El Mundial de futbol se inauguró en el Azteca como no podría ser de otra manera en los tiempos que corren en México: in extremis. Con los dedos cruzados hasta la última hora, con el Jesús en la boca durante la vigilia, y más como producto de una masiva fe centenaria de que, al final, en este país ha de pasar lo que tiene que ser, así nos hayamos estresado como nunca. Y si algo cristaliza todo ello, más que el marcador de ayer, es el pobre desempeño de la selección.
Inició el Mundial y todas las piezas terminaron acomodándose más por agotamiento de cada parte, y empeño ciudadano, que por la presión de estar bajo la mirada global. Ni el gobierno federal convenció a la CNTE de su voluntad de diálogo a fin de encontrar la forma de honrar la palabra presidencial y modificar un sistema de pensiones injusto, ni las protestas de otros colectivos dejaron de tener razón mientras se hacía evidente la inoperancia de la administración brugadina.
Y a pesar de todo, de un Metro que tuvo ayer estaciones clave cerradas y de la amenaza de nuevas movilizaciones de los maestros de la Coordinadora, a la hora programada, con todos dispuestos en el estadio o en las calles, arrancó la cita de cada cuatro años con un Azteca rebosante de alegría e ilusión. Lo único que no llegó, ni con un gol tempranero de los de casa, es la confianza de que el representativo nacional hará cosas grandes: el Tri venció, pero estuvo lejos de convencer.
El futbol de estufa casi nos deja chamuscados. El gobierno de la República es el principal agradecido de que haya por fin sonado el silbatazo inicial de la mayor fiesta futbolera del planeta. Quedan atrás las semanas más extenuantes de una administración pública que lo único que tenía para ofrecer a las demandas magisteriales era resistencia. El costo, desde luego, se le carga a una ciudadanía aguantalotodo que ni siquiera es reconocida por la administración Sheinbaum.
Esa misma sociedad llenó el estadio como se hace cualquier otra cosa en el país: a pesar de los pesares. Nadie se extraña de que se haya vuelto deporte extremo eso de sortear cada obstáculo que los gobiernos locales y federal crean contra los ciudadanos. Hablar de mala organización es un eufemismo para no decirle a las cosas por su nombre: un “nos vale y rásquese usted con sus uñas como pueda” elevado a una categoría que ya ni abucheos a la autoridad suscita.
El gobierno de Sheinbaum (el de Clara no merece ni ser considerado como gobierno, y lo peor es que tampoco, contra lo que uno supondría que creen, son buenos como organizadores de ferias patronales) aprendió en los últimos 15 días que puede escaquearse de lo que prometió en campaña, y lo malo es que eso va a aplicar más allá de la CNTE y las pensiones. Si una equivocada lección podría sacar la Federación de esta crisis, es que sale barato prometer y luego desentenderse.
Quién sabe cómo haya estado la plática en el vestidor del equipo mexicano por no haber aprovechado el flan que fueron los de Sudáfrica. Lo verdaderamente importante es cuestionarse si la presidenta de la República se dará el tiempo para cavilar adecuadamente el pésimo desempeño de su gabinete (y cuánto ha de cambiar de su política) en la coyuntura que se personificó en la CNTE, pero que tiene y tendrá en el futuro inmediato retos con ese y otros rostros.
Sorteada la crisis en lo inmediato, llegue lejos o no la selección nacional, más pronto que tarde tendremos de nuevo en las calles a maestros insumisos, madres buscadoras que la presidenta se niega a escuchar directamente, pensionados agraviados por recortes indiscriminados, y transportistas y productores del campo hartos de extorsión, asaltos y falta de apoyos.
Y como anticipo de eso que vendrá está, ni más ni menos, el partido de ayer. Puede ser injusto echar sobre los hombros de 11 muchachos la carga del humor nacional, mas lo cierto es que el estadio, y cada hogar y reunión para apoyar a la selección mexicana, vivió el contraste entre las ganas de creer y las capacidades reales. La ilusión estuvo en el Azteca tanto como la ceniza comprobación de un triunfo sin lustre. Si no hubo una ola de emoción, si las canciones no hicieron retumbar a Santa Úrsula, no es porque no estuvieran los asistentes deseosos de levantarse rítmicamente de sus asientos o de entonar a todo pulmón, es que lo que veían en la cancha no daba para más. Una cosa es tener ilusiones y otra engañarse a plena luz del día.
Así Sheinbaum. Llegó la hora del futbol y lo esperable es que por unas semanas habrá una tregua nacional. Acabada esta –ojalá que con más alegrías que desengaños futbolísticos–, la realidad y su gabinete le volverán a prodigar de momentos para el bochorno y la desazón. Sus colaboradores (entre ellos Clara Brugada, que no puede ni poner al día lo mismo el Metro que el tren ligero para que no fallen en la inauguración mundialista) la volverán a dejar exhibirse sola. Y así logre un par de golecitos, como ayer los de verde en el Azteca, nadie podrá hacerse ilusiones por lo que viene: porque lo que ha mostrado el equipo presidencial no da para ello. Mientras tanto, que siga el Mundial.