¿DE QUIÉN ES LA RESPONSABILIDAD?
El consumo de drogas en Estados Unidos exige una explicación multicausal que integre historia, industria farmacéutica, sistemas de salud y decisiones políticas. La actual crisis de opioides —agravada por el fentanilo— no puede entenderse desde visiones simplistas que buscan culpables externos, como lo ha planteado reiteradamente la administración del presidente Donald Trump. Por el contrario, se trata de un fenómeno estructural en el que confluyen responsabilidades internas profundas.
El consumo de drogas en Estados Unidos no es un fenómeno reciente ni exclusivamente criminal. Tiene importantes raíces a través de la historia. Desde el siglo XIX, sustancias como la morfina, el opio y la cocaína se incorporaron a la vida cotidiana mediante usos médicos y comerciales. Las guerras del siglo XX consolidaron esta normalización: la administración de morfina y anfetaminas a soldados generó patrones de dependencia que posteriormente se trasladaron a la vida civil. Este antecedente revela que el problema tiene raíces institucionales y no únicamente delictivas.
En la etapa contemporánea, la industria farmacéutica desempeñó un papel determinante. Empresas como Purdue Pharma promovieron agresivamente analgésicos opioides como OxyContin, minimizando sus riesgos de adicción. Ello derivó en una expansión masiva de recetas médicas, muchas veces sin controles adecuados. Cuando las regulaciones se endurecieron, una parte importante de los pacientes dependientes migró hacia drogas ilícitas como la heroína y, más tarde, el fentanilo, significativamente más potente y letal.
Este proceso evidencia fallas graves en la regulación sanitaria. Las autoridades estadounidenses tardaron en reaccionar, y cuando lo hicieron, privilegiaron enfoques punitivos por encima de estrategias de salud pública. Agencias como la DEA se centraron en el control y decomiso, mientras que las políticas de prevención y tratamiento se implementaron de forma desigual. El resultado ha sido una crisis sanitaria de gran escala, con impactos sociales profundos en comunidades, familias y particularmente en veteranos de guerra.
Diversos análisis coinciden en que la responsabilidad es compartida en tres niveles principales: la industria farmacéutica, por prácticas comerciales engañosas; el sistema médico, por prescripciones excesivas bajo incentivos inadecuados; y el Estado, por políticas públicas insuficientes y mal orientadas. En este contexto, resulta problemático que el discurso político dominante, particularmente durante el gobierno de Donald Trump, insista en trasladar la responsabilidad hacia actores externos, especialmente los cárteles mexicanos.
Si bien el tráfico internacional de drogas es un componente relevante, centrar el problema exclusivamente en los países productores constituye una simplificación que ignora el papel fundamental de la demanda interna. Mientras exista un mercado consumidor robusto en Estados Unidos, la oferta —legal o ilegal— encontrará mecanismos para abastecerlo. En este sentido, culpar únicamente a los cárteles no solo es insuficiente, sino que distorsiona el diagnóstico y limita la efectividad de las soluciones.
Los datos estadísticos refuerzan esta perspectiva. En 2021, las muertes por sobredosis de opioides sintéticos (principalmente fentanilo) alcanzaron aproximadamente 70,601 casos en Estados Unidos, equivalentes a cerca de 211 muertes por millón de habitantes. De acuerdo con el CDC, las muertes por sobredosis de opioides aumentaron de 49,860 en 2019 a 81,806 en 2022, con una ligera disminución a 79,358 en 2023, 79.384 en 2024 y tuvo una disminución significativa a 71,542 en 2025.
Estas cifras contrastan notablemente con las de países señalados como origen del problema: México registra alrededor de 9 muertes por millón de habitantes, y Colombia aproximadamente 2. La disparidad evidencia que la crisis responde, en gran medida, a condiciones internas de consumo.
A pesar de estos datos, el discurso del presidente Donald Trump ha insistido en calificar a los cárteles como organizaciones terroristas y ha planteado incluso la posibilidad de intervenciones unilaterales en territorio mexicano. Estas posturas contrastan con declaraciones posteriores en las que reconoce la cooperación del gobierno mexicano, encabezado por Claudia Sheinbaum, en el combate al tráfico de drogas. Esta ambivalencia refleja una política exterior inconsistente, más orientada a efectos políticos internos que a soluciones estructurales.
Por su parte, México ha intensificado acciones contra el narcotráfico, incrementando decomisos de fentanilo y fortaleciendo la cooperación bilateral. Asimismo, ha insistido en la necesidad de que Estados Unidos atienda el flujo ilegal de armas hacia territorio mexicano, un factor clave en la violencia asociada al narcotráfico. Se estima que alrededor de 500,000 armas ilegales cruzan anualmente desde Estados Unidos hacia México, y que el 77% de las armas recuperadas en operativos tienen origen en ese país. Sin embargo, la respuesta estadounidense en este ámbito ha sido limitada históricamente, Por ejemplo, la Ley de Protección del Comercio Legal de Armas de 2005, firmada por el presidente George W. Bush, otorgó amplia inmunidad federal a los fabricantes y vendedores de armas, protegiéndolos de la mayoría de las demandas civiles por uso indebido con fines delictivos.
Sobre este tema se recomienda consultar el libro “La violencia vino del norte” de Carlos Pérez Ricart (Debate editorial, 2025, México). El autor evidencia como el aumento de homicidios en México después de 2007 se debe en gran medida a la desregulación de armas en Estados Unidos. La expiración de la prohibición de 2004 y las protecciones a la industria permitieron flujos masivos de armas, militarizando el crimen, revirtiendo las tendencias decrecientes de violencia e implicando a Estados Unidos como un contribuyente clave a la crisis de seguridad en México
Este punto resulta crucial: así como Estados Unidos exige acciones contundentes contra el tráfico de drogas, existe una responsabilidad equivalente en el control del tráfico de armas y en la regulación de su mercado interno. La falta de avances en este frente evidencia una asimetría en las exigencias bilaterales.
Las consecuencias sociales de esta crisis son profundas: comunidades fragmentadas, aumento de la criminalización de consumidores y persistencia de desigualdades raciales y económicas. La llamada “guerra contra las drogas” ha derivado en encarcelamientos masivos sin lograr reducir de manera sustancial ni la oferta ni la demanda.
En síntesis, el problema del consumo de drogas en Estados Unidos no puede atribuirse exclusivamente a factores externos. La evidencia histórica, económica y social muestra que se trata de una crisis generada en gran medida por decisiones internas: fallas regulatorias, incentivos económicos distorsionados y políticas públicas ineficaces.
La insistencia del gobierno de Donald Trump en responsabilizar principalmente a los cárteles extranjeros no solo carece de sustento completo, sino que desvía la atención de las reformas necesarias dentro de su propio país. Una estrategia efectiva requiere asumir responsabilidades internas, fortalecer los sistemas de salud pública, regular adecuadamente a la industria farmacéutica y reducir las condiciones sociales que alimentan la demanda.
Sin estos cambios estructurales, las cifras de sobredosis difícilmente disminuirán. La evidencia es clara: mientras exista una alta demanda interna, la oferta persistirá, independientemente de su origen. Por ello, cualquier solución duradera debe comenzar por reconocer esta realidad.
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