Desde su primera administración, el actual inquilino de la Casa Blanca no ha dejado lugar a interpretaciones. La arenga para la recuperación de una grandeza imprecisa en su dimensión e indefinida en el tiempo; el rechazo a un orden internacional que la Unión Americana ayudó a construir; el cuestionamiento del sistema multilateral encarnado en la Organización de las Naciones Unidas (ONU) que se modeló en apego a los intereses de la potencia surgida de la posguerra y el rechazo a las sociedades que mantuvieron esquemas de seguridad en el mundo (OTAN). Cada uno de estos intentos, traducidos en acciones como la reducción de sus aportaciones a los organismos de la cooperación internacional, efectivamente han tenido un impacto en el mundo, pero no han cumplido ninguno de los objetivos que se había marcado. Su muy particular interpretación de las formas de preservar su hegemonía le está retando precisamente viabilidad a este objetivo.
Su oferta de acabar las guerras en días ha sido un rotundo fracaso. Gaza, Irán y especialmente este último ha demostrado las limitaciones, falsas expectativas y objetivos desbordados. Su poder militar no se ha logrado expresar en su diplomacia, por lo que está perdiendo autoridad en el sistema de naciones. El poder de las armas es limitado si no se logra un cambio en los procesos del rival. Lo que denota Irán es que su cúpula se ha afianzado hasta el punto que reta a la capacidad estadounidense. El Estrecho de Ormuz es la prueba gráfica de una visión distorsionada de los alcances del poder militar y del desprecio por el poder de convencimiento. El fracaso es de tal forma importante que Irán hoy está marcando la dinámica del mercado económico global, está reorientando las estrategias energéticas de la Unión Europea (UE), de Asia y Oceanía y está elevando los costos políticos de naciones que, como los miembros del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), hoy reclaman a la Unión Americana por la falta de protección ante los ataques de Irán, cuando ellos no tienen en principio responsabilidad alguna. Irán ha internacionalizado el conflicto aumentando los costos a Trump. Y no sólo eso, la agenda iraní se ha metido de lleno a la agenda de política interna de Estados Unidos, pues aumenta cada vez más la opinión negativa sobre la gestión de este conflicto, lo que está reduciendo los apoyos a un presidente ya metido en una dinámica muy negativa cuando está en el horizonte el proceso electoral de noviembre, fecha que augura horas negras para su administración. Lo grave de esto es que, ante las perspectivas negativas de fin de año, la administración Trump podría radicalizar la agenda interna que le ha dado dividendos en sus tres comparecencias electorales: la narrativa anti sistema, el cierre de fronteras y las políticas racistas contra las poblaciones inmigradas. En este último caso se impondría el principio elemental: si algo funciona, ¿para qué cambiar? Y tomando en cuenta que las políticas de deportaciones, persecución, amenazas, chantajes y extorsión en perjuicio de las poblaciones inmigradas han resultado redituables en materia de votos, entonces cabría esperar que, ante el fracaso externo, Trump radicalice su agenda interna. Las naciones de origen como México, Venezuela, Colombia, entre otras muchas, deberían tomar nota para definir estrategias de protección y atención de sus ciudadanos inmigrados en aquel país, ante la enésima embestida trumpista . ____ Nota del editor: Javier Urbano Reyes es profesor e investigador en el Departamento de Estudios Internacionales (DEI) de la Universidad Iberoamericana (UIA), investigador del DGAPA PAPIIT IN302626. “América Latina y el Caribe frente a las políticas migratorias de Trump 2.0. Respuestas y propuestas ante las extorsiones, las expulsiones y los procesos de reintegración de deportados”. Escríbele a [email protected] Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor. Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión
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