Una encuesta reciente de IMOP-Insights pregunta por el estado de ánimo ciudadano y revela que la tristeza es la emoción predominante entre los españoles ante una situación política convulsa. “Una España entristecida, desengañada y hastiada de sus dirigentes políticos”, dice el analista Ignacio Varela.
A ese desánimo se suma ahora el accidente de Urda en el que han perdido la vida 69 personas, una tragedia que deja un rastro de dolor entre sus familiares y amigos y al país herido y conmocionado. Es inevitable preguntar ¿cómo es posible que nueve meses después de la catástrofe de Adamuz se produzca otro accidente mortal en la misma línea Madrid-Andalucía? ¿Está la alta velocidad condenada a un destino trágico?
Hace tiempo que los maquinistas denuncian fallos en la seguridad de la red ferroviaria por falta de mantenimiento y más problemas y exigen la corrección de las deficiencias porque la seguridad no admite excusas ni demoras.
Hay otras preguntas recurrentes: ¿cómo se explica que, con una recaudación fiscal récord y con multimillonarios recursos de los fondos Next Generation, el maná que llegó de Europa, el Gobierno no haya invertido en la seguridad de las infraestructuras ferroviarias para evitar tragedias como estas? ¿A dónde fueron los millones que la UE transfirió para esta finalidad? España merece una respuesta clara, no evasivas como en Adamuz. Las investigaciones deberán responder al derecho que los ciudadanos tenemos a conocer la verdad
El ministro de Transportes calificó de “tremendamente extraño” el accidente de Adamuz y ahora considera “inverosímil” lo sucedido en Urda. Lo inverosímil son dos accidentes con 115 víctimas mortales y cientos de heridos en la misma línea y el mismo año. Cargar las culpas a un funcionario, el último eslabón de la cadena, es desviar el foco del problema porque antes del fallo humano está el fallo técnico. Que nadie asuma responsabilidades políticas por la acumulación de tragedias es democráticamente asombroso.
La alta velocidad fue un símbolo del progreso y la modernidad de España, una de nuestras mejores tarjetas de presentación en el mundo. Ahora los ciudadanos han perdido la confianza en el tren como medio de transporte seguro y fiable y a los países de nuestro entorno les cuesta dar crédito a tanta siniestralidad de los trenes españoles que, además, deteriora la “marca España”. Recuperar esa credibilidad exige gestión responsable: inversiones, transparencia y controles rigurosos. La imagen se recupera resolviendo los problemas, nunca ocultándolos.
En medio de la tragedia y de la incompetencia y opacidad acreditadas queda el comportamiento ejemplar y solidario de los vecinos de las localidades próximas al lugar del accidente, siempre al lado de las víctimas. Por ellas hay que esclarecer lo sucedido para evitar que vuelva a repetirse. @mundiario