico adicional porque Antonelli no lo consiguió con Ferrari, sino con Mercedes. El joven de Bolonia fue incorporado al programa de desarrollo de la escudería alemana y recibió la oportunidad de ocupar el asiento que dejó Lewis Hamilton cuando decidió marcharse a Maranello. La decisión de Toto Wolff fue una apuesta de largo recorrido: confiar en un piloto muy joven, acelerar su llegada a la categoría y asumir que su aprendizaje tendría lugar bajo la presión de competir en uno de los equipos más importantes. Tres temporadas después de su incorporación al programa de Mercedes, Antonelli ha devuelto a Italia un campeón.
Su consagración también permite establecer una comparación con los dos grandes antecedentes. Farina fue el primer campeón mundial, Ascari consolidó el dominio italiano en los primeros años y Antonelli representa el regreso del país después de una espera de 73 años. Son tres etapas diferentes de la historia de la Fórmula 1, separadas por cambios tecnológicos, reglamentarios y empresariales que hacen imposible una comparación directa entre sus protagonistas. Lo que sí comparten es haber llevado a Italia al primer lugar de una competición que forma parte de su cultura deportiva. Antonelli, además, lo ha conseguido con apenas 20 años y se ha convertido en el campeón más joven de todos los tiempos.
El título de 2026 no borra las décadas de ausencia ni resuelve automáticamente los problemas estructurales que dificultaron la aparición de otro campeón italiano. Tampoco significa que Ferrari haya recuperado el protagonismo deportivo que sus seguidores esperan. Pero sí cambia una historia que parecía detenida desde 1953. Después de Farina y Ascari, Italia vuelve a tener un nombre propio en la cima de la Fórmula 1. Antonelli ha terminado con la espera y ha abierto una nueva página para el automovilismo de su país: la de un campeón que no necesitó vestir de rojo para devolver la bandera italiana al lugar que llevaba más de siete décadas esperando. @mundiario