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El Financiero 21 May, 2026 05:57

La descubanización de la izquierda latinoamericana: el regreso de Washington

Durante más de seis décadas, La Habana fue la brújula moral, ideológica y operativa de la izquierda latinoamericana. Del Foro de São Paulo al Grupo de Puebla, de los gobiernos bolivarianos a los movimientos sociales más radicales, el régimen castrista funcionó como referente histórico, escuela de cuadros y articulador discreto de una red continental que se definía, antes que por cualquier otra cosa, por su antagonismo frente a Estados Unidos. Hoy, sin embargo, esa influencia se desmorona a una velocidad inédita. Asistimos a un proceso que bien podría llamarse la descubanización de la izquierda regional, y sus efectos comienzan a redibujar el mapa geopolítico de América Latina.

El fenómeno tiene varias causas convergentes. La isla atraviesa su peor crisis económica desde el Período Especial: apagones diarios, éxodo migratorio masivo, colapso productivo y una élite gerontocrática incapaz de ofrecer respuestas. Cuba ya no exporta revolución; exporta migrantes, médicos en condiciones cuestionables y un modelo que nadie, ni siquiera sus aliados más fervorosos, se atreve a defender en público. Venezuela, su socio energético y político, dejó de ser sostén gracias a la intervención de Estados Unidos. Y Nicaragua, con su deriva autoritaria grotesca, terminó de erosionar la legitimidad simbólica del eje ALBA. Para una nueva generación de líderes progresistas como Boric en Chile, Petro en Colombia, incluso sectores del lulismo brasileño, defender a La Habana ya no suma: resta.

En este vacío, Washington ha vuelto a moverse con una determinación que no se veía desde los años noventa. La administración estadounidense, ha entendido que “el patio trasero” dejó de ser exclusivo. China se convirtió en el primer socio comercial de Sudamérica, financió puertos estratégicos, redes 5G y proyectos de litio. Irán, a través de Venezuela y con guiños desde Nicaragua y Bolivia, encontró rendijas para operar inteligencia, sortear sanciones y proyectar influencia hacia el Caribe. El bloque informal que durante el sexenio de López Obrador articularon de facto México, Cuba y Venezuela, con su retórica de no intervención selectiva, su tibieza ante Maduro y su frialdad hacia Washington; funcionó como puerta de entrada para esos intereses extrahemisféricos. Sheinbaum heredó ese andamiaje, pero también heredó las consecuencias: aranceles, presión migratoria, exigencias en materia de seguridad y un tratado comercial cuya revisión en 2026 se anticipa quirúrgica.

La respuesta estadounidense combina garrote y zanahoria. Sanciones más finas contra el entorno de Díaz-Canel y Maduro; acusaciones directas contra Raúl Castro; presión sobre puertos y empresas vinculadas a capital chino; un activismo diplomático renovado en Ecuador, Paraguay, Argentina y Centroamérica; y, sobre todo, el aprovechamiento de las propias contradicciones de una izquierda que ya no quiere ser identificada con el castrismo agonizante. El reciente reacomodo en la OEA, el aislamiento creciente de Caracas incluso entre sus pares progresistas y la cautela con que Lula y Petro miden cada gesto hacia Cuba son síntomas claros del nuevo clima.

Las implicaciones son profundas. Si la descubanización se consolida, América Latina podría transitar hacia un progresismo más pragmático, socialdemócrata, dispuesto a negociar con Washington sin renunciar a su autonomía, pero también menos disponible para servir de plataforma a Pekín o Teherán. Para México, ello implica una disyuntiva ineludible: o se ancla con claridad al bloque norteamericano y acepta las reglas que esa pertenencia exige, o paga el costo de seguir coqueteando con una geometría que ya no existe.

En términos electorales, la predicción es razonablemente nítida. En los comicios sudamericanos de los próximos meses, Chile a fines de 2025, las legislativas argentinas, y especialmente Colombia y Brasil en 2026, México en 2027, veremos un retroceso de las candidaturas identificadas con la nostalgia bolivariana y el ascenso de opciones de centro, centroderecha o de una izquierda explícitamente desmarcada de La Habana y Caracas. Petro tendrá enormes dificultades para heredar el poder; el lulismo enfrentará una elección mucho más reñida de lo previsto; y en Venezuela aún está por verse que sigue. El péndulo, una vez más, regresa. Y esta vez, Washington parece decidido a no soltarlo.

El caso mexicano merece capítulo aparte y una visión de largo alcance. Las elecciones intermedias de 2027 se perfilan como el primer gran termómetro real del oficialismo sin la sombra protectora de López Obrador y sin la luna de miel inaugural de Sheinbaum. Y llegarán, todo indica, marcadas por un expediente que en Washington ya dejó de ser rumor: las acusaciones, algunas formales, otras filtradas desde cortes y agencias estadounidenses, de presuntos vínculos entre figuras prominentes de Morena y estructuras del narcotráfico. Los señalamientos contra exfuncionarios cercanos al círculo obradorista, las investigaciones abiertas en Nueva York y el persistente goteo de testimonios de exoperadores criminales colocan al partido gobernante en una posición incómoda: defenderse en casa mientras es juzgado en tribunales extranjeros cuyas conclusiones tienen consecuencias diplomáticas, comerciales y migratorias inmediatas.

Si esos procesos avanzan (y todo indica que avanzarán, particularmente bajo una Casa Blanca dispuesta a usar la narrativa del narcoestado como palanca negociadora) Morena podría enfrentar en 2027 no solo el desgaste natural del ejercicio del poder, sino una erosión de legitimidad mucho más profunda, que podría costarle la mayoría calificada en el Congreso e incluso gubernaturas clave.

Y aquí está el punto que suele subestimarse: México no es un país más en el tablero. Es la segunda economía de América Latina, el principal socio comercial de Estados Unidos, frontera de tres mil kilómetros, plataforma logística del nearshoring y eslabón indispensable de cualquier arquitectura de contención frente a China en el hemisferio. Que México se alinee, se distancie o se enrede en sus propias contradicciones internas no es asunto doméstico, sino que es un termómetro del peso específico de Washington en toda la región. Por eso la presión diplomática, judicial y mediática sobre el oficialismo mexicano será creciente. Y por eso 2027, más que una elección intermedia, podría ser la prueba de fuego para saber si la descubanización latinoamericana culmina con un México plenamente reintegrado al bloque norteamericano, o con un México atrapado en una transición turbulenta cuyo costo pagará, sobre todo, su propia ciudadanía.

En otras latitudes digitales…

En Banamex andan como rebaño sin pastor, se siente el nerviosismo en sus filas ante la llegada de la nueva administración y el banco pierde valioso tiempo para alcanzar los niveles de servicio que sí tiene su competencia. Por esto han pasado en pocos años, a ser el 4to banco de México, superados por BBVA, Santander y Banorte. Y no hablemos de las fintechs que se están comiendo los nuevos mercados ayudados por la propia burocracia monolítica de los viejos bancos…

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