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Mundiario 04 May, 2026 19:41

Infantilismos caprichosos pretenden dirigir la vida colectiva

El término capricho dio nombre en Madrid —con mayúscula— a un palacio rodeado de un espléndido parque, propiedad de la IX duquesa de Osuna (1752-1834), retratada por Goya. Su destino como búnker durante la Guerra Civil refleja la azarosa evolución que tuvo, no menos incierta desde que Peridis iniciara en 1985 la restauración integral de aquel espacio, rescatándolo del abandono mediante sus “escuelas taller”. Estas ya habían sido un éxito en el monasterio de Santa María, en Aguilar de Campoo, y en otros edificios patrimoniales. Sin embargo, a Esperanza Aguirre no le satisfizo el proyecto y lo canceló. Hace tiempo que podría haberse consolidado como un lugar de memoria y disfrute ciudadano: con los caprichos de algunos, perdemos todos.

A tenor del voluble comportamiento de Eva en el relato del Paraíso original, no menos caprichoso habría sido el destino de la humanidad. El minucioso análisis que las teólogas feministas hacen del texto del Génesis no impide que otros encuentren en él un pretexto para que el voto individual de la mujer dé un paso atrás respecto a la 19.ª Enmienda de la Constitución estadounidense. Aprobada el 25 de mayo de 1919 y ratificada el 18 de agosto de 1920, estableció que el derecho al voto no podía negarse ni limitarse por razón de sexo. La perseverancia de las sufragistas desde 1848 lo hizo posible, especialmente tras el papel desempeñado por las mujeres durante la Primera Guerra Mundial.

Hoy, sin embargo, caprichosos exégetas que apelan al “nacionalismo cristiano” proponen que el hogar familiar sea sujeto de voto, ejercido únicamente por el “jefe de familia”. Esta visión misógina, basada en una jerarquía patriarcal de sumisión al varón, excluiría el voto libre de las mujeres. De momento, reformas como la denominada Save America Act, si prosperan, podrían dificultar el voto de millones de mujeres, especialmente divorciadas, personas transgénero o quienes tengan problemas para acreditar su identidad. Bajo el pretexto de evitar el fraude electoral, podrían quedar sin votar este mismo año.

Los caprichos son, por naturaleza, mudables, especialmente cuando quienes los impulsan perciben que pueden imponerse con facilidad, incluso vulnerando normas establecidas. Por razones diversas, tanto hoy como ayer, en los centros escolares hay jóvenes que desarrollan este comportamiento desde edades tempranas. Criados en entornos de sobreprotección, suelen aprovechar cualquier ventaja para imponerse sobre sus compañeros. En tiempos de escasez, bastaba con poseer un balón para decidir quién jugaba y quién no. Generaciones posteriores han reproducido estos patrones. Vargas Llosa los retrató en Los cachorros (1967), mostrando cómo algunos obtenían privilegios incluso en el ámbito educativo.

Hoy, en algunos centros, estos comportamientos adoptan formas más preocupantes, como el bullying o el acoso, amplificados por el uso de dispositivos móviles y redes sociales. Esa imagen aparentemente trivial se traslada, con inquietante continuidad, al ámbito político, donde abundan precedentes históricos de gobernantes cuyos apodos aluden precisamente a sus inclinaciones caprichosas.

Las formas en que la arrogancia del poder, unida a la lógica comunicativa de las redes, construye personajes que prolongan su infantilismo más allá de lo razonable han crecido notablemente. Incapaces de contener su teatralidad, buscan el aplauso fácil —el “me gusta”— de aduladores y oportunistas. La proliferación de líderes caprichosos con aura de influencers desborda desde hace tiempo los informativos. Presidentes como los de Estados Unidos o Rusia resultan paradigmáticos. Incluso organizaciones como la OTAN han quedado expuestas a liderazgos subordinados a intereses ajenos.

La capacidad de ciertos dirigentes para decir una cosa y la contraria, bordeando incluso la ilegalidad, evidencia una preocupante erosión institucional. El intento de subvertir resultados electorales en Estados Unidos o la deriva de algunos liderazgos tras procesos electorales recientes ponen a prueba la solidez democrática no solo en ese país, sino en el conjunto del sistema internacional.

En España, como muestran investigaciones judiciales como el “caso Kitchen” o múltiples episodios de corrupción, este modelo no es ajeno. Se reproduce tanto en alcaldías marcadas por decisiones arbitrarias como en gobiernos autonómicos donde el personalismo sustituye al interés general. El ejemplo de celebraciones institucionales convertidas en actos de afirmación individual recuerda, en ocasiones, ecos del absolutismo.

Este muestrario evidencia un cambio en la “ecología del capricho”. A medida que se olvidan principios esenciales de las instituciones democráticas y del servicio público, se normalizan actitudes que trasladan a la vida cotidiana la lógica del “porque sí”. Mientras gran parte de la ciudadanía queda relegada a mero decorado del espectáculo político, convendría prestar más atención a esta deriva que a debates superficiales entre generaciones.

La historia ofrece advertencias claras: tras la Primera Guerra Mundial, la frágil República de Weimar fue apenas una pausa antes del ascenso del nazismo. Hoy, la erosión de instituciones fundamentales resulta inquietante. Estrategias como el “America First” inspiran a quienes, desde postulados excluyentes, promueven proyectos de “prioridad nacional” que amenazan con reducir la pluralidad democrática a una visión uniforme y excluyente. @mundiario

 

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