“Las que hoy son empolvadas garbanceras, pararan en deformes calaveras”, con esta frase iniciaba un panfleto que circuló a principios del siglo pasado con la ilustración cumbre de Posada. Con esto último me refiero a esa calaca de sombrero emplumado al estilo europeo. De seguro ya tienes la imagen en tu cabeza pues me refiero a uno de los símbolos por excelencia de nuestro país: La Catrina. Sin embargo, su nombre original era “La calavera garbancera”, como cité al inicio de esta columna. Y el objetivo principal de esta imagen acompañada de chuscos versitos era burlarse de aquellas gentes de la época de Don Porfirio que disfrutaban de vestir al estilo francés.
Tal era la obsesión de aquella clase popofona con Europa que preferían comer garbanzo en lugar de nuestro maíz, frijol y tomate. Es así que, en su característico humor, José Guadalupe Posada, Pepe Lupe para los cuates, deicidio crear un personaje que nos recordara que, sin importar cuanta seda o perfume se traiga, como calaveras iremos a quedar. Posteriormente Diego Rivera retomó el dibujo de Posada y la rebautizó como “La Catrina” en su obra “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central”. En ese mural la flaca era el personaje central, quien iba llevada del brazo de su creador.
En la actualidad este personaje se puede reconocer fácilmente por todo nuestro territorio y su presencia nos anuncia la llegada del Día de Muertos. Incluso su imagen se ha incrementado fuera de nuestras fronteras, como en algunas partes de Estados Unidos. Por ello quiero mencionar el caso de nuestra región fronteriza. Lugar que muestra cómo la Catrina ha trascendido los límites establecidos y se ha cruzado con nuevas formas de celebrar el 2 de noviembre.
En Juárez, al igual que en otros lugares del mundo, la celebración del Halloween ha ido en aumento. Pero eso no significa que el Día de muertos vaya en detrimento o sea un peligro para nuestras tradiciones. En realidad, creo que ese conservadurismo cultural puede llegar a ser peligroso, pues la cultura siempre es algo que está en constante movimiento y escapa a las decisiones institucionales o gremiales. Por eso debemos entender que no hay nada de raro en que la Calavera garbancera se tope con un Jinete sin cabeza. Así como la obra de Posada tuvo otro significado en el pasado, tendrá nuevos significados en el futuro.
Lo que no ha cambiado es que en calaveras nos hemos de convertir. Y todos al panteón iremos a parar. Hablando de eso, es interesante el ver cómo han cambiado esos lugares de la memoria juarense. El primer panteón de nuestra ciudad se encontraba en el atrio de la Misión de Guadalupe, sin embargo, fue a principios del siglo XIX que el espacio alrededor de la iglesia dejó de funcionar por la saturación de tumbas. Después vinieron los cementerios públicos, uno de los más antiguos que se puede visitar es el de la Chaveña. Si uno tiene la oportunidad de recorrerlo se puede dar cuenta que las tumbas de antes tenían otra forma, su arquitectura era mucho más detallada que la del presente. Una lápida podía representar la clase social, el oficio o la ausencia que dejaba el difunto.
Todavía es posible encontrar simbolismos importantes en los panteones de la ciudad, a pesar de que las tumbas sean cada vez más parecidas unas a otras. Algunos adornos, flores específicas y epitafios siguen dejando a la vista la memoria que los deudos siguen manteniendo. Incluso no puedo evitar pensar en aquellas tumbas que lucen abandonadas y sin flores desde hace mucho tiempo, esas ausencias también nos pueden brindar información. Al final los cementerios, panteones o camposantos, como se prefiera llamarles, son espacios en que los vivos reflejamos nuestra cercanía con quienes ya no están.
Yo me despido, coma mucho pan de muerto y disfrute de las catrinas coloridas que nos recuerdan el destino común. No se olvide de escribir su calaverita literaria y ponga su altar. Porque todos seremos calaveras del montón. Nos leemos en dos semanas.