La Eurorregión Galicia–Norte de Portugal representa una de las construcciones territoriales más prometedoras del suroeste europeo. Nacida al amparo de la política comunitaria de cooperación transfronteriza, esta figura busca coordinar estrategias en ámbitos decisivos como la economía, las infraestructuras, la innovación, el medio ambiente o la cultura. No es una mera etiqueta institucional: es, o debería ser, una herramienta estratégica para transformar la realidad económica de ambos territorios.
Galicia y el Norte de Portugal comparten mucho más que una frontera administrativa. Tienen similitudes geográficas, afinidades culturales y una proximidad lingüística singular en el contexto europeo. Comparten también estructuras productivas comparables y una vocación atlántica que las sitúa en una posición privilegiada para actuar como plataforma logística entre Europa y el resto del mundo. Por eso, cuando se habla de la Eurorregión, no se está hablando de un concepto abstracto, sino de una oportunidad tangible para convertir este espacio en uno de los polos económicos más relevantes del arco Atlántico europeo.
Sin embargo, el potencial por sí solo no genera desarrollo. Requiere decisiones políticas sostenidas, inversiones coherentes y, sobre todo, una visión compartida que vaya más allá de las declaraciones institucionales. La Eurorregión Galicia–Norte de Portugal sigue avanzando, sí, pero lo hace en demasiadas ocasiones por la inercia de la cooperación técnica y administrativa, más que por una apuesta política decidida que la sitúe en el centro de las prioridades estratégicas.
La Eurorregión avanza más por la inercia técnica que por una verdadera voluntad política sostenida
El objetivo no debería ser menor: consolidar un espacio económico dinámico que permita a Galicia mantener una senda de crecimiento capaz de situarla por encima de la renta per cápita media española y, a medio plazo, converger con los niveles más avanzados de Europa. En este horizonte, la Eurorregión no es un complemento, sino uno de los motores fundamentales.
La comparación con el Norte de Portugal ofrece lecciones útiles. La región portuguesa, cuya capital funcional es Oporto, tiene una extensión menor que Galicia, pero cuenta con alrededor de un millón de habitantes más, alcanzando los 3,7 millones. Su población, como la gallega, presenta signos de estancamiento, pero su economía ha mostrado una capacidad de crecimiento superior. El Producto Interior Bruto global del Norte de Portugal superó al de Galicia en 2018, y desde entonces la distancia se ha ampliado progresivamente. Ese dinamismo está permitiendo que la región portuguesa se acerque también en términos de PIB per cápita, consolidándose junto con Lisboa como uno de los territorios más prósperos del país vecino.
La clave de esta evolución está en la productividad. Según los datos de Eurostat, Portugal registra desde 2019 un crecimiento medio anual significativamente superior al de España. Ese diferencial no es casualidad. Responde a una estrategia basada en la disponibilidad de suelo empresarial a precios competitivos, una burocracia más ágil y un marco normativo que facilita la actividad económica. Estas condiciones han permitido atraer inversión extranjera y, en particular, empresas procedentes de España, muchas de ellas de Galicia.
Galicia no debe competir en salarios bajos, porque ese camino conduce a una pérdida de valor añadido y a una precarización estructural. Pero sí debe extraer enseñanzas en ámbitos como la gestión del suelo industrial o la simplificación administrativa. La disponibilidad de espacios empresariales competitivos y procesos administrativos más ágiles es hoy un factor determinante para la atracción de inversión y la consolidación de tejido productivo.
Sin Vigo y A Coruña funcionando como áreas metropolitanas reales, Galicia parte con desventaja frente al Gran Oporto
Donde las diferencias resultan más evidentes es en la planificación urbana y metropolitana. Oporto, con una población municipal inferior a la de Vigo o A Coruña, ha logrado consolidar un área metropolitana que alberga cerca de 1,7 millones de personas. El Gran Oporto constituye una aglomeración urbana funcionalmente integrada, dotada de infraestructuras de transporte eficaces, entre las que destaca un sistema de metro ligero que conecta seis líneas y vertebra el territorio metropolitano. Esta red, junto con una adecuada planificación viaria, ha permitido consolidar un espacio urbano competitivo y cohesionador.
En Galicia, en cambio, las dos principales ciudades —Vigo y A Coruña— siguen sin disponer de áreas metropolitanas plenamente consolidadas y operativas en términos funcionales. La falta de estructuras metropolitanas fuertes no es un problema administrativo menor: es un déficit estratégico que condiciona la capacidad de Galicia para situarse en pie de igualdad con el Gran Oporto. Si la Eurorregión aspira a ser liderada conjuntamente por Galicia y el Norte de Portugal, ese liderazgo debe descansar sobre tres polos urbanos potentes: A Coruña, Vigo y Oporto.
Impulsar de manera efectiva las áreas metropolitanas de Vigo y A Coruña debería ser, por tanto, una prioridad política inaplazable para todas las administraciones, incluida la Xunta de Galicia. No se trata solo de delimitar mapas administrativos, sino de crear estructuras reales de cooperación entre municipios, con competencias claras en transporte, planificación territorial y servicios públicos. Sin esta base, Galicia seguirá presentándose en la Eurorregión con una fragmentación institucional que reduce su capacidad de influencia.
Sin alta velocidad hasta Lisboa
La dimensión infraestructural constituye otro eje esencial. La conexión ferroviaria de alta velocidad entre Vigo, Oporto y Lisboa representa uno de los proyectos más estratégicos para el futuro del conjunto del territorio. Portugal es, para Galicia, un mercado natural tan relevante como el resto de España. Una red ferroviaria eficiente permitiría reducir tiempos de desplazamiento, fortalecer la movilidad laboral y facilitar la integración económica. Al mismo tiempo, resulta imprescindible que España acelere los plazos del corredor ferroviario atlántico, acercando Galicia a los principales mercados europeos y mejorando su competitividad logística. Hay trenes de alta velocidad entre A Coruña y Vigo, pero con matices importantes: no es alta velocidad plena en todo el recorrido, sino una combinación de tramos de alta velocidad y tramos adaptados.
La experiencia portuguesa también ofrece lecciones en materia de gobernanza territorial. Tras la crisis financiera de 2008, Portugal llevó a cabo reformas profundas que incluyeron la racionalización del número de municipios y la integración de autoridades portuarias. La fusión de las tres autoridades portuarias en una única entidad ha permitido una gestión más coordinada y eficiente. Galicia, por el contrario, mantiene una fragmentación portuaria que dificulta la planificación estratégica y reduce la capacidad de competir en el tráfico internacional. A Coruña y Vigo son, también en este terreno, dos asignaturas pendientes.
El aeropuerto de Oporto eclipsa a los de Galicia
Algo similar ocurre en el ámbito aeroportuario. Mientras el aeropuerto de Oporto ha consolidado su papel como gran puerta internacional del norte portugués, Galicia mantiene tres aeropuertos con una conectividad internacional limitada y una competencia interna que reduce la eficiencia global del sistema. La gestión integrada y la definición de una estrategia conjunta siguen siendo tareas pendientes.
La inversión en investigación, desarrollo e innovación constituye otro factor determinante. El Norte de Portugal ha superado a Galicia en este ámbito, con un esfuerzo inversor mayor en relación con su Producto Interior Bruto. Este avance se sustenta en una participación significativa del sector privado, mientras que en Galicia el impulso sigue dependiendo en gran medida del sector público. Sin embargo, Galicia dispone de fortalezas propias que pueden ser decisivas, como su industria de tecnologías de la información y la comunicación y su excelente acceso a redes de banda ancha de alta velocidad. A Coruña es, en ese sentido, un buen referente.
Cada nueva conexión ferroviaria, cada plataforma logística integrada y cada proyecto empresarial transfronterizo refuerzan la idea de un espacio económico común
El verdadero salto cualitativo de la Eurorregión dependerá de la capacidad para combinar estas fortalezas con nuevas inversiones en infraestructuras logísticas compartidas y proyectos de innovación conjuntos. Cada nueva conexión ferroviaria, cada plataforma logística integrada y cada proyecto empresarial transfronterizo refuerzan la idea de un espacio económico común. Y cada retraso, cada desacuerdo institucional o cada promesa incumplida debilitan esa construcción.
Por eso conviene recordar que las eurorregiones no se construyen únicamente con discursos. Las declaraciones institucionales son necesarias, pero insuficientes si no se traducen en inversiones concretas y en calendarios verificables. La retórica política, tan abundante en los foros institucionales, debe dar paso a una política de hechos. No basta con proclamar la importancia de la cooperación transfronteriza; es imprescindible dotarla de contenido real y sostenido en el tiempo.
En este sentido, el desafío principal no es técnico, sino político. Requiere una coordinación efectiva entre administraciones autonómicas, estatales y europeas. Requiere asumir que la Eurorregión Galicia–Norte de Portugal no es una opción secundaria, sino una prioridad estratégica que condicionará el futuro económico del territorio en las próximas décadas.
Galicia, sin un área metropolitana equivalente al Gran Oporto
Galicia debe contribuir activamente al desarrollo de esta Eurorregión con plena conciencia de sus propias limitaciones estructurales. Carece hoy de un área metropolitana equivalente a la del Gran Oporto, y esa carencia condiciona su capacidad de liderazgo. Pero esa debilidad no es irreversible. Puede corregirse mediante planificación, cooperación institucional y una voluntad política sostenida.
La construcción de áreas metropolitanas fuertes en Vigo y A Coruña no es una aspiración localista, sino una necesidad estratégica para toda Galicia. Solo con dos polos urbanos bien estructurados será posible coliderar junto con el Gran Oporto un espacio económico capaz de competir en el contexto europeo.
La Eurorregión Galicia–Norte de Portugal no necesita más ceremonias ni más declaraciones solemnes. Necesita infraestructuras, planificación, innovación y cooperación efectiva. Necesita menos retórica y más hechos. Porque, en última instancia, el futuro económico de Galicia y del Norte de Portugal no se decidirá en los discursos, sino en la capacidad de transformar las oportunidades compartidas en realidades medibles. Y ese es el verdadero reto que sigue pendiente. @mundiario