El universo deportivista necesitaba una noche de comunión, alivio y reafirmación competitiva para disipar los fantasmas acumulados tras un tramo de competición excesivamente espeso. El triunfo por dos goles a uno conseguido frente a Osasuna en el estadio de Riazor no solo supuso poner el punto y final a una racha negativa de seis jornadas consecutivas sin conocer la victoria en LaLiga, sino que sirvió para certificar una evidencia incuestionable: hay vida en este Dépor más allá de la dependencia de Pierre-Emerick Aubameyang.
El planteamiento del encuentro comenzó exigiendo un ejercicio extra de resiliencia a los locales tras el tanto inicial del cuadro navarro, que golpeó aprovechando un desajuste defensivo. Lejos de venirse abajo ante la adversidad, la reacción del bloque blanquiazul reflejó la madurez de un vestuario decidido a cambiar la dinámica del curso a base de carácter y fe inquebrantable, encontrando en la figura de Mario Soriano el faro absoluto sobre el que construir la reacción.
El centrocampista madrileño firmó una actuación sencillamente magistral, entendiendo mejor que nadie sobre el tapete verde que la pelota no quema cuando se asumen responsabilidades de máxima jerarquía. Soriano se erigió en el timón indiscutible del juego ofensivo del equipo dirigido por Antonio Hidalgo, pidiendo el esférico con desparpajo, dictando el tempo de las jugadas y oxigenando cada transición en la zona de tres cuartos.
Su inteligencia táctica y su claridad mental para interpretar los espacios le permitieron desarticular el entramado defensivo osasunista, liderando una línea de creación que desbordó por completo a la zaga rival a base de pausa, criterio y verticalidad en el momento preciso.
La recompensa a su recital llegó con el tanto del empate, un gol de incalculable valor anímico que neutralizó el golpe inicial visitante y desató la euforia colectiva en las gradas de Riazor.
Liderazgo coral y capacidad de gobierno para certificar una victoria balsámica
El impulso anímico generado por el tanto de Soriano contagió a todo el bloque, culminando la remontada con el definitivo segundo gol obra de Nsongo, quien aprovechó su oportunidad en el once para demostrar voracidad en el área rival. La ausencia de Aubameyang, lejos de convertirse en un condicionante limitante, potenció una versión más solidaria y participativa de todo el equipo sobre el terreno de juego.
La gestión del tramo final del choque exigió un derroche físico encomiable y una concentración defensiva absoluta para neutralizar las acometidas a la desesperada de un Osasuna que buscó la igualada hasta el pitido final. La dirección de campo de Antonio Hidalgo encontró en su media punta el ejecutor perfecto de las instrucciones tácticas diseñadas para calmar el partido cuando el rival apretaba.
El pitido final del colegiado decretó el estallido de júbilo sobre el césped y en las gradas, cerrando una semana de máxima tensión con tres puntos de oro que revitalizan las aspiraciones clasificatorias del conjunto gallego en el campeonato doméstico.
Las sensaciones futbolísticas mostradas evidencian que el equipo ha recuperado la frescura mental, sustentada en la personalidad de un jugador que ha dado el paso al frente definitivo para asumir los galones de la manija blanquiazul.
El Dépor afronta el futuro inmediato con una inyección de confianza incalculable, sabedor de que el talento individual y la dirección de futbolistas con jerarquía sobre el verde pueden sobreponerse a cualquier contratiempo en la élite. @mundiario