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Mundiario 22 Aug, 2026 17:47

Mourinho se manifestó contento con el arbitraje: menos VAR y más personalidad

José Mourinho encontró en Cornellà algo más que una victoria agónica del Real Madrid. Encontró un motivo para reivindicar una figura que en el fútbol contemporáneo vive sometida a una presión inédita: el árbitro. Su elogio al colegiado después del triunfo ante el Espanyol no debe interpretarse únicamente como una valoración positiva de su actuación. También funciona como una reflexión sobre el modelo de arbitraje que necesita el fútbol: tecnología cuando sea necesaria, pero personalidad para decidir cuando el juego exige una respuesta inmediata.

La relevancia de sus palabras está, en buena medida, en quién las pronuncia. Mourinho ha construido parte de su trayectoria entre discusiones arbitrales, críticas a decisiones y enfrentamientos con quienes dirigían los partidos. Por eso resulta significativo que, después de un encuentro con acciones controvertidas, su primera valoración fuese favorable. El portugués no presentó al árbitro como alguien infalible, sino como un profesional que supo asumir el control y tomar decisiones sin convertir cada jugada en una espera para conocer el veredicto de una pantalla.

El VAR nació con una misión difícil de cuestionar: reducir los errores graves que podían alterar injustamente el resultado de un partido. Pero su incorporación también modificó la experiencia del fútbol. El gol dejó de ser siempre definitivo en el instante de la celebración; los penaltis comenzaron a vivir bajo una segunda revisión y determinadas decisiones quedaron suspendidas hasta que una sala situada lejos del estadio determinase si la primera interpretación era correcta. La tecnología corrigió errores, pero también introdujo una nueva cultura de incertidumbre.

Mourinho parece defender una relación diferente entre el árbitro y la herramienta tecnológica. Su satisfacción no procede de que el VAR desaparezca, sino de que no sea necesario convertirlo en protagonista. El fútbol necesita árbitros capaces de interpretar el juego, asumir decisiones y mantener un criterio reconocible durante los noventa minutos. La tecnología debería actuar como una red de seguridad para situaciones relevantes, no como una presencia permanente que convierta cada contacto en una investigación potencial.

Esta cuestión importa porque el arbitraje ya no se desarrolla únicamente dentro del estadio. El colegiado actual trabaja rodeado de cámaras, repeticiones, redes sociales y análisis posteriores. Una decisión de dos segundos puede ser examinada durante horas desde veinte ángulos diferentes. El error humano, que antes formaba parte inevitable del juego, se ha convertido en un acontecimiento mediático. En ese contexto, reivindicar la personalidad arbitral también significa defender la capacidad de decidir bajo presión.

El reto del fútbol: tecnología sin perder autoridad

Según Marca, Mourinho destacó especialmente que el árbitro tomara decisiones con personalidad y sin depender constantemente del VAR. La observación adquiere relevancia porque el fútbol español ha vivido durante los últimos años una creciente polarización alrededor del arbitraje. Cada jornada genera debates, interpretaciones y sospechas que pueden terminar eclipsando cuestiones deportivas mucho más importantes. Cuando la conversación sobre un partido comienza y termina en las decisiones arbitrales, el juego corre el riesgo de convertirse en un elemento secundario.

El propio Mourinho introdujo, sin embargo, una cautela que merece ser destacada. Admitió que su percepción desde el banquillo podría cambiar después de revisar las imágenes y reconoció que podía estar equivocado al discrepar con el entrenador del Espanyol. Esa posibilidad de rectificación resulta casi tan importante como su elogio. En un debate dominado por certezas absolutas, aceptar que una segunda mirada puede modificar una opinión representa una actitud mucho más saludable que convertir cualquier decisión en una batalla de argumentos.

El verdadero problema, por tanto, no es decidir si el fútbol debe tener VAR o no. Esa discusión pertenece a una etapa que ya ha quedado atrás. La tecnología forma parte del deporte de élite y difícilmente desaparecerá. La cuestión relevante es cómo utilizarla. Si cada acción dudosa puede provocar una interrupción, el fútbol pierde continuidad; si las situaciones evidentes no se revisan, se desaprovecha una herramienta creada precisamente para corregir injusticias. El equilibrio está en saber distinguir entre un error relevante y una interpretación discutible.

Ahí aparece la responsabilidad de las instituciones deportivas. Las reglas tecnológicas deben ser suficientemente claras para que jugadores, entrenadores y aficionados entiendan por qué se interviene y por qué no. La incertidumbre alimenta la sospecha y la sospecha termina erosionando la confianza. Un sistema arbitral no necesita conseguir que todos estén de acuerdo con sus decisiones, algo imposible, pero sí debería lograr que la mayoría comprenda el criterio con el que se toman.

La personalidad del árbitro también tiene una dimensión deportiva. Un colegiado que transmite seguridad puede ayudar a que los futbolistas sepan hasta dónde pueden llevar la intensidad y qué acciones serán sancionadas. Por el contrario, un arbitraje percibido como dubitativo puede aumentar las protestas, las interrupciones y la sensación de que cada jugada está abierta a interpretación. La autoridad no significa infalibilidad; significa que las decisiones tienen un marco coherente.

Para Mourinho, además, el arbitraje forma parte de una visión más amplia de cómo debe funcionar un partido. El entrenador portugués siempre ha entendido el fútbol como un territorio donde la gestión de los detalles puede decidir un resultado. Desde esa perspectiva, un árbitro que no permite que la tecnología altere constantemente el ritmo del encuentro puede beneficiar indirectamente al espectáculo. No porque reduzca el rigor, sino porque devuelve protagonismo a los jugadores y a las decisiones deportivas.

Su optimismo sobre una temporada con buenos arbitrajes también debe interpretarse con cierta prudencia. El fútbol no va a entrar de repente en una etapa sin errores ni polémicas. Habrá decisiones controvertidas, protestas y revisiones. Lo interesante es que Mourinho parece esperar una mejora no en la ausencia de equivocaciones, sino en la capacidad de los árbitros para gestionar los partidos. Es una diferencia fundamental: el objetivo razonable no es eliminar el error, sino reducir su impacto sin destruir la naturaleza del juego.

El debate tiene además una dimensión económica y de negocio. El fútbol necesita mantener la atención de sus aficionados y ofrecer un espectáculo fluido para las audiencias televisivas y digitales. Las interrupciones constantes afectan a la experiencia del espectador y complican incluso la narrativa comercial de las retransmisiones. En una industria que compite por el tiempo de millones de personas, conseguir que la tecnología aporte seguridad sin romper el ritmo puede convertirse también en una ventaja competitiva.

Por eso las palabras de Mourinho trascienden al Real Madrid. El fútbol está buscando una fórmula para convivir con una tecnología que ya no puede abandonar, pero que tampoco debería gobernar el espectáculo. El árbitro debe seguir siendo la máxima autoridad dentro del campo, mientras el VAR debe funcionar como una herramienta especializada para corregir aquello que realmente lo necesita. Ni nostalgia por el pasado ni fe ciega en la tecnología: el futuro exige equilibrio.

El partido de Cornellà dejó tres puntos para el Madrid, pero también una reflexión que probablemente acompañará al fútbol durante los próximos años. La evolución del arbitraje no consistirá en sustituir al ser humano por una máquina, sino en encontrar el punto exacto en el que ambos puedan complementarse. Mourinho, un entrenador históricamente poco sospechoso de regalar elogios a los árbitros, salió satisfecho porque percibió precisamente eso: un colegiado que decidió, asumió sus decisiones y permitió que el partido siguiera perteneciendo a los futbolistas. En tiempos de revisión permanente, recuperar esa confianza puede ser tan importante como acertar una decisión. @Mundiario

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