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El Economista 10 Jun, 2026 10:00

¿Qué nos hace sentir orgullo por ser mexicanos?

La semana pasada planteé en esta columna una incomodidad: México es sede del Mundial 2026 y, sin embargo, una parte significativa de los mexicanos siente que el evento no fue hecho para ellos. Los boletos inaccesibles, la gentrificación acelerada y la percepción del torneo como distractor político dibujaron un retrato incómodo: somos anfitriones de papel.

Esa columna dejó una pregunta sin responder. El futbol —ese gran igualador simbólico— ¿alcanza para unirnos? DINAMIC realizó una investigación para revelar cuáles son los símbolos que nos hacen sentir mexicanos. La respuesta, curiosamente, no la encontramos en los símbolos que típicamente nos enseñaron a venerar, sino en cosas mucho más tangibles y cotidianas. 

Particularmente resaltan cuatro verticales que construyen “mexicanismo”: La creatividad para resolver problemas y resiliencia de la gente; la comida callejera que no necesita mantel; las tradiciones y fiestas que reúnen familias, así como el humor, el sarcasmo y el albur.

El Mundial, en ese sentido, llega en el momento justo. No porque la selección sea favorita, sino porque ser anfitriones del evento más visto del planeta nos obliga a preguntarnos quiénes somos y qué queremos mostrar.

Somos un país profundamente futbolero, pero los resultados no siempre nos acompañan. Quizá el futbol sigue funcionando como pegamento social no porque ganemos, sino porque sufrimos juntos. La angustia frente a la portería es democrática. 

México lleva décadas intentando construir identidad nacional desde arriba: con fechas cívicas y honores a la bandera. Mientras tanto, el mexicanismo real se construye desde abajo, en la banqueta, en el mercado, en el lenguaje de todos los días.

En una sociedad tan polarizada como la mexicana, la búsqueda de símbolos que nos cohesionen no es un ejercicio cultural menor, es una necesidad política. Los consensos son escasos y la desconfianza entre grupos es alta. Por eso importa tanto saber qué es lo que sí nos une.

Y la respuesta está ahí: la polarización no se combate con acuerdos políticos ni con campañas institucionales. Se combate con cultura cotidiana. Con lo que compartimos en la mesa, en la calle y en el lenguaje de todos los días. El Mundial es una oportunidad para voltear a ver eso, potenciarlo y mostrárselo al mundo.

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