México lleva más de medio siglo construyendo, pieza a pieza, una industria aeroespacial que hoy pesa mucho. Aunque su presencia en el país data de muchas décadas, fue a partir del año 2000 cuando el sector aceleró su transformación y comenzó a ganar masa crítica. Las exportaciones superaron los 13,600 millones de dólares en 2025 y, salvo la época de la pandemia, ha mantenido crecimientos de doble dígito anuales. Las cifras confirman que la industria dejó de ser promesa, pero también revelan todo lo que aún falta por hacer.
El país ocupa el lugar 12 en manufactura aeroespacial a nivel mundial y es el cuarto exportador global del sector. Son posiciones relevantes. No obstante, la meta fijada -escalar al top 10 y llevar el valor del sector a 22,000 millones de dólares hacia 2030- exige algo más que crecer en volumen. Exige transformar la naturaleza misma de lo que México hace dentro de la cadena global.
Esa tensión entre lo que somos y lo que podríamos ser quedó de manifiesto la semana pasada en Querétaro, donde dos de las empresas más relevantes de la industria a nivel global, decidieron, casi de manera simultánea, apostar más por México.
Airbus inauguró el 16 de junio la expansión de su planta en el municipio de Colón, con una inversión de 646.7 millones de pesos y la generación de 262 empleos adicionales. La ampliación responde a la carrera de la empresa por alcanzar una producción de 75 aviones de la familia A320 mensuales para 2027, respaldada por una cartera de casi 7,500 aeronaves pendientes de entrega. Desde Querétaro se fabrican puertas para los modelos A320, A321, A330 y A350, que viajan a las líneas de ensamblaje final en Alemania y Francia.
Safran, por su parte, amplió en 6,000 metros cuadrados su centro de mantenimiento, reparación y revisión en la misma entidad, incorporando programas para aeronaves de largo alcance como el A330 y el Boeing 787. Querétaro es uno de sólo tres centros que Safran opera en el mundo para este segmento, junto a Molsheim y Singapur. Esto posiciona al estado como un nodo estratégico dentro de una red global de altísimo valor agregado.
Sin embargo, el propio presidente de Safran en México puso el dedo en la llaga; el país corre el riesgo de quedarse atrapado en la manufactura sin dar el salto hacia el diseño y la ingeniería de alto nivel. La fuga de talento especializado no responde únicamente a salarios, sino a la ausencia de ecosistemas que permitan a un ingeniero con posgrado proyectar su carrera dentro de la industria nacional. La manufactura genera el 79% de los ingresos del sector, mientras que la ingeniería apenas representa el 11 por ciento. O sea, México exporta volumen, pero importa conocimiento. La red de proveedores locales sigue siendo limitada frente al tamaño del mercado, aun cuando el número de empresas creció de alrededor de 100 en 2004 a 368 en 2023. Ese es el eslabón más débil de la cadena.
Con Airbus escalando producción y Safran estableciendo en Querétaro un centro de referencia continental, la ventana de oportunidad para que México suba en la cadena de valor es real, pero no indefinida. La industria ya demostró que puede fabricar con los mejores.