
Por Anna Louie Sussman, The New York Times.
Raleigh Rivera y su esposo llevaban cinco años afinando su plan de maternidad: en 2025, se trasladarían de Los Ángeles, donde viven desde 2023, a la ciudad natal de Rivera, Mineápolis, donde podrían comprar una casa y formar su familia. “Los dos hemos estado locos por los bebés y los niños toda nuestra vida”, dijo.
Habían planeado empezar a intentarlo cuando Rivera cumpliera 30 años, cumpleaños que celebró el verano pasado. Pero ese mismo año, todo lo que les había parecido estable empezó a desmoronarse. Empezó con los incendios de Palisades y Eaton que diezmaron varias zonas de la ciudad que llamaban hogar. La perspectiva de un crédito para compradores de primera vivienda, algo por lo que Kamala Harris había hecho campaña, había desaparecido. En el verano, los padres de Rivera, en Minnesota, se asfixiaban con el humo que llegaba a través de la frontera procedente de los incendios forestales canadienses. Su marido es ciudadano, pero, como es mexicano-estadounidense, a ella le preocupaba que las políticas de discriminación racial lo convirtieran en un blanco fácil. A Rivera, que tiene un máster en salud pública, le preocupaba enviar a un futuro hijo a la escuela con compañeros que no estuvieran vacunados. “Sentíamos que habíamos trabajado mucho en nosotros mismos, asegurándonos de que nuestras finanzas y nuestra salud y todo estaba en orden”, me dijo cuando hablamos el pasado agosto. “Y esos planes están en pausa en este momento porque todo está... es imposible saberlo”.
Con sus trabajos estables y un matrimonio basado en el apoyo mutuo, los Rivera son exactamente el tipo de personas que los demógrafos esperarían que estuvieran bien encaminadas hacia la maternidad hoy en día. Los investigadores que estudian las tendencias demográficas han demostrado que los nacimientos tienden a aumentar cuando las economías están en alza, y más recientemente han propuesto una relación entre los roles de género y la tasa de natalidad: los niveles muy altos de igualdad en el hogar y en la sociedad se asocian con más nacimientos (lo mismo ocurre con niveles muy bajos de igualdad de género). Sin embargo, en la mayoría de los lugares del mundo, las tasas de natalidad han bajado durante las dos últimas décadas, incluso donde las economías han crecido y las parejas masculinas de las mujeres trabajadoras se ocupaban de más tareas domésticas. Los Rivera pueden dar pistas sobre las causas de esta tendencia.
La reticencia colectiva a procrear es quizá más flagrante en los países nórdicos. Con sus economías estables, fuertes redes de seguridad social, sólidas políticas familiares y relaciones de género equitativas, mantuvieron tasas de natalidad relativamente altas hasta principios de la década de 2000. Sin embargo, tras la crisis financiera de 2008, a veces conocida como la Gran Recesión, los nacimientos en Noruega, Dinamarca, Suecia y Finlandia descendieron, y luego bajaron un poco más, incluso cuando sus economías se recuperaron a lo largo de la década de 2010. Poco había cambiado en las políticas familiares de esas naciones y, por lo que se veía, los hombres seguían lavando los platos. La misma tendencia a la baja se mantuvo en Estados Unidos, donde los nacimientos han caído alrededor de un 23 por ciento desde 2007, a pesar de las altas tasas de inmigración hasta el año pasado. Los nacimientos también han disminuido en los países del este asiático, aunque los gobiernos de la región han invertido grandes sumas de dinero al problema. Y en Francia, a pesar de sus antiguas políticas pronatalistas.
No solo se trata de una cuestión de asequibilidad, la palabra de moda que a menudo se invoca para explicar por qué la gente opta por tener familias más pequeñas. Las ayudas públicas a los padres pueden aliviar, pero en general, la gente tiene menos hijos tanto en los países que ofrecen muy poco como en aquellos que ofrecen generosas prestaciones familiares; además, la tendencia se mantiene entre quienes luchan por llegar a fin de mes y entre quienes, como los Rivera, tienen estudios superiores y perciben un salario. Lo que une a estas culturas, entornos políticos y demografías dispares, se están dando cuenta ahora los investigadores, es la ineludible y aplastante sensación de los jóvenes de que el futuro es demasiado incierto para el compromiso de por vida que supone la maternidad. Llamémoslo la teoría de las vibraciones del declive demográfico.
El futuro nunca ha estado asegurado, pero da la sensación de que vivimos en una época de incertidumbre espectacular. En Estados Unidos, la permanencia en el empleo se ha contraído y la volatilidad de los ingresos ha aumentado. La esperanza de vida, antaño en inexorable marcha ascendente, ha descendido para las mujeres y los hombres con menos estudios. Muchas de las fuerzas sobre las que se asienta nuestra economía –la inteligencia artificial (IA), la inmigración, el comercio mundial– se sienten angustiosamente volátiles; la perturbación, antaño sinónimo de alboroto o problema, es el ethos rector de un sector aterradoramente poderoso de nuestra economía. El auge de los mercados de predicción ha convertido el mundo en un gran casino. La crisis climática se dispara, al igual que los costos de todo lo que podría permitir la maternidad, ya sea un techo o el cuidado de los niños. El último medio siglo nos ha traído una desigualdad pasmosa, acompañada de un fuerte declive de la movilidad social. Las dos generaciones que actualmente están en edad de procrear llevan las cicatrices psicológicas y financieras de haber llegado a la mayoría de edad en medio de catástrofes a escala mundial: los milénials de más edad entraron en el mercado laboral durante la Gran Recesión; muchos vieron cómo sus padres perdían sus trabajos o sus casas. La generación Z, cuyas vidas se vieron trastocadas por la pandemia del COVID-19, se encuentra ahora compitiendo contra la IA por puestos de trabajo de nivel inicial e incluso por posibles parejas. El hombre que dirige Estados Unidos parece entregado sin reservas al caos en casa y en el extranjero.
Incluso el descenso de las tasas de fertilidad alimenta el ciclo: ¿Cómo funcionará la sociedad si cada generación es más pequeña que la previa? La escritora de la Generación X Astra Taylor lo define como “la era de la inseguridad”; la escritora de la Generación Z, Kyla Scanlon, ha descrito “el fin del progreso predecible”. La incertidumbre de los zoomers sobre el futuro no puede captarse con las métricas habituales ni introducirse limpiamente en una hoja de cálculo. Pero puede ser el factor X en la caída libre global de la maternidad.
Daniele Vignoli, demógrafo de la Universidad de Florencia, se había mostrado cautelosamente optimista en 2008, cuando la tasa de fertilidad de Italia alcanzó casi 1,5 nacimientos por mujer, todavía muy por debajo de los 2,1 que suelen ser necesarios para mantener estables los niveles de población en ausencia de inmigración, pero la tasa más alta desde la década de 1980. “Todos celebrábamos esta nueva primavera de la fecundidad, esta nueva primavera de la demografía en Italia”, recuerda. Entonces llegó la Gran Recesión y la fecundidad descendió no solo en Italia, donde hoy se sitúa por debajo del 1,2, sino en toda Europa.
Ninguna teoría demográfica existente podría explicar la casi uniformidad de este descenso en todo el continente, que continuó pese a lo profundo que un país se viera afectado por la recesión o de lo rápido que se recuperara. Para Vignoli quedó claro que factores estructurales como la situación laboral o el mercado de la vivienda, aunque son contextos importantes, no cuentan toda la historia de dónde se ven las personas en el futuro. Criar a los hijos es un proyecto inherentemente orientado hacia el futuro y, según el análisis de Vignoli, la creciente exposición a una economía mundial volátil y a la aceleración del cambio tecnológico hace que a los jóvenes les resulte difícil proyectar un camino hacia delante incluso con un modesto grado de confianza.
En un estudio, Vignoli y sus coautores descubrieron que, aunque la situación laboral actual de las personas –si tenían un empleo a largo plazo o solo temporal– influía en su decisión de ser padres, igualmente influyente era su sentido de sus perspectivas de futuro y de si, en caso de que este empleo desapareciera, podrían encontrar otro con un salario comparable. Esa sensación es una función tanto de las condiciones del mundo real como del temperamento individual, de “la resiliencia ante resultados inesperados”, como dice Vignoli.
Para entender los cambios actuales de la población, por tanto, debemos mirar más allá de los indicadores que los investigadores de otros contextos han denominado como “la sombra del pasado”. ¿Alguien tiene trabajo? ¿Está casado? ¿Tiene estudios universitarios? También debemos considerar lo que se ha definido como las “sombras del futuro”.
Esto ayuda a explicar por qué ciertos patrones arraigados están empezando a cambiar. Las mujeres estadounidenses con menos estudios tienden a tener más hijos que sus compañeras con más estudios. Eso era cierto en la época anterior a que se dispusiera de métodos anticonceptivos y el matrimonio dejara de ser efectivamente obligatorio, pero también lo fue después, cuando las mujeres tuvieron más opciones. Los investigadores teorizaron que la maternidad en realidad reducía la incertidumbre de las jóvenes madres con bajos ingresos, incluso en sus precarias circunstancias, porque les proporcionaba un papel social definido y valorado, con responsabilidades claras y un camino identificable.
El descenso de los nacimientos tras la Gran Recesión afectó a mujeres de todos los niveles educativos, pero entre 2007 y 2016 fue más pronunciado entre las estadounidenses sin título universitario, cuyos nacimientos cayeron un 12 por ciento por debajo de las previsiones, según un análisis del demógrafo Lyman Stone. Se calcula que solo en este grupo hubo 3,1 millones de nacimientos “perdidos”. Entre las mujeres con títulos de posgrado, los nacimientos cayeron solo un 7 por ciento respecto a los niveles de 2007. La reproducción cayó más precipitadamente entre las mujeres no blancas, especialmente las hispanas y las nativas americanas, que ganan menos, en promedio, que las mujeres blancas. Como ocurre con cualquier cambio social arrollador, hay más de un factor en juego, pero un conjunto creciente de pruebas sugiere que la ansiedad de traer un hijo a un mundo tan incierto puede superar cada vez más el atractivo de la maternidad.
El mundo ha conocido la incertidumbre antes, así que ¿por qué esta vez es diferente? Una posibilidad es que vivamos en una era de “policrisis”, un término acuñado en los años noventa por el filósofo Edgar Morin y su coautora Anne Brigitte Kern para describir la interacción de muchas crisis a la vez. Para la cuestión concreta de tener una familia, entre las muchas crisis, la Gran Recesión puede haber sido particularmente consecuente. “Cambió el mundo”, dijo Chiara Ludovica Comolli, profesora de demografía de la Universidad de Bolonia. Produjo tales niveles de desigualdad que la relación entre las personas y entre los grupos, se alteró por completo”.
Comolli ha estado estudiando cómo la incertidumbre económica se propagó por la esfera social, erosionando la confianza social y fomentando el ascenso de los partidos radicales de derecha, y cómo esos cambios afectan a su vez a la fecundidad. En Suecia, los populistas de derecha Demócratas Suecos han hablado de proteger a la familia y aumentar las ayudas por hijo. Pero Comolli descubrió que en los pueblos y ciudades donde el partido estaba ganando popularidad, las tasas de natalidad en realidad descendieron. Las mujeres con estudios superiores, a las que los investigadores describieron como las más propensas a sentirse alienadas por el apoyo de sus vecinos a la derecha radical, eran especialmente propensas a renunciar a tener un hijo.
El impacto desmesurado de la Gran Recesión también puede deberse a su condición de primera crisis económica de la era de la avalancha de información digital, que la creó, y a la sensación de pavor que engendró, casi ineludible, incluso para las personas no afectadas económicamente. Lo mismo ocurre con las catástrofes naturales, la agitación política y la guerra: en un mundo global, nadie está aislado. “No solo se trata de tu propia incertidumbre, sino de que también te rodea toda la incertidumbre”, dijo Trude Lappegård, profesora de sociología de la Universidad de Oslo. “Es difícil desentrañar lo que te preocupa y lo que posiblemente pueda preocuparte, y lo que preocupa a otras personas”.
O como dijo Axel Peter Kristensen, quien realizó su investigación de posgrado con Lappegård, cuando hablamos el verano pasado: “¿Qué incertidumbre importa? ¿Es la que está muy cerca de tí? ¿Es la que está a una escala abstracta mayor? ¿Es la que está aquí, en Europa? ¿O está en Noruega?”.
El propio Kristensen tiene pareja y trabajo y es propietario de un pequeño apartamento en Oslo, pero a sus 33 años aún no es padre. Contrasta su trayectoria de vida con la de sus padres, quienes ya tenían a sus tres hijos para cuando rebasaron los 30 años. En aquella época, la madre de Kristensen se estaba formando para ser enfermera, y su padre era carpintero. Desde el punto de vista actual, la suya no era “una situación segura: de alquiler, sin tanto dinero”, dijo. “Pero seguían pensando que, por supuesto, íbamos a tener hijos”. La madre de Kristensen tenía la intención de seguir estudiando, y sus padres querían comprar una casa con el tiempo, pero en aquella época, los niños no se veían como un obstáculo para alcanzar esos objetivos. “No estaban posponiendo el nacimiento. Simplemente lo hacían al mismo tiempo”.
Habla con su madre sobre estos patrones generacionales. “La mayor diferencia, viendo su narrativa y mi narrativa, es que mi sensación es que estas cosas deberían estar primero en orden”, dijo. Visto a través de una lente de incertidumbre, el patrón global de retraso del matrimonio y la maternidad puede significar algo más que una cuestión de “cambio de prioridades”. Puede representar un intento desesperado de crear algún tipo de base estable en lo que un economista describió recientemente como una época “singularmente turbulenta”.
“Tener unos buenos ingresos, un empleo estable, una buena educación, tener un apartamento”, dijo Kristensen. “Estos nuevos hitos, ¿han cambiado su importancia en una era o época en la que la incertidumbre económica se siente mucho más a flor de piel?”. Su mayor importancia, sin embargo, llega en un momento en el que se han vuelto mucho más difíciles de alcanzar. En Estados Unidos, la edad media del comprador de una primera vivienda acaba de alcanzar los 40 años. “Una posible forma de hacer frente a esto sería posponer el tener hijos”, dijo, “o tal vez abandonarlo”.
Incluso los defensores de la teoría de la incertidumbre reconocen que hay muchos otros factores que contribuyen al descenso de la natalidad en el mundo. Se ha producido una marcada baja en el matrimonio. El aumento del aislamiento social, por no hablar de lo que algunos definen como una “recesión sexual”, no augura desde luego un baby boom. Tampoco las perspectivas de empleo actuales. Los trabajadores con estudios se enfrentan a lo que la economista Claudia Goldin ha denominado como “trabajos codiciosos”, puestos que exigen de un empleado mucho más de lo que se puede contener en horarios de 9 a 5, mientras que los trabajadores menos calificados se enfrentan a turnos impredecibles y a salarios que apenas han seguido el ritmo del costo de vida. Es difícil cuadrar ambas cosas con la expectativa de que los padres inviertan enormes cantidades de tiempo y dinero en el desarrollo de sus hijos. Las campañas de educación y el acceso a los anticonceptivos de acción prolongada redujeron eficazmente los embarazos de adolescentes, un cambio que ha sido un motor importante del descenso general de los nacimientos en Estados Unidos.
Sin embargo, si se busca bien, muchos de esos factores se convierten también en formas de incertidumbre. Comolli me contó que ella y su pareja han pospuesto la maternidad hasta que sus situaciones laborales se sientan más firmes. A menudo piensa en cómo se comparan sus preocupaciones por su avanzada edad y las posibles consecuencias para su salud con los factores materiales que son la principal preocupación de tantas otras personas, como las tasas de interés de las hipotecas o la subida de los precios: “Tanto en mi vida personal como en la profesional, a menudo me pregunto si se trata de tipos de incertidumbre fundamentalmente distintos –algo que quizá debería definirse y denominarse de forma diferente– o si simplemente son dos caras de la misma moneda”, dijo. En cualquier caso, tanto si la incertidumbre es psicológica como estructural, “el reto clave es comprender mejor cómo interactúan estas dimensiones”.
Como casi todos los demás académicos con los que hablé, Comolli hizo hincapié en la necesidad de aclarar el concepto de incertidumbre y perfeccionar las formas de medirla. Quizá la forma más sencilla sea simplemente preguntar a la gente cómo se siente respecto al futuro. Los demógrafos lo hacen a través de la Encuesta sobre Generaciones y Género, que consulta a 10.000 encuestados por país en más de dos docenas de países cada tres años. Un nuevo conjunto de preguntas indaga sobre lo preocupada que está la gente por cosas como el cambio climático, el elevado desempleo y los conflictos militares en el futuro.
Daniel Schneider, el sociólogo de Harvard, ve la conexión entre la incertidumbre y la fertilidad como un término medio entre los dos bandos de lo que él llamó “las guerras familiares”, esos interminables debates culturales en los que la derecha impulsa las estructuras familiares anticuadas con madres tradwife que educan en casa a 10 hijos, y la izquierda argumenta que la era de la familia nuclear ha terminado y “todo el mundo se va a limitar a vivir con sus gatos”, bromeó. La investigación sobre la incertidumbre sugiere que, de hecho, “la gente sí quiere tener familia, pero se encuentra con este mundo realmente incierto e inestable que también exige a los padres estos estándares realmente intensos”, dijo Schneider.
Resolver el problema con gestos pronatalistas puntuales, como una desgravación fiscal por tener hijos, ha resultado inútil una y otra vez. Para lograr un verdadero cambio, los legisladores deben adoptar un “enfoque holístico para hacer que las vidas y los sistemas sean más propicios para tener y criar hijos, y más propicios para vivir una vida feliz y segura y saludable como persona”, dijo Sarah Hayford, quien dirige el Instituto de Investigación Demográfica de la Universidad Estatal de Ohio. “No se puede abordar la parte de la crianza sin abordar la parte de la vida segura”. Eso requiere un cambio estructural.
O bolsillos muy profundos. En Corea del Sur, donde se registra una de las tasas de fertilidad más bajas del mundo (0,8 nacimientos por mujer a lo largo de su vida), la empresa constructora Booyoung Group saltó a los titulares en 2024 cuando ofreció 100 millones de wones coreanos (unos 68.000 dólares actuales, o aproximadamente el doble de la renta per cápita anual de Corea del Sur) a quien tuviera un bebé. El año pasado, la empresa informó de 36 nacimientos, un aumento de cerca del 60 por ciento en comparación con la media anterior al lanzamiento del programa. La bonificación se suma a la ayuda continua para los gastos médicos y la eventual matrícula universitaria. Los empleados que tengan un tercer hijo pueden elegir potencialmente entre el pago de 100 millones de won y una ayuda garantizada y permanente para la vivienda. “La empresa resolvió los problemas financieros que eran mi mayor preocupación a la hora de tener un segundo hijo”, declaró un empleado a un periódico coreano, que calculó que si la empresa fuera una nación, su tasa de natalidad sería 3,6 veces superior a la de Corea del Sur.
En Estados Unidos, el doble de la renta per cápita anual asciende a unos 153.000 dólares. ¿Es esa la escala de intervención que se necesitaría para hacer cambiar de opinión a la gente? La mayoría de las propuestas políticas dirigidas a las familias apenas rozan los bordes. La Fundación Heritage ha pedido que el gobierno conceda un “crédito de compensación por cuidado de niños en casa” de 2000 dólares por niño para subvencionar a un progenitor casado que se quede en casa con un hijo, una cantidad inferior a un tercio de lo que gasta un hogar estadounidense medio en un solo mes. Esto nunca podrá contrarrestar la profunda sensación de incertidumbre que domina la vida de tantos jóvenes.
Sin embargo, existe una política de fertilidad de bajo costo que parece funcionar de verdad: la fe, quizá la estrategia original de reducción de la incertidumbre.
La religión se asocia desde hace tiempo con las familias numerosas; grupos como los amish, los mormones, los judíos ultraortodoxos y los huteritas son conocidos por sus tasas de fertilidad superiores a la media. En un libro de 2024, Hannah’s Children, la economista de la Universidad Católica de América Catherine Pakaluk y un colega entrevistaron a 55 mujeres estadounidenses que tenían cinco o más hijos. Todas eran religiosas. La fe ofrece múltiples niveles de seguridad, enseñando que los seres humanos forman parte de una cadena cósmica, que tener hijos es una virtud moral y que Dios proveerá para ellos. A nivel práctico, la fe ofrece una comunidad preparada que afirma y apoya la vida familiar.
Pero aunque ciertas religiones como el cristianismo ortodoxo y el catolicismo están experimentando un aumento de conversos, en general, cada vez más estadounidenses se identifican como “nones”, o sin religión en particular. De especial relevancia es el ritmo al que las mujeres están huyendo del rebaño. El informe de enero de la Fundación Heritage sobre el futuro de la familia estadounidense hace referencia a la religión decenas de veces y a la incapacidad familiar retribuida solo un par de veces, a pesar de que una mayoría bipartidista de estadounidenses ha dicho que esta política es importante para ellos.
Clare Zakowski, una joven de 28 años que trabaja a tiempo parcial como gerente en un consultorio de terapia, dice que vería con buenos ojos un programa federal de incapacidad familiar retribuida, que el Congreso no ofrece. Siempre le han gustado los niños; cuando asistía a la preparatoria en Green Bay, Wisconsin, trabajó como nana y dirigió las actividades de un campamento de verano. “Me encanta su ingenuidad e inocencia”, me dijo. “Simplemente creo que los niños son lo máximo”. Zakowski lleva más de siete años con su novio, y los niños han formado parte de la conversación desde que ambos se conocieron. Pero últimamente se siente horrorizada por la manosfera y le preocupa cómo afectará la inteligencia artificial a la sociedad. “Las noticias diarias son una locura, y así ha sido durante un tiempo”, dijo. “Parece que vivimos en una época muy, muy extraña”. Más allá de la incapacidad remunerada (o del seguro de salud universal, para el caso), anhela algo más profundo: una sensación de seguridad, algo que aún no ha experimentado en Estados Unidos en su vida adulta. “Siento que tendría que haber, quiero decir una revolución, pero básicamente un gran cambio político, como un despertar moral de todos”, dijo.
Había estado buscando un trabajo a tiempo completo y mejor pagado para prepararse para la maternidad, pero la búsqueda le resultó tan estresante que desistió. “Sé que puede ser negativo no planificar con antelación”, me dijo, pero “¿quién sabe lo que nos depara el futuro?”.
Cuando volví a hablar con Rivera a principios de abril, tenía algunas buenas nuevas. Varias de sus amigas cercanas se habían embarazado, un acontecimiento que le generó una nueva sensación de pertenencia. “Mi mejor amiga está programada para julio, y eso fue una sensación bastante instantánea”. Dijo que se encontraba despierta por las noches pensando: “No puedo rendirme. No hay elección. Necesito apoyarla y seguir trabajando para mejorar el mundo”.
Entonces, mientras curioseaban por internet, ella y su marido consiguieron una hermosa casa en Mineápolis, no lejos de sus padres y su abuela, y decidieron ir por ella. Apenas unos días después de aceptar su oferta, las fuerzas del Departamento de Seguridad Nacional descendieron sobre su bella ciudad de Mineápolis. Ver cómo los miembros de su comunidad se unían para protegerse unos a otros reforzó aún más su sentido de la pertenencia. “Creo que ser testigos de la valentía de la gente, en el lugar que se está convirtiendo de nuevo en nuestro hogar, como que cambió algo para nosotros”, dijo. Tal vez, después de todo, este era un mundo en el que podían tener un hijo.
Su cambio de opinión no ha desterrado por completo los temores que describió el verano pasado. “Sé que me va a dar mucho miedo”, dijo. Pero en el momento en que ella y su marido se permitieron imaginar que se convertirían en padres, la “fiebre extrema del bebé” se apoderó de ambos, “de una forma que parece realmente una locura primaria, muy, muy intensa emocionalmente”, dijo. “No siento que tenga otra opción más que intentarlo”. c. 2026 The New York Times Company.