La posverdad. Diversos autores(as) hablan de ella y también es cada vez más frecuente escucharla en conversaciones cotidianas o en medios de comunicación para hacer referencia a un momento que vivimos en que, o no hay verdades, o hay tantas que es difícil qué creer. La posverdad no es simplemente una época de mentiras: es una época en la que la verdad deja de ser el punto de referencia. Mentir supone reconocer que existe algo verdadero y que, por uno u otro motivo, se oculta o se manipula. En la posverdad, en cambio, lo importante ya no es si algo es cierto, sino si resulta útil, movilizador o identitario.
Este cambio es muy visible en la discusión pública contemporánea. En procesos electorales, por ejemplo, circulan mares de cifras falsas, acusaciones sin evidencia o versiones simplistas de problemas complejos. Pero el fenómeno va más allá de la falsedad del contenido. Lo medular es que esas narrativas son adoptadas y defendidas no por su veracidad, sino por su capacidad de reforzar emociones y pertenencias a un grupo. Si un relato confirma el miedo, la ira, la indignación o el orgullo de un grupo, entonces “funciona”. Y eso basta. Ejemplos, abundan. Tan solo hay que echarse un clavado a redes sociales.
En ese contexto, la política se vuelve cada vez más un asunto tribal (o hasta pandillero). La pregunta ya no es “¿es esto cierto?”, sino “¿de qué lado estás?”. Una misma información o argumento se puede aceptar o rechazar dependiendo de quién lo enuncie. Dos personas, por ejemplo, pueden observar un mismo acontecimiento —pensemos el reciente conflicto en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos— y no solo interpretarlo de manera distinta, sino discrepar sobre los propios hechos concretos. La famosa “caja de resonancia” de las redes sociales favorece que cada quien habite un pequeño espacio informativo (su “aldea digital”), donde los algoritmos refuerzan nuestras creencias previas, filtran lo incómodo y obstaculizan notoriamente nuestra capacidad para cuestionar lo que pensamos.Desafortunadamente esto es algo que se comprueba una y otra vez: las toneladas de información a las que tenemos acceso gracias a internet han reducido, paradójicamente, el ancho de nuestro mundo.
Parte del problema proviene de una confusión. Se ha insistido –y con razón– en que no existe una verdad absoluta asequible de forma total y que toda realidad posee múltiples aristas. Sin embargo, eso no significa que todas las versiones valgan lo mismo. Una cosa es reconocer la pluralidad de interpretaciones y otra muy distinta es borrar la diferencia entre hechos verificables y relatos que se aceptan porque se acoplan a las creencias propias. La posverdad se instala justo ahí: transforma el legítimo pluralismo en un relativismo donde todo puede sostenerse.
Pero bajo esas condiciones, realmente todo tambalea. Ya no se trata de contrastar argumentos para aproximarse a la realidad, sino de enfrentar narrativas rígidas, narrativas que se niegan a moverse. No se trata de dialogar, sino de imponer para “ganar”. Desaparece el deseo de escucha y con ello, de dudar. No interesa conocer otros datos (aún si son verificables). Con ello, la rendición de cuentas se debilita: si cada grupo dispone de “sus datos”, cualquier crítica puede descartarse bajo el argumento de que se trata de un ataque. Se trata de un competencia donde gana quien logra imponer su relato, no por su sustento, sino por su eficacia emocional o su fuerza política. Hannah Arendt [1] advirtió que cuando los hechos pierden estabilidad, la política se vuelve terreno fértil para la manipulación. Y sí. En serio, echénse un clavado a los comentarios de las publicaciones en cualquier red social donde se aborden situaciones de conflicto.
El mayor riesgo es perder la posibilidad de acordar en asuntos básicos. Y sin acuerdos, no podemos vivir juntos(as).
Fuente:
Arendt, H. (2003). Verdad y política. En Arendt, H. Entre el pasado y el futuro: Ocho ejercicios sobre la reflexión política. Península.
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