En mi vida me ha tocado muchas veces perder peso, por eso hablaré de ese tema. No porque esté traumado o juzgando a los demás, sino porque es desde donde puedo compartir mucho de mi historia.
Cuando uno baja de peso y hace bien el régimen, la gente lo nota.
“Oye Alex, ya bajaste mucho”, “te ves muy bien”, “¿qué estás haciendo?”
Pero cuando uno deja de bajar… ya no te reconocen el mantenerte.
Eso sí: si vuelves a subir, te lo dicen.
Pero que alguien te diga: “oye, no volviste a subir”… es muy poco probable.
Y ahí entendí que no era solo el peso… era lo que ese reconocimiento me hacía sentir.
Porque no me hizo volver a subir, pero sí me hizo darme cuenta de algo: extrañamos el reconocimiento.
Existe una gran posibilidad de que nos guste. Es difícil no sentirse seducido por gustar, por caer bien, por recibir aplausos, por ser invitado, por ser validado.
Pero, ¿qué pasa cuando eso deja de suceder?
Así como me di cuenta con el peso, también me he visto mendigando amor.
No sabiendo reconocerme si no es a través del otro.
Del abrazo del otro.
Del aplauso del otro.
En casos extremos, esto se llama codependencia: una dependencia emocional hacia otra persona donde uno se descuida y se valora en función del otro.
¿Y por qué nos descuidamos?
Por dar a los demás y buscar ese reconocimiento.
Ahí entra una expresión dura: “mendigar amor”.
Y eso puede hacer que otros pasen por encima de nosotros… con nuestro permiso.
No sabemos poner límites.
Y no los ponemos porque dejamos de recibir esa sustancia que nos encanta: el reconocimiento ajeno.
Ese que sentimos que nos da valor.
Pero es un valor que no sabemos darnos.
Y lo más peligroso es que no somos conscientes.
Se vuelve un patrón.
Incluso podemos rodearnos de personas que alimentan esto: manipuladores o narcisistas que saben exactamente cómo darnos esas migajas que sostienen la adicción.
Cuando una persona codependiente se hace consciente, empieza a poner límites.
Ese es uno de los primeros pasos.
A lo mejor no te identificas como codependiente.
Tal vez eres quien sí sabe poner límites… o tal vez estás del otro lado.
Observa.
Mi nombre es Alejandro Granja Peniche y mi intención es compartirte mi proceso.
Hoy puedo decir: los amo a todos… y puedo hacerlo porque me amo a mí mismo.
En mis redes te comparto la extensión de esta columna. Nos leemos el próximo lunes.