Hace unas semanas, Stanley Druckenmiller, un destacado hombre de negocios, colaboró como articulista invitado en The Wall Street Journal para plantear algunas críticas a las políticas del secretario del Tesoro de EU, Scott Bessent. El texto iba al grano y no tenía ninguna floritura, pero no faltó quien detectara en él todas esas formas propias de un chatbot (aunque francamente ya también hay gente que escribe como chatbot, lo cual no es raro si consideramos que muchas veces esta clase de textos es lo único que leen).
Por si hiciera falta, el detector de IA Pangram verificó que la sospecha era cierta y hubo un medio de comunicación que encaró a Druckenmiller. Este, con el desparpajo de quien sabe que sus ganancias no provienen de escribir artículos sino producir millones de dólares de ganancias, declaró: “Por supuesto que usé IA… No me avergüenza. Ahora escribo todo usando IA por la misma razón que uso una calculadora cuando hago problemas de matemáticas”.
Aunque él no le prestó mayor importancia al asunto –al igual que muchos otros miembros del sector financiero– su respuesta tuvo un enorme impacto en el debate, ya en curso, sobre la ética, la transparencia y la responsabilidad editorial de los grandes medios de comunicación. ¿Es válido que estos publiquen textos firmados por alguien, pero elaborados por la IA?
Los primeros en adoptar una postura clara fueron los directivos de The Wall Street Journal. Su editor de opinión, Paul Gigot, asumió con toda naturalidad la revelación que hizo el programa Pangram, defendió que el artículo se haya publicado tal cual y se negó a añadir una nota aclaratoria, toda vez que el artículo en cuestión contenía, según él, la postura original del autor. Por lo demás, dijo, la IA es un “hecho de la vida moderna”.
Ryan Jacobs, director ejecutivo de Cardinal 40 y un conocido escritor de discursos para figuras como Bill Gates, se prununció sobre el tema desde The Economist, de una forma que oscila entre el optimismo y la extrema complacencia.
“El pánico moral en torno a la escritura con IA –escribió– parece situarse en otro plano de la realidad. Tras las advertencias de no delegar nunca la redacción propia subyace la ingenua idea de que en el interior de cada persona habita un Hemingway oculto, y que lo único que hace falta es tiempo y disciplina para sentarse frente a una página en blanco. Hacer lo contrario se considera propio de un fracasado […] Es una visión descabellada y elitista del mundo de la escritura, que ahora alimenta una industria artesanal de «policías de la palabra», como las marcas de agua de Claude o la puntuación de escritura con IA de Pangram”
Jacobs dice incluso no tener problema con que la IA lo desplace laboralmente: “Como redactor de discursos humano, es casi seguro que esto perjudicará mi negocio. Pero si mi semiobsolescencia es el precio a pagar por un mundo que piensa con mayor profundidad y escribe mejor, que así sea”.
El suyo es optimismo puro. No creo que el “el mundo” piense con mayor profundidad porque una máquina le escriba sus textos (discursos, comentarios editoriales o lo que sea), pero el problema, evidentemente, sin tener un Hemingway oculto, va más allá de las preocupaciones de Jacobs. Por eso, otras reacciones fueron mucho más críticas, como la de The Atlantic, cuyos editores consideraron que The Wall Street Journal está en falta con sus lectores, pues estos merecen saber si lo que están leyendo es producto de la inteligencia artificial o de un ser humano. Adicionalmente, sacaron de nuevo a flote otro caso parecido ocurrido en el Financial Times, el cual reprobó la colaboración de un profesor de Harvard que usó IA para resumir su borrador.
Me parece que los editores de The Atlantic tienen toda la razón. Ante este nuevo “hecho de la vida moderna” los medios de comunicación tienen la obligación de replantear su código de ética y aclarar a sus lectores (o espectadores y radioescuchas, puesto que los conductores producto de la IA ya son también posibles) si las noticias, investigaciones y comentarios editoriales son resultado de la IA o de su equipo periodístico. Al final, es un tema de responsabilidad elemental: Por ejemplo, ¿a quién voy a interpelar, como lector o figura pública, en caso de que se difunda un bulo? ¿A un autor concreto o a una máquina?
Quién sabe si la inteligencia artificial terminará con la especie humana, pero por lo pronto es un hecho que si los medios no regulan su uso terminará en primer lugar con la escritura (creativa, por supuesto) y las capacidades críticas del periodismo tal y como lo conocemos.
@ArielGonzlez
FB: Ariel González Jiménez
The post La escritura artificial y la muerte del periodismo appeared first on Plaza de Armas | Querétaro.