La inauguración del primer Polo de Desarrollo Económico para el Bienestar en Huamantla, Tlaxcala, marca un punto de inflexión en la política industrial mexicana. No se trata simplemente de un parque industrial, sino de un intento deliberado del Estado por reorientar la geografía del crecimiento económico, combinando inversión pública, incentivos fiscales y planificación territorial. Con una inversión cercana a 540 millones de dólares, más de 50 hectáreas y la expectativa de miles de empleos. Este polo representa el primero de una red nacional de 15 nodos productivos diseñados para descentralizar la inversión y promover la sustitución de importaciones. Este modelo retoma elementos históricos del desarrollo regional —desde los polos de crecimiento de Perroux hasta las políticas basadas en el lugar de Capello y Rodríguez-Pose— pero en un contexto marcado por el nearshoring, la fragmentación global y el TMEC.
La pregunta que surge es: ¿qué es un polo de desarrollo en el contexto actual? Se puede argumentar que los nuevos polos mexicanos deben contar con tres características distintivas: infraestructura lista más incentivos, son espacios ya urbanizados que cuentan con energía, agua tratada, conectividad logística, facilidades fiscales (exenciones iniciales) y servicios integrados para empresas. Esto reduce los costos de entrada y acelera la inversión privada. Un punto importante es que tienen un enfoque sectorial estratégico. En Tlaxcala ya se anticipa la llegada de industrias: automotriz, metalmecánica y alimentaria. Lo cual sugiere una lógica de encadenamientos productivos. La expectativa es una renovación de la política industrial, y que los parques se consideren instrumento de política industrial territorial, con el objetivo explícito de: sustituir importaciones, fortalecer la proveeduría nacional y generar empleo regional. Es decir, el polo debería funcionar como plataforma de industrialización localizada.
La pregunta que surge es: ¿que efectos económicos esperados: más allá del empleo? Se puede argumentar que la expectativa es que tenga un efecto multiplicador regional. Un polo no sólo genera empleos directos (5–6 mil en el caso inicial), sino que activa: servicios logísticos, proveedores locales y formación de capital humano. Esto configura lo que la literatura llama “ecosistema productivo”. La expectativa es que este tipo de parques desencadenen encadenamientos productivos (hacia atrás y hacia adelante), siempre que se articule correctamente: es decir que se desarrollen empresas ancla que demanden insumos locales, que conlleve al surgimiento de pymes proveedoras y se reduzca la dependencia de importaciones. Esto se puede considerar que es el el núcleo del Plan México: usar la demanda industrial como motor de sustitución.
De articularse correctamente esto producirá lo que podríamos denominar externalidades territoriales, con un aumento del valor del suelo, un desarrollo urbano acelerado y la expansión de servicios. Sin embargo, se tiene que considerar que existen también riesgos, tales como: presión sobre infraestructura urbana, desigualdades intrarregionales; asimismo pueden tener impactos regiones que en vez de corregir se reproduzca como caso estratégico. La elección de Tlaxcala no es casual, está ubicado en el corredor Puebla–CDMX, con una tradición industrial ligera, y mano de obra disponible. Esto sugiere una estrategia de “periferia integrada”: regiones cercanas a polos ya desarrollados. Sin embargo, pueden tener un riesgo de concentración funcional, sino se instrumentan políticas complementarias, los polos pueden: integrarse a cadenas globales sin arraigo local, generar enclaves industriales y reproducir dependencia externa. Es decir, pueden ser exitosos en crecimiento, pero limitados en desarrollo.
Con la puesta en marcha de este polo, la perspectiva es generar un potencial redistributivo nacional. El diseño de la estrategia contempla que 8 de los 15 polos se ubiquen en el sur - sureste. Esto abre la posibilidad de: reducir brechas Norte–Sur; asimismo se busca desconcentrar la inversión. Estos polos de desarrollo del Plan México buscarán un cambio de paradigma, rompiendo con tres inercias históricas: del dejar hacer (laissez-faire) a la intervención estratégica. Con ello el Estado vuelve a planificar localización productiva, asimismo rediseña incentivos sectoriales. Se puede argumentar que de apertura pasiva se pase a sustitución selectiva, es decir producir lo que hoy se importa, lograr integrar cadenas internas, que permitan el desarrollo territorial. El objetivo ya no es solo crecer, sino definir donde se crece, y quien se se beneficia del crecimiento. Sin embargo, para que los polos funcionen como motores de desarrollo (y no sólo de inversión), se requieren al menos cinco condiciones: definir una política de proveeduría nacional, que permita vincular empresas con pymes locales, asimismo desarrollar un Programa Nacional de Desarrollo de Proveedores.
En este proceso serán claves las compras públicas estratégicas, es decir usar la demanda del Estado para garantizar mercado inicial a proveedores; a lo que se suma un requisito indispensable que es la formación de capital humano, con educación técnica local y vinculación universidad-industria. Otro requisito es la gobernanza regional, se tendrá que dar una coordinación estado–municipios–federación, una planeación urbana integrada y garantizar una infraestructura energética adecuada, es decir hacia 2030, electricidad suficiente y confiable. El polo de Tlaxcala representa el inicio de una nueva fase en la política económica mexicana. Su éxito no dependerá únicamente de la inversión o del número de empresas instaladas, sino de su capacidad para: generar encadenamientos productivos locales, integrar proveeduría nacional y reducir desigualdades territoriales. En términos de desarrollo regional, la pregunta clave no es si los polos crecerán —lo harán— sino si lograrán transformar la estructura económica local. Si se alinean con instrumentos como compras públicas, desarrollo de proveedores y planeación territorial, estos polos pueden convertirse en el núcleo de una nueva industrialización mexicana con base territorial. De lo contrario, corren el riesgo de ser sólo una nueva generación de parques industriales en un país que históricamente ha crecido… pero no siempre se ha desarrollado.