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El Financiero 30 Apr, 2026 06:56

Soñar con los demás

¿Aún se acuerdan de los cuentos que leíamos en la primaria? Estaba el de las habichuelas mágicas que crecían tan alto que llegaban hasta el cielo donde vivía un temible gigante, el de los hermanos que tenían que escapar del horno de una bruja que sólo quería un pequeño bocadillo, o el de Ricitos de Oro que pensó que entrar a una casa en medio del bosque, comerse un plato de sopa y tomar una siesta en el cuarto de arriba era la mejor de las ideas. ¿O qué tal la del lobo y los tres cerditos? Al final, el lobo sopló tanto que, si alguno de nosotros hubiese visto su cara, seguro la confundiría con un tomate. Y a los que de niños les gustaba ir al zoológico —apuesto a que más de uno se convirtió en biólogo o veterinario—, las aventuras de Mowgli y el oso Baloo les permitían imaginarse cómo sería vivir en la selva rodeado de toda clase de animales.

Soñar con otro mundo, imaginarse qué tanto se parecería al nuestro y preguntarse cómo sería estar en los zapatos de alguien más: eso era lo interesante. ¿Se podrá construir una casota de chocolate y ventanas de azúcar? ¿Habrá alguna manera de conversar con los perros? ¿Cómo se sentirá Mowgli después de pasar tanto tiempo sin hablar con una persona? Cada historia nos dejaba muchas preguntas, mismas que nuestros padres estaban encantados de responder, y si decían que algo no existía o que no era posible, nosotros nos esforzábamos para demostrarles que sí se podía. Lo único que necesitabas para levantar un muro de chocolate era visión, ingenio y ganas de intentarlo, tres cosas que teníamos de sobra cuando éramos pequeños. Y aunque a veces nos regañaran por los desastres que causábamos, nuestros padres no se lo tomaban tan en serio: sabían que lo hacíamos no sólo por curiosidad, sino también para demostrarles nuestro cariño, para incluirlos en nuestros sueños y hacerlos sentir orgullosos por lo que podíamos lograr.

Ahora que somos adultos soñamos menos, nos atrevemos a menos. En parte se debe a que tenemos mucho miedo de adentrarnos en lo desconocido y fracasar, pero también se debe a que cada vez más lo hacemos pensando en nosotros, y no en los demás. Nuevos procesos administrativos, maneras novedosas de aumentar la productividad y reducir los costos a como dé lugar, lo que sea que nos lleve al único destino al que nos interesa llegar: la riqueza y la abundancia. Incluso consideramos innecesario incluir al prójimo en nuestras ambiciones; nos justificamos diciendo que es inevitable —o hasta necesario en el caso de algunos— dejar a la mayoría atrás. Los resultados hablan por sí mismos: empresas que crecen y desaparecen demasiado rápido; ideas como la IA que está perdiendo la confianza de sus usuarios porque no está produciendo el bien que se espera de ella; y una sociedad que está perdiendo la capacidad de sentir empatía y formar comunidad. Qué irónico que nuestros sueños egoístas estén produciendo una miseria compartida.

La solución no podría ser más simple: tenemos que atrevernos a ser diferentes y volver a incluir a la comunidad en nuestros sueños para buscar el mayor beneficio para todos. En Coparmex creemos que trabajar para los demás no sólo es lo correcto, sino también lo más rentable, y cada día el mundo nos da la razón. Y para los que creen que dedicar una parte de sus esfuerzos a mejorar la vida del otro es un sueño muy arriesgado que no vale la pena perseguir, les quiero decir que mi libro infantil El grillo empezó como un intento por repartir alegría a los niños y ahora es una experiencia inmersiva que incursiona en un mercado que vale un billón de dólares, algo que nunca hubiese imaginado. Razones bastan para soñar y amar a los demás, solo hay que atreverse a hacerlo.

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