NUEVA YORK—Una realidad incómoda se hace cada vez más difícil de ignorar. La economía global atraviesa un período de “shocks más frecuentes y violentos”, como lo expresó el premio Nobel Michael Spence. En lugar de enfrentar perturbaciones aisladas y temporales, nos encontramos ante un cambio estructural hacia una volatilidad inquietante, una fragmentación cada vez mayor y una mayor dispersión de resultados para países, empresas y hogares. El viejo mundo ha desaparecido y prácticamente todos corren el riesgo de salir perjudicados en el nuevo. La pregunta es cuánto y qué hacer al respecto.
La guerra de Irán, que se extendió por todo Oriente Medio, ejemplifica esta nueva realidad. Si bien los daños a nivel local, regional y global han ido empeorando, la implementación de un mecanismo de contención duradero ha resultado difícil. En consecuencia, el daño económico evoluciona y se agrava, y los primeros efectos en los precios de la energía y las tasas de interés alimentan la inflación generalizada y aumentan el riesgo de un menor crecimiento y de inestabilidad financiera.
Este fenómeno no es nuevo. La solución al problema de la guerra de Ucrania ha resultado igualmente difícil de encontrar, y hemos observado la misma dinámica en ámbitos económicos y financieros más específicos, desde la instrumentalización de los aranceles y las sanciones a la inversión hasta la fragmentación de las cadenas de suministro. Resulta tentador tratar cada uno de estos casos como episodios aislados —y muchos responsables políticos e inversores lo están haciendo—. Esto es un error.
En lugar de constituir eventos aislados, la inestabilidad actual es el resultado previsible de la pérdida de tres narrativas que antes dominaban el panorama, sin que existan otras unificadoras que las reemplacen. La primera es la globalización. Atrás quedaron los tiempos en que una integración económica cada vez más profunda se consideraba una fuerza estabilizadora. La promesa de que la interdependencia reduciría el riesgo de conflicto ha sido sustituida por la instrumentalización del comercio y las finanzas, y la explotación de puntos estratégicos. Debido a que el mundo no abordó a tiempo los efectos distributivos adversos de la globalización, la tríada esencial de estándares globales respetados, instituciones multilaterales eficaces y el estado de derecho se está desmantelando en favor del unilateralismo, la fragmentación y la impunidad.
El segundo pilar narrativo es el Consenso de Washington. La creencia de que la liberalización, la desregulación, la responsabilidad fiscal y la independencia de los bancos centrales son la clave de la prosperidad a nivel nacional ha ido desapareciendo lentamente en los últimos años. Irónicamente, Estados Unidos ha liderado el cambio radical de este enfoque a nivel interno, a pesar de haberlo defendido durante tres décadas en el resto del mundo.
Luego está la IA, que está llamada a cambiar los supuestos que durante mucho tiempo han sustentado los modelos de negocio y los mercados laborales. Si bien la IA tiene un inmenso potencial transformador como tecnología de propósito general —sobre todo para la productividad—, se necesitan urgentemente nuevos marcos para guiar su adopción. De lo contrario, las disrupciones corren el riesgo de superar la capacidad de adaptación de las sociedades.
La pérdida de estos tres pilares ha dado lugar a una cultura de desconfianza, mentalidad de suma cero y toma de decisiones cortoplacista, que destruye lo antiguo sin tener sustitutos disponibles. A medida que la sospecha desplaza el compromiso, la búsqueda de una autosuficiencia costosa sustituye a los seguros colectivos, y la coordinación duradera se vuelve imposible. La orquesta global toca con partituras diferentes, sin director a la vista. El resultado es tan perturbador como cacofónico.
La fragmentación desordenada conducirá a un menor crecimiento, una mayor inflación y una mayor desigualdad. Pero no todo está perdido: la trayectoria de este nuevo mundo aún puede orientarse hacia una dirección más positiva, si tenemos el valor y la sabiduría para abandonar mentalidades obsoletas y construir un nuevo consenso de cinco partes.
En primer lugar, es hora de superar la dicotomía entre “globalización y proteccionismo”. Los gobiernos deberían considerar, en cambio, lo que el ex rimer ministro británico Gordon Brown denomina “globalización gestionada moderada”: un enfoque pragmático para la relocalización de la producción y la reducción de riesgos que garantice las cadenas de suministro críticas y los puntos estratégicos, sin caer en guerras comerciales contraproducentes ni en otras políticas perjudiciales para los países vecinos.
En segundo lugar, el crecimiento sostenible e inclusivo debe volver a ocupar un lugar prioritario en las agendas nacionales. Esto no significa inyectar dinero en la demanda mediante más estímulos fiscales y monetarios, ni robar el crecimiento de otras economías, ni del futuro. Significa, más bien, centrarse en el aumento de la productividad, la mejora de las infraestructuras y las transiciones estructurales en el sector energético y otros ámbitos.
En tercer lugar, los hogares más vulnerables necesitan apoyo. En la actualidad, las redes de protección social de demasiados países carecen de eficacia o, inadvertidamente, empujan a los grupos vulnerables a quedar bajo la tutela del Estado —lo que socava su participación en el mercado laboral— en lugar de brindarles la protección y las oportunidades necesarias para garantizar su seguridad y empoderamiento.
En cuarto lugar, la trayectoria de la IA no puede dejarse en manos del mercado. Las políticas que rigen esta innovación transformadora deben priorizar la mejora del trabajo sobre su desplazamiento (aumento de la productividad sobre automatización). Esto implica utilizar los sistemas tributarios para ajustar los incentivos y realizar inversiones iniciales en sectores sociales como la salud y la educación, donde la IA puede subsanar las deficiencias en la prestación de servicios. También implica brindar orientación a las empresas para fomentar la reestructuración y la reinvención que promuevan el empleo y la productividad, y no solo el ahorro inmediato de costes mediante el desplazamiento laboral. Asimismo, implica reestructurar las alianzas público-privadas para garantizar que la fuerza laboral siga siendo ágil y esté debidamente cualificada, y ofrecer apoyo durante la transición a los segmentos más vulnerables de la población.
Finalmente, para salvaguardar las instituciones internacionales, es necesario reformarlas. Las Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial siguen lastrados por estructuras y sistemas de gobernanza obsoletos. Sin un sistema multilateral más representativo y eficaz, es cada vez más probable que se produzcan situaciones antes impensables, poniendo en peligro nuestro bienestar futuro.
Los problemas que enfrentamos hoy no se resolverán solos. Sin visión y un esfuerzo conjunto, nuestra resiliencia humana, financiera e institucional seguirá debilitándose, dejándonos cada vez más vulnerables a crisis frecuentes y violentas. Debemos dejar de añorar el mundo de ayer y, en cambio, adaptarnos al mundo de hoy y crear los pilares y el impulso necesarios para prosperar en el mundo del mañana.
El autor
Mohamed A. El-Erian, expresidente del Queens’ College de la Universidad de Cambridge, es profesor de práctica en la Wharton School de la Universidad de Pensilvania, donde también es investigador global sénior en el Lauder Institute. Es asesor económico principal de Allianz, presidente de Gramercy Funds, autor de The Only Game in Town: Central Banks, Instability, and Avoiding the Next Collapse (Random House, 2016) y coautor (junto con Gordon Brown, Michael Spence y Reid Lidow) de Permacrisis: A Plan to Fix a Fractured World (Simon & Schuster, 2023).
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