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Radar Inteligente
24 horas 15 May, 2026 00:01

La vida que no vivimos

En plena adolescencia, vi una película que me dejó marcada para siempre: Sliding Doors, conocida en español como Si yo hubiera. A esa edad quizá ya había vivido mis primeras decisiones importantes, porque el mensaje me llegó profundamente: la vida puede cambiar por completo dependiendo de un sí, de un no, de un minuto, de un tren tomado… o perdido, como lo maneja en metáfora esa historia.

Desde entonces intento escuchar profundamente a mi intuición antes de decidir. No porque crea que siempre voy a acertar, sino porque si algún día la decisión resulta equivocada, al menos no me duela tanto el “hubiera”.

Porque los “hubiera” pesan, por las historias que imaginamos perfectas, pesan las vidas alternas que inventamos en la cabeza, pesan los caminos que nunca recorrimos y que, justamente por no haberlos vivido, solemos idealizar o romantizar.

En cada decisión algo nace y algo termina, decir sí, también implica renunciar, decir no también construye destino... quedarse, irse, hablar, callar, insistir o soltar… todo tiene un precio emocional.

Elegir nunca será gratuito.

Cada vez que afirmamos una realidad, descartamos otra, y claro que asusta porque toda elección trae consigo una pequeña despedida, a veces nos despedimos de personas, o de versiones de nosotros mismos y otras veces de sueños que simplemente ya no caben en la vida que estamos construyendo.

Quizá madurar consiste justamente en eso: en dejar de vivir a medias, mirando constantemente hacia la puerta que no abrimos. Hay personas que pasan años enteros instaladas en el territorio del “qué hubiera pasado si…”, sin darse cuenta de que mientras tanto la vida real sigue avanzando enfrente de ellas y el desgaste emocional es inminente.

Miremos cada decisión como un crecimiento, incluso las equivocadas, hoy entiendo que es parte de nuestro destino.

Renunciar a ciertas posibilidades es exactamente lo que hace auténtico aquello que decidimos sostener. Si queremos conservar todas las opciones abiertas todo el tiempo, terminamos suspendidos en un eterno punto medio, sin entregarnos verdaderamente a nada, solo drenamos la energía mental y le quitamos fuerza a lo que podríamos vivir.

La vida no se construye desde la garantía, se construye desde el valor de elegir aun cuando no tenemos certeza. Desde el coraje de asumir las consecuencias y seguir caminando sin volvernos prisioneros de lo que no fue, cada decisión que tomamos nos recuerda algo esencial: vivir también es dejar ir.

Una manera de llevar la vida, es admitir que hay decisiones que duelen, y también hay una enorme tranquilidad en mirar hacia atrás y saber que: Desde el corazón, hicimos lo mejor que pudimos al tomar esa decisión.

Con cariño: Marcela.

 

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FB: Marcela de los Ríos

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