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Radar Inteligente
El Economista 30 Apr, 2026 16:59

La mente que está naciendo

Esta semana llegó a mi consulta una madre con su hijo de nueve años. Ella cargaba una tensión silenciosa; él entró con los audífonos puestos y la mirada perdida. Cuando le pedí que se los quitara, me miró como si le hubiera pedido desprenderse de una parte de sí mismo.

Dormía mal. No quería ir a la escuela. Lloraba sin una razón aparente. La maestra había hablado con la madre después de encontrar dibujos de personas ahorcadas en sus cuadernos. Y fue ella quien dio la señal de alarma. Hoy, en muchos casos, los docentes se han convertido en la primera línea de detección de los problemas de salud mental infantil.

Ese niño tiene nueve años. Y no es una excepción.

En el marco del Día del Niño, quiero detenerme a mirar con honestidad lo que está ocurriendo en la mente de nuestra infancia. Los datos son urgentes y la urgencia exige ser nombrada con claridad, sin alarmismo, pero también sin eufemismos.

El cerebro de un niño no es un cerebro adulto en miniatura. Es una obra en construcción, atravesada por períodos de extraordinaria plasticidad que le permiten aprender idiomas, desarrollar empatía y construir identidad, pero también por etapas de una vulnerabilidad igualmente profunda. La corteza prefrontal —la región asociada con el juicio, la planificación, la regulación emocional y la capacidad de postergar la gratificación— es una de las últimas áreas cerebrales en madurar. Su desarrollo puede extenderse hasta los veinticinco años. Mientras tanto, el sistema límbico —la amígdala, el hipocampo, el territorio de las emociones primarias— opera con mucha más fuerza que los mecanismos encargados de regularlo. Los niños son, antes que nada, criaturas emocionales.

Lo que ocurre en los primeros años de vida esculpe literalmente la arquitectura neuronal. Las sinapsis que se utilizan se fortalecen; las que no, desaparecen. El estrés crónico, el trauma, la negligencia afectiva o el caos del entorno pueden alterar de manera duradera el eje que regula la respuesta al estrés —el eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal—, con consecuencias que pueden extenderse durante décadas. El cerebro en desarrollo es, al mismo tiempo, uno de los órganos más moldeables y más frágiles del cuerpo humano.

Cifras preocupantes

Se estima que uno de cada cinco niños en el mundo presenta algún trastorno mental. Entre los jóvenes de 10 a 19 años, uno de cada siete vive con un diagnóstico de este tipo, según la Organización Mundial de la Salud. Esto representa cerca del 15% de la carga mundial de enfermedad en ese grupo de edad. Hay otro dato aún más inquietante: la mitad de los trastornos mentales que aparecen en la adultez comienzan antes de los catorce años. Son problemas que empiezan mucho antes de ser visibles y que, sin atención temprana, pueden crecer en silencio.

En México, más de 2.6 millones de menores de entre 10 y 19 años enfrentan algún trastorno mental diagnosticado. Eso equivale a alrededor del 12% de niños y adolescentes del país. Y esas cifras solo reflejan a quienes recibieron un diagnóstico, quienes lograron llegar a una consulta, quienes pudieron pagar atención especializada o quienes fueron identificados a tiempo. Entre los trastornos más frecuentes en la infancia está la ansiedad, convertida ya en una epidemia silenciosa. Le sigue el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), descrito en la literatura especializada como una alteración en las funciones ejecutivas del cerebro. Además, presenta una comorbilidad elevada. Cerca de la mitad de los niños con TDAH también desarrollan trastornos de ansiedad o depresión, dificultades de aprendizaje, tics o problemas del lenguaje. Un cerebro con dificultades para regular la atención suele tener problemas para regular mucho más que eso.

El COVID como punto de quiebre

La pandemia fue, entre muchas otras cosas, un experimento involuntario y masivo sobre lo que ocurre en la mente de un niño cuando desaparecen la escuela, el juego, el contacto físico, la rutina y la sensación de que el mundo es un lugar seguro. Los resultados ya están documentados. Según un metaanálisis publicado en PubMed, el riesgo de desarrollar depresión en niños y adolescentes fue 2.5 veces mayor en el periodo posterior a la pandemia que antes de ella. La ansiedad también aumentó de forma significativa.

Pero hay otro elemento que empieza a estudiarse con mayor atención y que, desde el punto de vista clínico, resulta fundamental. El COVID-19 mostró neurotropismo, es decir, capacidad de afectar el sistema nervioso central. Diversas investigaciones han asociado ese impacto con procesos inflamatorios que, a largo plazo, podrían relacionarse con problemas de aprendizaje, atención, memoria, ansiedad y depresión, además de un mayor riesgo de conducta suicida en los casos más graves. La inflamación neurológica constituye un factor de estrés biológico, y sus efectos pueden agravarse en contextos de violencia familiar o negligencia. La pandemia no fue solo un trauma psicosocial. Para muchos niños, también fue una experiencia con posibles consecuencias neurobiológicas.

Pantallas: la nueva epidemia

Una conversación que tengo con padres casi todas las semanas gira en torno a una idea incómoda: las redes sociales y los videojuegos no son neutrales para el cerebro de un niño. Cada notificación, cada like, cada nuevo nivel desbloqueado activa el circuito dopaminérgico mesolímbico con patrones que los estudios de neuroimagen han comparado con los observados en las adicciones. La dopamina liberada refuerza el hábito y alimenta la necesidad de seguir conectado. En un cerebro adulto, esto puede ser manejable. En uno de ocho, diez o doce años, puede influir de forma duradera en la arquitectura neuronal.

Los algoritmos están diseñados para crear experiencias sin pausas ni final claro, lo que dificulta la desconexión voluntaria. Un estudio longitudinal encontró que, tras dieciocho meses de uso intensivo de redes sociales, los participantes mostraban una reducción del 23% en su respuesta dopaminérgica frente a interacciones sociales presenciales. El mundo real empieza entonces a parecer más lento, menos estimulante.

En la corteza prefrontal dorsolateral —la región vinculada con la toma de decisiones, el autocontrol y la capacidad de resistir impulsos— se han observado alteraciones en la conectividad funcional con el sistema límbico. En un cerebro infantil sometido a sobreestimulación digital constante, los mecanismos de regulación emocional y control de impulsos pueden desarrollarse de forma deficiente. Y esos mecanismos son fundamentales para la vida adulta.

Lo que no podemos callar

Voy a escribir esto con el cuidado que merece, pero también con la claridad que la situación exige.

En 2024, según datos del INEGI analizados por Save the Children, México registró 9,051 muertes por suicidio. De ellas, una proporción alarmante correspondió a niños, niñas y adolescentes de entre 10 y 14 años. Ese mismo año, el sistema de salud atendió a 144,897 personas de entre 5 y 19 años por afecciones relacionadas con la salud mental; el 78% de los diagnósticos correspondió a ansiedad, depresión y trastornos de conducta.

Entre 2000 y 2024, la tasa de suicidio entre menores de 10 a 17 años en México se duplicó: pasó de 2 a 4 casos por cada 100,000 habitantes. En 2023 y 2024 se registraron algunas de las cifras más altas desde que existen registros comparables. El suicidio es hoy una de las principales causas de muerte entre jóvenes de 15 a 29 años en América Latina.

Cuando un niño dice “no quiero estar aquí”, siempre hay que preguntar más.

Los especialistas que no tenemos

La paidopsiquiatría —la especialidad enfocada en la salud mental de niños y adolescentes— tiene en México una historia que vale la pena conocer. Sus primeros servicios formales aparecieron a finales de los años treinta, con la Clínica de Conducta y la Clínica de Higiene Mental del Centro Materno-Infantil. En los años cuarenta, psiquiatras españoles exiliados en el país escribieron los primeros libros de texto de la especialidad. Fue hasta 1972 cuando la UNAM formalizó el primer posgrado en psiquiatría infantil y de la adolescencia, y ese mismo año nació la Asociación Mexicana de Psiquiatría Infantil. Más de cincuenta años después, el número de especialistas sigue siendo claramente insuficiente.

En 1988 había apenas 85 paidopsiquiatras en todo el país. Para 2012, la cifra había aumentado a 225. En 2018, estudios del investigador Gerhard Heinze Martin, de la Facultad de Medicina de la UNAM, contabilizaron 365 especialistas en total. Eso equivale a una tasa de apenas 0.96 paidopsiquiatras por cada 100,000 menores de dieciséis años.

La distribución geográfica agrava todavía más el problema. El 64% de los paidopsiquiatras certificados se concentra en solo cuatro estados: Ciudad de México, Nuevo León, Jalisco y Puebla. Hasta hace pocos años, entidades como Nayarit, Tlaxcala y Zacatecas no tenían ni un solo especialista.

La infraestructura pública dedicada a la salud mental infantil también es profundamente limitada. El Hospital Psiquiátrico Infantil “Dr. Juan N. Navarro”, fundado en 1966, sigue siendo el único hospital público de internamiento exclusivamente paidopsiquiátrico en todo el país: uno solo para más de 38 millones de menores de dieciséis años. Atiende en promedio a tres mil pacientes nuevos cada año, principalmente de la Ciudad de México y la zona metropolitana.

El IMSS ofrece atención paidopsiquiátrica de interconsulta en algunos hospitales de tercer nivel, pero las hospitalizaciones son excepcionales y las estancias suelen ser mínimas. En el sector privado existen clínicas con mayor disponibilidad de atención, especialmente en la capital, pero sus costos las vuelven inaccesibles para gran parte de la población.

El ABC de las emociones

El 22 de abril, el secretario de Salud, David Kershenobich, presentó durante la conferencia mañanera la Estrategia Nacional de Atención a la Salud Mental para las y los Jóvenes, titulada El ABC de las emociones. La iniciativa, respaldada por la presidenta Claudia Sheinbaum, propone seis ejes de prevención: campañas de sensibilización en medios, la distribución de 18 millones de guías para estudiantes de secundaria y bachillerato, una hora semanal de actividades socioemocionales en las escuelas, 300 brigadas de salud mental, el fortalecimiento de la Línea de la Vida y una mayor participación de familias y docentes en el cuidado emocional de niños y adolescentes.

El programa comenzará en mayo. Como psiquiatra y como ciudadana, celebro que la salud mental haya llegado a la agenda pública con el peso simbólico de una conferencia presidencial. Celebro que se hable de prevención y que se cite evidencia epidemiológica. Celebro, también, que se reconozca que la salud mental no es un lujo ni un asunto exclusivamente individual, sino un fenómeno profundamente colectivo. La visibilidad importa. Pero el programa no termina de convencerme.

Una estrategia de prevención que depende principalmente de guías impresas, campañas mediáticas y una hora semanal de reflexión emocional en el aula es, sobre todo, una estrategia de comunicación. Y la comunicación no sustituye a los especialistas. Cuando un niño de nueve años deja de dormir, deja de comer o empieza a decir que no quiere seguir viviendo, lo que necesita es atención especializada.

Además, la estrategia está dirigida a jóvenes de entre doce y diecisiete años. Sin embargo, la evidencia clínica muestra con claridad que muchos trastornos mentales comienzan antes de los catorce años, que la ideación suicida puede aparecer desde la infancia y que las intervenciones tempranas suelen tener el mayor impacto sobre el pronóstico. En muchos casos, empezar en la secundaria significa llegar tarde.

Tampoco se menciona un plan para aumentar la formación de paidopsiquiatras, ampliar las plazas de residencia o fortalecer la red pública de atención psiquiátrica infantil. Es como instalar detectores de humo sin aumentar el número de bomberos. Las campañas pueden abrir conversaciones. Los especialistas son quienes sostienen el tratamiento.

Las campañas pueden reducir el estigma. Las brigadas pueden detectar casos que de otro modo pasarían desapercibidos. Y la educación socioemocional, cuando está bien implementada, tiene evidencia importante a su favor. El problema aparece cuando estas medidas se presentan como suficientes. El riesgo es que esta estrategia termine convirtiéndose en el techo, y no en el piso, de lo que el Estado debería ofrecerle a la salud mental infantil.

Lo que sí podemos hacer

Hasta aquí los datos. Ahora lo que más me importa: lo que está en nuestras manos.

Un cuidador consistente, cálido y emocionalmente regulado ayuda a entrenar el sistema nervioso del niño para tolerar la incertidumbre y recuperar el equilibrio después de una tormenta emocional. No se trata de ser padres perfectos, sino de saber reparar el vínculo cuando se rompe. Y, muchas veces, esa reparación es una de las experiencias más terapéuticas que un niño puede tener.

El sueño es una de las primeras medicinas del cerebro en desarrollo. Mientras dormimos, el cerebro consolida aprendizajes, elimina conexiones innecesarias y regula hormonas relacionadas con el estrés, como el cortisol. Los niños en edad escolar necesitan entre nueve y once horas de sueño. Crear rituales nocturnos —apagar pantallas, leer juntos, bajar el ritmo de la casa antes de dormir— puede tener un impacto profundo en su regulación emocional.

El movimiento y el juego libre al aire libre también son fundamentales. La actividad física favorece procesos relacionados con la plasticidad cerebral y ayuda a disminuir los niveles de estrés sostenido.

Las pantallas necesitan límites. Cada vez hay más evidencia de que el uso excesivo altera procesos relacionados con la atención, el sueño y la regulación emocional. Limitar el tiempo de pantalla en menores de doce años, priorizar contenidos activos sobre el consumo pasivo y mantener los dispositivos fuera del dormitorio son medidas simples, pero importantes

Enseñarles a poner nombre a lo que sienten. Las emociones dejan de ser tan aterradoras cuando pueden expresarse. Un niño que sabe decir “estoy asustado” o “me siento solo” tiene más herramientas que uno que carga con un malestar que no entiende ni puede comunicar.

Y cuando algo no está bien, buscar ayuda pronto. Las señales de alerta —cambios en el sueño, retiro social súbito, pérdida del interés en actividades que antes disfrutaban, irritabilidad persistente, expresiones de desesperanza— no deben esperar. La detección temprana cambia el pronóstico.

El cerebro infantil tiene una plasticidad extraordinaria. La misma que lo hace vulnerable lo hace recuperable. Sanar un cerebro en desarrollo requiere tiempo, vínculo, consistencia, y la certeza de que merece ser atendido. De que su sufrimiento importa. De que no está solo.

Este Día del Niño es un recordatorio de lo que todavía podemos —y debemos— hacer. Que los adultos tengamos el valor de mirar lo que los niños no siempre pueden decir. Que el Estado tenga el compromiso de ir más allá de las guías impresas. Y que la sociedad entienda que la salud mental de la infancia no es un tema de especialistas: es el cimiento de todo lo demás.

Sigamos dialogando: puede escribirme a [email protected] o contactarme en Instagram, en @dra.carmenamezcua.

*La autora es psiquiatra y especialista en medicina integrativa. Autora de Tu Viaje de Sanación Psicodélica — disponible en versión impresa, digital y audiolibro.

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