Como lo he expresado en este espacio, el 60 % de los menores “institucionalizados” en orfanatos en México ya tienen más de 10 años y de ese total, 50 % rebasan los 12 años y en ambas edades, es estadísticamente imposible que sean adoptados, pues no hay familias que estén interesados en ellos.
Hoy en Guanajuato hay solo un certificado de adopción para adolescentes. Por estar en contacto con numerosos egresados de Casas Hogar, me he animado a hacer una estadística para encaminarme a calcular la probabilidad de que estos chicos y chicas, puedan tener en el futuro una vida digna; me refiero a que tengan los básicos de educación, entorno de vida y escolaridad e incluso de capacitación para el trabajo.
Conforme pasan los años frente a la realidad de que nadie les busca, los adolescentes comienzan con un rechazo sistemático a la idea de ser adoptados. Por eso, transitan inexorablemente hacia el egreso a los 18 años.
Estimo que, entre cuatro alternativas posibles al egreso, el porcentaje en Guanajuato es el siguiente: 15 % se quedan a vivir en la Casa Hogar en algún programa de vida independiente; 45 % busca sus redes de origen y se queda a vivir con ellos; 25% decide vivir en forma independiente en alguna casa o departamento con su propio sustento. El 15% restante opta por algún tipo de acogimiento o adopción con alguna red no familiar.
Y aquí es donde la probabilidad juega en contra de los jóvenes, pues el promedio de escolaridad en el egreso es muy bajo. A los 18 años, al egresar del orfanato, es apenas en promedio, de primero de secundaria. El 70 % de ellos no tiene educación para el trabajo, es decir, no tiene algún tipo de capacitación o competencia en el área que le interese. El 85 % no tiene una red de apoyo no familiar (familias, instituciones, vecinos, escuela) pues los apoyos gubernamentales terminan a los 18 años, dónde se genera un acta de egreso y la Procuraduría de menores da por terminada su responsabilidad con ellos.
Frente a esta realidad, es que la probabilidad de éxito para ellos, disminuye considerablemente para que puedan acceder a una vida digna con el sustento que no pudo darle el sistema público durante todos los años en que fueron institucionalizados. El número promedio de años de vida en una Casa Hogar es de 7.5 y, por tanto, el perfil de egreso refleja la cantidad de heridas y limitaciones psicológicas, pedagógicas y psiquiátricas, es enorme. Y esto es lo que se refleja en una reducida cantidad de competencias para la vida.
Es mucho lo que se puede hacer si hacemos un trabajo como sociedad y gobierno, junto con las Casas Hogar desde las tiernas edades de los 15 años. Por sistematizar la historia de casi 100 adolescentes, algunos de los cuales describí en el libro “Anclados en la esperanza”, que es la historia de Ciudad del Niño Don Bosco, he encontrado tres factores que limitan que tengan al alcance herramientas para triunfar en la vida al egresar de los orfanatos. Pero también cuatro estrategias exitosas para incrementar la probabilidad de éxito.
Entre los factores restrictivos se encuentra la genética y el entorno que les tocó vivir en la casa hogar; en el segundo, está la condición de las redes familiares de origen y el tercero indudablemente, es si les tocó vivir en un orfanato especializado en adolescentes. Estos tres factores interactúan para darnos la probabilidad de que el menor pueda transitar con éxito entre la etapa adolescente hasta su egreso.
A los 18 años. Los cuatro factores que he identificado como estrategias exitosas para sacarlos adelante, son: el que encuentre una figura clave en su proceso como mentor, padrino o maestro y le acompañe en su vida. La segunda estrategia, es que tenga redes de apoyo formadas muchas veces por grupos juveniles, parroquiales, vecinales, escolares y que le den soporte en los años siguientes.
Un tercer factor es el que tenga algún tipo de programa que permita darle los apoyos económicos en los momentos clave sin caer en el exceso de pensar que solo con “billetazos” el adolescente se salva. El cuarto factor es que tenga los elementos del proyecto de vida acompañado por algún tipo de red familiar, pues las institucionales se extinguen al tener 18 años de edad. Esta realidad social es dura, es cruel, y aunque tiene el origen en padres biológicos irresponsables, se convierte en responsabilidad del Estado mexicano, quien traslada el problema a los orfanatos y éstos con la mejor intención, dan subsistencia, pero no pueden con una ley restrictiva que impide tengan formación para la vida independiente.
Después, a los 18 años, todo se traslada al joven, quien se enfrenta con la realidad en toda su extensión. Y allí, es donde, la desesperanza, la ansiedad y la depresión le alcanzan.