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Quadratin 02 Apr, 2026 18:47

Educación: El Salvador mejora, ¿y México?


El Salvador nos está ganando la carrera educativa. Y eso debería quitarnos el sueño. Un país más pequeño, más pobre y con menor presupuesto educativo avanza donde Mexico retrocede. El Tablero de Control del ODS 4, recientemente publicado por la UNESCO lo documenta. No podemos seguir ignorando este hecho.
Michoacán tiene aproximadamente 1.24 millones de estudiantes. El Salvador, 1.2. Ahi terminan las similitudes. Porque mientras Mexico discute si sus normalistas pueden secuestrar camiones sin consecuencias, si es un derecho laboral de los militantes de la CNTE dejar 3 días sin clases a los estudiantes bajo su encargo, sobre si conviene eliminar más materias del bachillerato o si los libros de texto con contenidos mágicos son un problema menor, El Salvador simplemente avanza. El Tablero de Control del ODS 4 lo documenta en tres de los indicadores más decisivos para el futuro educativo de una nación: El Salvador avanza rápido, mientras Mexico avanza lentamente o está absolutamente estancado.
El Salvador no es el candidato obvio para ser el espejo en el que Mexico, el décimo país más poblado del orbe debería mirarse con vergüenza.
Y, sin embargo, el Tablero de Control del ODS 4 coloca a El Salvador en una posición más favorable que la de Mexico en indicadores que determinan la calidad educativa futura: quién enseña, con qué herramientas y con qué resultados de aprendizaje. El tamaño de la economía no garantiza el tamaño de la voluntad política. Esa es la lección que Mexico se resiste a aprender y, por el contrario, tanto en la nación como en nuestra entidad federativa, varios de los peores desinformadores, de auténticas personas generadoras de fake news tienen un cargo en el sector educativo.
No lo olvidemos: hace 35 años, Corea del Sur era claramente inferior en desarrollo humano a Mexico. Hoy, Mexico importa tecnología coreana y contempla con nostalgia lo que pudo haber sido. Si no actuamos con urgencia, ese mismo ciclo: el de la oportunidad desperdiciada y el del gigante que duerme mientras otros corren se repetirá lastimosamente. Solo que esta vez el espejo no estará en el lejano Oriente: se ubica a escasos cientos de kilómetros, al sur de nuestra frontera.
El primer indicador comparativo es el más revelador, porque mide lo más fundamental: si la escuela realmente enseña. En competencia lectora al finalizar la primaria, Mexico reporta un 38%, con estado de sin avance, es decir, estancado, mientras las estimaciones disponibles sitúan a El Salvador alrededor del 50%, doce puntos porcentuales por encima.
Doce puntos de diferencia en el único indicador que mide si los niños aprenden a leer cuando deberían. Doce puntos de distancia respecto a un país con menor gasto por alumno y desafíos sociales más agudos. Esto descarta la coartada del presupuesto como explicación única. El problema mexicano en comprensión lectora no es solo de recursos: es de modelo pedagógico, de prioridades curriculares, de formación docente y de voluntad política para darle trato de indicador clave, de medirlo y de actuar en consecuencia.
Y la voluntad política es exactamente lo que brilla por su ausencia cuando el gobierno federal propone reducir materias en bachillerato, elimina los exámenes de admisión para no ver el rezago y distribuye libros de texto cargados de imprecisiones. Cada una de esas decisiones agrava el problema que el indicador de lectura está midiendo. No son errores aislados: son parte de un patrón.
Menos de cuatro de cada diez niños mexicanos terminan la primaria con competencia lectora mínima. El Salvador supera ese umbral y con menos dinero.
El segundo indicador comparativo golpea directamente una de las políticas emblemáticas del gobierno de Michoacán: la distribución de chips de internet. En conectividad digital escolar, El Salvador es clasificado en avance rápido por el ODS 4. Mexico, en avance lento, con apenas el 78% de escuelas primarias conectadas, lejos de la meta nacional del 80% para 2025, la que no se alcanzó. Y, Michoacán, apenas cuenta con el 62% de niñas, niños y jóvenes de 3 a 17 años que cursan su educación en una escuela con conectividad y computadoras y además viven en un hogar que tienen internet.
El contraste es doble: en resultado y en tendencia. El Salvador no solo está mejor posicionado en conectividad escolar real, sino que avanza más rápido hacia la universalización. Mexico, en cambio, registro una caída del 38% al 30% de escuelas primarias con acceso a internet en el nivel básico, mientras presume políticas de conectividad que no se traducen en infraestructura verificable.
Cada primaria mexicana sin conexión a internet es un microcosmos de la brecha digital: casi siempre está en una localidad rural, casi siempre tiene una población indígena o en pobreza y casi siempre queda fuera de las prioridades de inversión real, aunque aparezca en los discursos oficiales. El chip en el bolsillo del estudiante no sustituye la conectividad en el aula. El Salvador lo entendió y actuó. Mexico todavía no.
La lección, mucho más que tecnológica, es política: porque cuando un gobierno decide que la conectividad escolar es prioridad real, no declarativa, encuentra la forma de avanzar, aunque los recursos sean escasos. El Salvador lo hizo. Mexico decidió que el discurso era suficiente. No olvidemos que, hacer política implica ejercer la facultad de distinguir entre amigos y enemigos, por lo que, si no declaras enemiga a la ignorancia, te estás beneficiando de ella como régimen.
El tercer indicador cierra el círculo y quizá es el más significativo de todos, porque apunta al origen de todo lo demás: quien enseña a los más pequeños. En la certificación formal de docentes de educación preescolar, El Salvador aparece en avance rápido. Mexico, en avance lento.
La formación docente en preescolar importa de manera desproporcionada porque los primeros años de vida son el periodo de mayor plasticidad cerebral. Lo que un niño aprende o deja de aprender entre los tres y los seis años determina en gran medida su trayectoria educativa completa. Invertir en la formación inicial y continua de quien enseña en esa etapa vital es una decisión con inmenso retorno de largo plazo que debería tomar todo sistema educativo.
En Michoacán, donde las escuelas normales enfrentan crisis de gobernabilidad y donde el activismo de la CNTE ha sustituido a la formación académica como eje de identidad docente, este indicador tiene un significado particular. Más que de certificados y títulos, se trata de si los futuros maestros michoacanos están siendo preparados para ejercer plenamente su vocación docente o para otra cosa. Las dudas surgen todos los días en los que abrimos el periódico y en la nota roja se destacan tropelías de estos grupos.
En suma, El Salvador invierte donde más importa: en quien enseña a los más pequeños. Mexico avanza lento. Y la diferencia se mide en generaciones perdidas.
Vistos en conjunto, los tres indicadores comparativos son un retrato coherente de dos modelos de política educativa yendo en direcciones opuestas. El Salvador avanza rápido en las tres dimensiones que determinan la calidad educativa futura: quien enseña, con docentes certificados, con qué herramientas ejerce su profesión, con el rubro de conectividad escolar y, cuáles son los resultados que se logran, expresados en matea de comprensión lectora. Mexico avanza lento o no avanza en ninguna de las tres.
Y la diferencia no se explica por el presupuesto. El Salvador gasta menos por alumno. Tampoco se explica por el contexto social: El Salvador enfrenta desafíos de violencia y pobreza comparables o superiores a los de Michoacán, bajo cuestionamientos a nivel internacional respecto a su gobernabilidad, estado de derecho y la vivencia de valores democráticos. La diferencia se explica por la voluntad política de priorizar la educación como inversión estratégica en lugar de tratarla como gasto ajustable, como variable de negociación sindical, como clientela electoral o como escenario para disputas ideológicas.
Si la tendencia no se revierte, Michoacán quedara atrapado en lo que siempre ha sido: productor de materias primas: aguacates, frutillas y minerales, mientras El Salvador estará desarrollando tecnología. La ironía seria devastadora si no fuera una tragedia real para millones de familias. Porque cuando una nación es la potencial próxima Corea del Sur o Singapur de America Latina tenga 1.2 millones de alumnos formados a nivel profesional o de posgrado en escuelas dignas, conectadas y con maestros certificados, la retahíla de cuestionamientos que deberá responderse en Michoacán será dolorosa: para qué sirvió todo ese tiempo, todo ese presupuesto y toda esa política educativa.
Por lo anterior, el gobierno federal debe de asumir los hallazgos evaluativos del Tablero de Control del ODS 4 como agenda emergente nacional. El Tablero de Control es una medición internacional del cumplimiento del derecho a la educación. Sus resultados deben traducirse en políticas publicas concretas, con metas verificables y plazos definidos.
En el caso particular de Michoacán, es perentorio recuperar la rectoría de las escuelas normales con criterio académico, no político. Michoacán no puede seguir formando maestros en planteles donde el activismo desplaza a la pedagogía. La reforma de las normales debe comenzar por quien las dirige y con que propósito, centralizando siempre la formación integral de los jóvenes normalistas por encima de cualquier otro interés.
Así también, se debe de redirigir la política de conectividad, del bolsillo al salón de clases. Los chips no son política educativa. La infraestructura digital en aulas, con computadoras, proyectores y conectividad gestionada por docentes capacitados y con las mejores condiciones para aprovechar lo mejor de la conectividad a favor de propiciar entornos de aprendizaje es la inversión que El Salvador está haciendo y que Michoacán necesita urgentemente replicar.
Finalmente, los ciudadanos debemos de exigir que haya una profunda transformación educativa, de la cual el ODS 4 sea un referente de rendición de cuentas. Los indicadores internacionales existen para que la ciudadanía pueda comparar, evaluar y exigir. Usar el Tablero de Control del ODS 4 como instrumento de seguimiento ciudadano es un acto de participación democrática que ningún gobierno puede ignorar indefinidamente.
Cada año que pasa sin actuar es ventaja que El Salvador acumula y que Mexico no podrá recuperar. Ya nos pasó con Corea del Sur. La historia no tiene por qué repetirse. Pero si seguimos mirando hacia otro lado, lo hará. Merecemos un gobierno educador.

Sus comentarios son bienvenidos en [email protected] y en X en @Erik_Aviles
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*Doctor en ciencias del desarrollo regional y director fundador de Mexicanos Primero capítulo Michoacán, A.C.

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