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Radar Inteligente
CódigoQro 27 Apr, 2026 05:00

El nido vacío…

Los llevé en mi vientre durante nueve meses, los alimenté, los cuidé, aplaudí sus primeras palabras, los tomé de la mano mientras aprendían a dar sus primeros pasos, les aplaudí cuando pudieron hacerlo solos… hice míos sus triunfos, pero también sus fracasos y sus tristezas. Verlos partir de casa para construir sus propias vidas ha sido satisfactorio, pero doloroso al mismo tiempo porque ha significado decirle adiós a la versión de familia que tuve durante muchos años… es un duelo y una sensación de pérdida que los especialistas llaman “síndrome del nido vacío”.

Te dicen que llores y los extrañes sin culpa, que reconectes contigo y recuperes las partes de ti que dejaste de lado durante la crianza, que compartas tus sentimientos y poco a poco te adaptarás a la nueva normalidad.

El matrimonio de mi hijo hace unos días, me hizo reflexionar sobre esto… pero también me llevó a pensar en las miles de madres en este país cuyas hijas e hijos no se fueron para construir sus propias vidas, sino que simplemente salieron un día por la puerta y no regresaron.

Ellas no pueden reconectar consigo mismas ni recuperar la parte que dejaron de lado durante la crianza, porque mientras sus hijas e hijos permanecen en calidad de “desaparecidos”, su vida se apaga poco a poco mientras cavan en tumbas clandestinas y respiran tierra con olor a muerte en busca de un indicio que las saque de la martirizante espera.

Para las madres buscadoras, el síndrome del nido vacío no es producto de un ciclo natural en la vida familiar en el que las hijas o hijos se independizan y abandonan el hogar para construir su proyecto de vida. A ellas les fueron arrebatados sus descendientes de forma abrupta y violenta, lo que las coloca en un estado de desesperación, angustia, vacío y tortura permanente… ¡Y no hay manera de llenar la soledad de ese nido!

Según el estudio “Impacto psicosocial de la desaparición forzada. Una visión de las madres que buscan a su ser querido”, realizado por Gabriela Linares Acuña y Javier Álvarez Bermúdez (2022), en un principio, las madres experimentan miedo, incertidumbre y depresión, “sin embargo, al ir avanzando en el proceso de búsqueda (las emociones) se diversifican, se multiplican y cambian (…) la pérdida continúa, el miedo se vuelve más intenso, aparecen otras emociones que derivan en angustia por la seguridad de la persona: qué ocurre con él, dónde está, estará seguro”. Además, los pensamientos catastróficos, de negación y de evasión se mantienen.

Las madres presentan, añade, “un comportamiento proactivo que se lleva a cabo según el ‘deber ser’ que nuestra sociedad demanda, sin embargo, aunque éste se lleve a cabo tal y como se indica, no se obtiene la respuesta esperada por parte de la autoridad: encontrar a su ser querido”; por ello, su vida cotidiana se ve impactada por un aislamiento, apatía e incluso conductas que derivan en sintomatología psicosomática que afecta directamente su salud física.

El mismo estudio expone que el soporte social surge principalmente de familiares cercanos, pero no de profesionales en medicina y psicología o de personas trabajadoras sociales; generalmente, se acompañan de quienes también han perdido a un familiar para realizar su búsqueda.

Ellas sufren paralelamente el que las autoridades ni siquiera reconocen su labor, pese a las recomendaciones de organismos internacionales de considerarlas formalmente como personas defensoras de los derechos humanos, de monitorear la violencia específica de que son víctimas, de garantizarles medidas de protección con perspectiva de género, de proporcionarles reparación integral del daño e incluirlas en los procesos de verdad y memoria. 

Así lo expone el reciente informe de Amnistía Internacional sobre “La situación de los Derechos Humanos en el mundo”, en donde -además- advierte que las desapariciones aumentaron un 10.5 por ciento respecto al año anterior.
 
El anuncio del Comité de la ONU contra la Desaparición Forzada de activar, por primera vez, el procedimiento del artículo 34 de la Convención Internacional para la Protección de Todas las Personas contra las Desapariciones Forzadas ante la situación en México y someter el tema a la Asamblea General de la ONU, le dolió más a la presidenta Sheinbaum, que el reclamo permanente por parte de estas madres.

Y, seguramente, más hondo le calaron las no tan fuertes palabras (como se habría esperado) del Alto Comisionado de la ONU, Volker Türk: “Necesitamos un compromiso nacional que vaya más allá de posiciones políticas, o de un mandato de un gobierno, para que pueda darse un proceso de verdad, de reconocimiento del dolor y la labor de las personas buscadoras, de transparencia y de compromiso férreo del Estado. Hago un llamado para que este esfuerzo no se politice, no se polarice y que ponga en el centro a las víctimas”.

En espera de que esto no suceda más, al paso de los días voy acostumbrándome a ver vacío el cuarto de mi hijo y a sentir una inmensa alegría cuando me escribe para decir lo feliz que está en su luna de miel… mientras, las madres buscadoras siguen padeciendo, no solo la ausencia de hijas o hijos, sino la falta de procuración y administración de justicia.

En “modo negación”

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