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Vanguardia 21 May, 2026 06:30

NosotrAs: El calendario escolar y la crisis silenciosa de los cuidados

La reciente discusión sobre la reducción del calendario escolar en educación básica abrió una conversación mucho más profunda de lo que parecía a simple vista. Entre argumentos sobre el Mundial de Futbol, las altas temperaturas y la falta de infraestructura adecuada en muchas escuelas del país, emergió una preocupación legítima: millones de familias no tienen cómo resolver hasta cinco semanas adicionales con niñas y niños en casa.

Pero quizá la pregunta más importante no es cómo resolverían las familias esas semanas extra. La pregunta es cómo han estado resolviendo, desde hace años, el enorme vacío de cuidados que existe en México todos los días del calendario.

Porque cuando una escuela suspende clases, convoca a una reunión, reduce horarios por calor, organiza festivales, tiene consejo técnico o entra en periodo vacacional, alguien reorganiza su vida para cubrir ese espacio. Y aunque solemos hablar de “las familias” en abstracto, en la práctica son principalmente las mujeres quienes absorben ese costo invisible.

Son ellas quienes ajustan horarios laborales, piden permisos, trabajan desde casa como pueden, llaman a las abuelas, contratan ayuda, faltan a reuniones de trabajo o cargan con la culpa permanente de no estar “suficientemente presentes” en ninguno de los dos mundos. No es casualidad: de acuerdo con el INEGI, las mujeres en México dedican en promedio 39.7 horas semanales al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, más del doble que los hombres.

La controversia reciente evidenció algo incómodo: gran parte de nuestra organización social depende de asumir que siempre habrá una mujer disponible para resolver lo que el sistema no alcanza a cubrir.

México tiene horarios incompatibles entre sí. Mientras buena parte de las escuelas públicas operan apenas media jornada, el mercado laboral formal exige jornadas extendidas, traslados largos y disponibilidad total. A eso se suma la ausencia de un sistema robusto de cuidados, pocas escuelas de tiempo completo y una cultura laboral que todavía funciona bajo la idea de que el trabajador tiene a alguien más ocupándose de la vida doméstica.

Ese “alguien más” históricamente ha sido una mujer.

Por eso esta discusión no debería reducirse a si el calendario escolar debe de terminar antes o después. El verdadero debate es por qué la escuela se ha convertido, además de un espacio educativo, en uno de los principales sistemas de contención y cuidados para millones de hogares.

Y también por qué seguimos considerando que resolver los cuidados es un asunto privado, individual y femenino, en lugar de entenderlo como un tema estructural de política pública, productividad y corresponsabilidad social.

El reto no corresponde únicamente al gobierno. También interpela a las empresas, que necesitan empezar a discutir esquemas laborales más compatibles con la crianza y la vida familiar. Y nos interpela como sociedad, particularmente a los hombres, sobre cómo distribuimos el tiempo, la carga doméstica y la responsabilidad del cuidado.

Tal vez el debate público se equivocó de pregunta. No se trata solamente de quién cuidará a las niñas y niños unas semanas más este verano. La pregunta de fondo es quién ha estado sosteniendo silenciosamente el sistema todo este tiempo.

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