Confieso algo que quizá debería callar para preservar mi reputación de ciudadano razonablemente ecuánime: me da miedo la famosa Enmienda 25 de los Estados Unidos. Un miedo sutil, viscoso, casi metafísico. No por lo que hace, que en teoría es muy razonable, sino por lo que podría desencadenar: el aterrador espectáculo del vacío.
Para quien no esté familiarizado con la arquitectura constitucional norteamericana, la Twenty-fifth Amendment to the United States Constitution establece el procedimiento para sustituir a un presidente incapacitado. Es una especie de botón rojo institucional que permite decir: “caballeros, el capitán del barco ya no distingue entre el timón y el ancla”. El asunto viene al caso, naturalmente, por el inagotable fenómeno político llamado Donald Trump.
Trump es un personaje que ha conseguido algo extraordinario: transformar la política mundial en una mezcla de reality show, lucha libre y teatro barroco. Nadie puede negar que posee un talento singular para producir titulares, provocar síncopes diplomáticos y convertir cada comparecencia pública en un episodio de incertidumbre epistemológica.
Pero aquí viene mi angustia. Imaginen por un momento que, en Washington, algún grupo de solemnes caballeros con trajes azul oscuro y corbatas disciplinadas decide activar la Enmienda 25. Que alguien golpea la mesa y declara:
—Señores, basta. Procedamos.
Y entonces Trump desaparece de la ecuación. En ese preciso instante surge la pregunta que me quita el sueño: ¿y ahora quién? La teoría constitucional dirá que el relevo es automático. Entra el vicepresidente. O sea, Vance. Todo muy ordenado. Muy institucional. Muy civilizado.
Pero el problema no es jurídico. El problema es metafísico. Porque Trump, con todas sus extravagancias, sus hipérboles y sus tormentas de madrugada en las redes sociales, tiene una virtud incuestionable: ocupa el espacio. Lo llena. Lo desborda. Lo coloniza.
Trump no gobierna un país. Trump gobierna el aire. Cuando habla, el mundo entero se queda mirando como quien observa un experimento químico realizado por un alquimista ligeramente entusiasta con la pólvora. Si desaparece, se abre un silencio. Y los silencios en política son peligrosísimos. El vacío es un animal oportunista. Siempre aparece alguien dispuesto a llenarlo. Siempre.
La historia universal podría resumirse en una frase breve y ominosa: cuando queda un hueco, alguien lo ocupa. Un hueco en Roma lo ocupó Octavian. Un hueco en Francia lo ocupó Napoleon Bonaparte. Un hueco en Rusia lo ocupó Vladimir Lenin. El vacío político es como un asiento libre en el metro a las ocho de la mañana: nunca permanece desocupado mucho tiempo.
Y ahí está mi inquietud. Porque mientras Trump ocupa el escenario, el mundo tiene claro quién es el protagonista del drama. Es como un actor gigantesco que impide ver el decorado.
Pero si se retira el actor… aparece el decorado. Y el decorado suele estar lleno de cosas inquietantes: burócratas silenciosos, tecnócratas con gráficos, estrategas con sonrisa delgada y asesores que pronuncian frases como “reconfiguración del orden global”.
Trump, al menos, es un ruido. Un ruido comprensible. Uno puede estar en desacuerdo con él, - y bastante - irritarse, reírse, llevarse las manos a la cabeza o practicar yoga respiratorio mientras lee sus declaraciones. Pero siempre sabe que está ahí.
El vacío, en cambio, es inquietante porque no habla. Y cuando el silencio se instala en Washington, el mundo empieza a preguntarse quién está moviendo realmente las palancas. Además, reconozcámoslo: Trump tiene una cualidad que escasea dramáticamente en la política moderna.
Es imprevisible. Esto, paradójicamente, puede ser tranquilizador. Cuando alguien es completamente imprevisible, todo el mundo actúa con cautela. Nadie quiere provocar a un individuo capaz de anunciar en una rueda de prensa que va a renegociar el clima, la OTAN y la gravedad newtoniana en el mismo párrafo.
Pero cuando llega el orden… cuando todo se vuelve predecible… entonces empiezan las verdaderas aventuras. Los imperios suelen cometer sus errores más grandes cuando se sienten razonables. La historia está llena de decisiones muy racionales que terminaron siendo catastróficas.
Las guerras suelen comenzar en despachos perfectamente iluminados, no en estudios de televisión. Por eso la Enmienda 25 me produce una sensación inquietante, casi literaria. Es como si estuviéramos leyendo una novela y, de repente, el autor eliminara al personaje principal en el capítulo diez. Uno cierra el libro y se pregunta: ¿y ahora qué demonios pasa? Porque alguien vendrá. Eso es seguro. Siempre viene alguien.
El poder aborrece el vacío con la misma intensidad con la que los físicos detestan las paradojas. Si Trump desaparece del tablero político, surgirán figuras nuevas, discursos nuevos, estrategias nuevas. Tal vez más elegantes. Tal vez más discretas. Pero no necesariamente mejores.
La política internacional es un ecosistema curioso. A veces el depredador más ruidoso mantiene el equilibrio simplemente porque todos lo ven venir.
El depredador silencioso es otro asunto. Por eso, cuando oigo hablar de la Enmienda 25, siento un leve escalofrío filosófico. No porque crea que Trump sea insustituible. Nadie lo es. Sino porque sé que el sustituto llegará inevitablemente. ¡Y sería el vicepresidente Vance” ¡Socorroooo! (ese tipejo que le afeo al presidente de Ucrania que no vistiese con corbata cuando se entrevistaba con “Dios”)-
Y la historia universal nos enseña una lección incómoda: los sustitutos rara vez son más aburridos que el original. De modo que aquí estoy, observando el espectáculo político estadounidense con la cautela de quien contempla un experimento de laboratorio con sustancias altamente volátiles.
Si activan la Enmienda 25, Trump se irá. Pero el vacío no durará ni un segundo. Alguien vendrá. Y la verdadera pregunta no es quién sustituirá a Trump. La verdadera pregunta es mucho más inquietante: ¿quién estaba esperando ya para entrar? @mundiario