Mientras la confusión reina en gran parte del mundo y la estructura política del “paradigma de la democracia” —como se autoconsidera Estados Unidos— tolera la metralla de mentiras y contradicciones que cotidianamente dispara su jefe de gobierno, la real y mayor amenaza a la sobrevivencia humana avanza ruidosamente.
A los gobiernos les preocupa más el nuevo desorden internacional en el que se va normalizando la apropiación de territorios por la fuerza —como Rusia en Ucrania, Israel en Gaza o EU en Venezuela y quizás China sobre Taiwán—, y no hacen nada ante los cambios del calentamiento global.
La parte del mundo que se rige por el éxito en los negocios busca cómo adaptarse a la imposición unilateral y arbitraria de aranceles por parte de Washington, instrumentos que atentan contra el orden manufacturero y comercial internacional y afectan intereses múltiples, pero curiosamente, no a los negocios de los Estados petroleros del Golfo Pérsico, por cuya influencia parece haber rezagos en la transición a energías limpias.
El mundo social, económico y político que creó el neoliberalismo puso a personas, ciudades y países en una competencia individual permanente, en detrimento de los intereses colectivos; en este aparente desorden internacional ha caído la máscara, pero no su poder para seguir favoreciendo, ante todo, los intereses particulares de las grandes corporaciones y, suicidamente, el dinero del petróleo.
Mientras el mundo contempla atónito las desigualdades de todo orden, las guerras y las mentiras con que se ejerce el poder de dominación, amenazante y destructivo antes que resolutivo de los desafíos que debería enfrentar la humanidad, los investigadores que siguen el cambio climático sostienen que la descomposición se está agravando rápidamente, porque el ritmo del calentamiento se duplicó a partir de 2015.
Según el estudio del Instituto de Potsdam para la Investigación del Impacto Climático, el calentamiento global se aceleró de una tasa constante de 0.2 grados centígrados cada década entre 1970 y 2015 a 0.35 grados durante los últimos 10 años.
Es la tasa de aceleración más alta desde 1880, cuando se comenzó a tomar sistemáticamente la temperatura de la Tierra.
La machacona advertencia de los investigadores —que nadie parece escuchar ni atender— es que a esta tasa de calentamiento, antes de 2030 se habrá superado el límite de 1.5 grados que la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático acordó en París el 22 de abril de 2016.
Stefan Rahmstorf, coautor del estudio del Instituto de Potsdam, explicó que la medición de la temperatura se hizo descontando las fluctuaciones naturales, como el patrón climático de El Niño, cuya presencia siempre provoca mayor temperatura del océano Pacífico frente a las costas de Sudamérica.
Zeke Hausfather, científico en investigación del clima de Berkeley Earth, que no participó en el estudio de Potsdam, sostiene que hay consenso en cuanto a la aceleración del calentamiento y que éste habría iniciado entre 2013 y 2014.
En lo que también hay consenso es en que la capa de contaminación por carbono ha calentado el planeta en aproximadamente 1.4 grados desde los niveles preindustriales: según Copernicus, de la Unión Europea, el mundo cruzará este 2026 el umbral de 1.5 grados de un calentamiento que será permanente, si no se desacelera el aumento de la temperatura.
Los científicos del clima especulan que el calentamiento global de 1.5 a 2 grados puede desencadenar “puntos de inflexión” casi apocalípticos durante décadas y siglos, pero están seguros de los daños a corto plazo porque ya lo sufrimos en olas de calor, de tormentas y sequías cada año más intensas.
Se sabe a ciencia cierta que la disminución del ritmo con que la Tierra continúe calentándose depende, exclusivamente, de la rapidez con la que se reduzcan las emisiones de CO2 que emiten los combustibles fósiles.
¿Por qué no sólo no se han reducido esas emisiones, sino que cada año van en aumento? ¿Por qué la administración de Donald Trump obstaculiza el desarrollo de las energías renovables? ¿Por qué alienta que en Estados Unidos se quemen combustibles fósiles pase lo que pase?
Hay que seguir el dinero del petróleo para encontrar respuestas; su influencia en Washington ha crecido desde que no se hacen negocios desde el gobierno, sino que el gobierno se ha convertido en un negocio.
El dinero del petróleo procedente del Golfo Pérsico es la principal fuente de inversiones extranjeras en EU, de las que tanto presume Trump, pero hay más que sospechas de que también es fuente de la que el presidente y su yerno se enriquecen personalmente.
Los principales petroestados del Golfo —Arabia Saudita, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Qatar— se han comprometido a invertir 3 mil 800 billones de dólares en EU, mientras que las economías europeas hablan de mucho menos, 2 mil 200 bdd.
En cuanto a los negocios personales, las dinastías gobernantes de esos Estados facilitarían el uso de Trump de su cargo para enriquecerse él mismo y su familia; sus élites combinan una enorme riqueza con su manejo patrimonialista de los bienes de la nación, sin que distingan claramente entre el cargo público y el beneficio privado.
Como ha documentado el consejo editorial del New York Times, Trump ha recaudado al menos mil 400 millones de dólares, provenientes, en su mayor parte, de la venta de criptomonedas. Según The Wall Street Journal, un miembro de la realeza de Abu Dabi invirtió en secreto 500 millones de dólares en World Liberty Financial, el imperio cripto de Trump.
El dinero del petróleo de esa región del mundo, donde Irán es el más grande pero hostil a la avaricia estadounidense, ha jugado un papel central en los esquemas económico-políticos de la administración Trump y en los beneficios personales del presidente.
¿Qué ha comprado ese dinero en términos de política estadounidense? Como señala The Guardian, Arabia Saudita ha luchado más que cualquier otro país para bloquear y retrasar la acción climática internacional; la combinación de crecimiento económico y demográfico con la lenta transición hacia energías limpias sigue favoreciendo que el consumo total de petróleo, gas natural y carbón siga creciendo sin freno, particularmente en Estados Unidos, “pase lo que pase”.