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Radar Inteligente
Vanguardia 12 Mar, 2026 05:00

El acostumbrado Babel post 8M

Es increíble pero, conforme la tecnología nos dio la posibilidad de interactuar con prácticamente cada individuo de la Tierra, de forma simultánea le fuimos restando el valor objetivo a la palabra.

Justo se nos abría una oportunidad única en la Historia de estar en comunicación permanente, cuando al mismo tiempo nos adentrábamos en la era de la postverdad y dejábamos de estar de acuerdo en los conceptos más elementales.

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Se nos dio la posibilidad de hablar en tiempo real con gente del otro lado del mundo y hoy que ni siquiera el idioma constituye una barrera, somos capaces de dialogar sobre las mismas bases.

Entonces, aunque hoy hablamos más que nunca, con más gente y a una mayor distancia de la que jamás soñamos, nos entendemos cada vez menos.

Y es que ya ni siquiera hay un consenso sobre lo que es –por ejemplo– una mujer. Y no estoy diciendo ni por asomo que yo lo sepa, cuando ni siquiera las mujeres parecen ser dueñas ya de su propia definición.

Sólo digo que antes parecíamos tenerlo todo muy claro, pero estábamos aislados, y hoy que estamos permanentemente interconectados, todo es tan impreciso que el diálogo es poco menos que imposible.

De allí que la discusión pública no prospere en absoluto, sobre ningún tema, porque inmediatamente se contamina, se satura y se revienta, ya sea de manera orgánica o deliberada, saboteada por agentes externos, quizás al servicio del poder hegemónico.

Permítame tratar de explicarme a ver si no muero en el intento (o me funan, que es peor):

El 8M, que conmemora la lucha femenina contra la violencia y la desigualdad, transcurrió como ya se esperaba y se anticipaba: una embravecida manifestación multitudinaria en cada ciudad de la República y una megamarcha en el mero epicentro del desgarriate nacional, la CDMX, que culminó frente a un Palacio bruto, ciego, sordomudo (al igual que su inquilina), aunque eso sí, completamente amurallado.

Y aquí viene la parte impopular de mi comentario, pero le suplico que intente superarla para ver si llegamos a algún punto:

La consabida destrucción de la propiedad pública y privada, las agresiones a civiles y fuerzas del orden, los enconos exacerbados, la rabia que se lleva al punto de la ebullición, pero jamás encuentra alivio, son muy lamentables. ¿Lo son?

Sí, desde luego.

¿Más lamentable que la vida de una sola de las víctimas de la violencia machista? ¡No, por supuesto que no!

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Si considero lamentable todo lo antes citado es por varias razones:

1) Porque poco o nada resuelve. Dicen que es para visibilizar y hacer patente la frustración de un segmento de la sociedad que no es escuchado... O eso es lo que yo tengo entendido (si me equivoco, corrija, por favor, mi ignorancia patriarcal).

Pero si ese es su objetivo, ¿qué tanto está funcionando? ¿Son medibles sus resultados? Porque lo importante sería resolver un problema, no hacer catarsis. Creo yo...

2) No representa a todas las mujeres... ni siquiera a todas las víctimas. Hay muchas mujeres que desdeñan y repudian la violencia como método de interlocución y su opinión es tan válida como las demás.

3) No parece ser un verdadero diálogo con el poder. La Presidenta, con P de Progesterona, dice que vio el concierto de Shakira desde una rendijita del Palacio Nacional, pero le aseguro que la marcha feminista no la atendió ni siquiera desde los resúmenes noticiosos. Esta marcha históricamente es ignorada por un Gobierno que no está dispuesto a ponerse en la vulnerable posición de diálogo con alguien que tiene una causa moralmente superior.

La marcha es un acto muy intimidatorio, en efecto, pero sólo intimida a otros ciudadanos. Nuestra autoridad, tan oronda, tan fresca, que ni por aludida se da. Tanto así que la “Dactara Prasadanta” no tuvo el menor recato o empacho en postear, en una glosa a la Shaki, que en México “las Mujeres ya no lloran”. ¡Qué jodida insensibilidad!

4) Y me parece todo esto en especial lamentable precisamente porque estamos hablando de ello... Aquí, en esta columna como en cualquier noticiero o mesa de análisis, en cualquier discusión de redes sociales o cualquier comida familiar.

Siempre estamos hablando del costo material de la Marcha o de sus aspectos anecdóticos (como ese fulano “aliade” que fue a marchar con su novia y le salió la madre de su hijo a reclamarle la pensión alimenticia de nueve años; o la influencer que se hace llamar “la Fatshionista” y clama por normalizar la obesidad –o algo así–, pero no se suma a los reclamos reales y graves como el drama de las desaparecidas o de las madres buscadoras).

Siempre estamos hablando del circo periférico a la marcha del 8M, pero rara vez hablamos del problema por el que se supone que se exige justicia.

Entonces, seguimos debatiendo entre nosotros en vez de enfrentar a la autoridad, examinar con lupa su actuación y exigirle resultados y transparencia.

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En realidad, la autoridad, los gobiernos en general, salen tan bien librados, tan indemnes de cada 8M, que no me extrañaría en absoluto que desde el poder se alimenten los actos violentos y pintorescos para que suplanten el lugar protagónico en nuestras conversaciones.

Son tan redituables estas desviaciones del tema central que sólo deberíamos preguntarnos “Cui bono”... ¿Quién gana con todo esto?

Seguramente ahí nos explicaríamos el origen de mucha de la violencia y el caos de una fecha que mucha gente ya espera y anticipa con miedo, sí, aunque por desgracia no la gente que debería experimentar dicha zozobra.

Desde nuestra Torre de Babel cibernética, de conceptos sin valor, no logramos ni siquiera enfocar nuestra atención en el quid del asunto, haciéndole todo el favor a quienes deberían estar ofreciendo disculpas y respuestas. Todos ellos salen muy bien librados de la marcha y de todo su debate posterior.

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