
Mayo suele ser un mes muy demandante para los docentes. Entre festivales, juegos deportivos, Día del Niño, Día de las Madres, Día del Estudiante, exámenes y cierres de ciclo, el maestro llega al Día del Maestro muchas veces con el corazón cansado.
Y no es falta de vocación. Es agotamiento.
Observo cada vez más maestros emocional y mentalmente desgastados. Docentes que aman profundamente lo que hacen, pero que ya no siempre sienten la misma alegría. Maestros que viven en hipervigilancia, cuidando cada palabra, cada reacción, cada decisión, con miedo a que una situación escale, a que un padre se moleste, a que el sistema los señale o a que alguien los culpe por algo que no hicieron.
Hoy se espera mucho del maestro. Que enseñe, contenga, regule, adapte, observe, prevenga, documente, escuche, resuelva y, además, que pueda con todo. Las aulas están llenas de niños con necesidades emocionales, conductuales y de aprendizaje cada vez más diversas. Hay más neurodivergencia visible, más demanda de estrategias y más presión sobre quien está al frente del grupo.
Por eso, celebrar al maestro no puede quedarse solo en un desayuno, un regalo o una felicitación. Claro que se agradece el festejo. Pero cuidar al maestro tendría que ser una prioridad durante todo el año.
Cuidarlo es ayudarlo a no romperse por dentro. Es ofrecerle herramientas para fortalecer su mente, su voluntad y su agilidad emocional. Es acompañarlo para que aprenda a no tomarse todo de forma personal, a no engancharse con comentarios innecesarios, a resolver conflictos sin quedarse herido y a habitarse desde un lugar más sano y seguro.
Así como hablamos del desarrollo socioemocional de los niños, tendríamos que hablar, con la misma seriedad, del desarrollo socioemocional del adulto que educa. Un maestro también necesita sentirse escuchado, protegido, acompañado y valorado dentro de su institución. Necesita un ambiente laboral sano, una comunicación clara, vínculos seguros con sus coordinadores y espacios donde pueda expresarse sin sentir que pisa un campo minado.
Y los padres de familia también tenemos una tarea importante: recordar que la formación del corazón y la mente de nuestros hijos es, primero, responsabilidad del hogar. La escuela acompaña, sostiene y enriquece, pero no sustituye. No está para evitar que al niño le pase algo, sino para ayudarlo a descubrirse, aprender, equivocarse, reparar y crecer.
Después de más de 25 años acompañando instituciones educativas, sigo creyendo que cuidar al maestro es cuidar el corazón de la escuela. Y desde mi lugar, seguiré trabajando para que los docentes encuentren espacios emocionalmente seguros, herramientas que fortalezcan su alma y una comunidad que les recuerde que no están solos.
Este Día del Maestro, más que decir “gracias”, habría que decirles: también queremos cuidarte.