La actuación del presidente Donald Trump se ha convertido en una vergüenza para los norteamericanos. En tiempo real vimos amenazas espeluznantes de desaparecer una civilización a bombazos. Los persas y su historia serían aniquilados si no abrieran el estrecho de Ormuz para dejar pasar gas, petróleo y fertilizantes. Una monstruosidad que habría sido un crimen de guerra no visto en generaciones; todo era bluff.
El negociante de bienes raíces convertido en presidente de la nación más poderosa del mundo se echó para atrás, como dicen sus críticos, se hizo taco (Trump Always Chickens Out). Al declarar un alto al fuego durante dos semanas, esperamos que los clérigos que mandan en Irán y el “taco” regresen a la cordura. El sufrimiento indecible de civiles indefensos, de niños asesinados en bombardeos equivocados; la miseria que vive el Líbano como campo de batalla entre los fanáticos de Hezbolá y los ataques inmisericordes de Israel; el daño a la economía mundial y los agravios a los países del Golfo Pérsico fueron un enorme precio humanitario por la necedad de clérigos chiitas y de un presidente norteamericano impredecible y, en cierto sentido, lunático.
Poco antes de decidir detener el fuego, los generales norteamericanos se enfrentaban a un gran dilema: cumplir las órdenes de su comandante en jefe y cometer crímenes de guerra al destruir Irán, o renunciar a sus cargos antes de ensangrentar sus manos. Eso se discutía en The New York Times. Bajo el “bravado” del secretario de Guerra Peter Hegseth, imaginamos que el ejército norteamericano efectivamente podría destrozar a su enemigo.
Hoy amanecemos sin la nube negra de la guerra, sin la angustia de millones de civiles atrapados en la ineptitud de clérigos que gobiernan en una teocracia cuyo único fin es exterminar a Israel. Bajará el efecto de la guerra sobre los precios de la energía y el mundo podrá seguir con sus afanes. Fueron 38 días de horrores que no pudieron ser narrados en su exacta dimensión por el vértigo del bombardeo.
Todas las guerras tienen consecuencias, y una de ellas es acelerar la transición a las energías renovables. México dejó de ser una potencia petrolera para convertirse en un país con déficit de energía. Dependemos del gas y la gasolina de Texas; dependemos de Pemex, una empresa quebrada cuyos pasivos pagaremos a través de impuestos.
Tenemos todo para transformar nuestra industria con la participación de empresas privadas y públicas de todos los tamaños, colores y sabores.
Los municipios pueden electrificar sus vehículos, desde patrullas hasta el transporte colectivo; las empresas pueden acelerar la instalación de paneles solares y, eventualmente, de sistemas de baterías que cada día son más eficientes y económicos. La CFE debe ampliar los permisos para producir toda la energía necesaria. Hoy se limitan a 700 kilovatios, cuando podrían ampliar esa capacidad de generación y compensar sus ingresos mediante el cobro del “porteo” en la red eléctrica. Deberíamos estar en una carrera contra el reloj, como los chinos, quienes han reducido su consumo de petróleo en un millón de barriles al día mediante la conversión de sus vehículos de gasolina y diésel a energía eléctrica.
El mundo no puede depender de tres o cuatro estrechos marítimos, como el de Ormuz, para su desarrollo económico. Tampoco puede soportar que gobernantes ineptos generen conflictos que podrían evitarse con talento político, no con negociaciones de “aprendices” de estadistas o de clérigos que celebran el martirio de sus líderes y de sus soldados.