Las cosas no venían del todo bien al arrancar el 2026, pero aun con esa inercia y una pizca de optimismo, todo parecía que transcurriría por senda cuesta arriba, aunque todavía manejables.
Todo era que el incendio en Medio Oriente arrastrara al mundo hacia el escenario donde está ahora: el barril de petróleo a 109 dólares, la inflación desbordada y la mayoría de los países superendeudados.
El miedo, -muy justificado-, es que el barril alcance los 120 dólares y de ahí se vaya a un punto de no retorno temporal, que lance al mundo a una recesión en este verano que ya está encima.
La situación esta semana que concluyó, envió ya señales de que esto se puede salir de control. Así que aquí, explicaré de manera sencilla, lo que nos espera si no se llega a un acuerdo.
El petróleo con un precio entre 100 a 110 dólares el barril, aunque pone nerviosos a muchos y eleva las presiones inflacionarias, es hasta cierto punto manejable, aunque es duro.
Un barril entre 110 a 120 dólares, empieza a romper platos financieros en países que de por sí, ya sufren en el rango anterior.
En este rango ya es muy peligroso porque los gobiernos de todo el mundo vienen muy endeudados de la crisis de la pandemia, aunque otros, traen problemas de políticas públicas insensatas, como el caso de México.
Además, ese nivel, presiona al mercado de bonos de deuda, que, al resentir la inflación, exige tasas más altas por prestarles a los gobiernos y eso genera facturas por intereses altísimas. Entra el dilema de gastar en educación, seguridad o justicia…o pagar los intereses.
También, en ese piso, se encarece el crédito para préstamos de autos, viviendas y empresas, generándoles presión, falta de liquidez y en algunos casos de plano la quiebra tanto de consumidores como de cientos de negocios. Ya lo estamos viendo en Estados Unidos.
Pero un petróleo por encima de los 120 o incluso 130 dólares el barril podría convertirse en un punto de quiebre para la economía mundial. Un nivel así probablemente obligaría a los bancos centrales a mantener tasas altas por más tiempo.
En ese escenario, la recesión dejaría de ser solamente un riesgo lejano para convertirse en una posibilidad prácticamente inmediata durante los próximos meses, sobre todo si la escalada energética no se detiene.
Y en un mundo altamente endeudado, con mercados sensibles y crecimiento debilitado, el miedo ya no es solamente inflación… sino la posibilidad de una potente crisis financiera.
La encrucijada es ésta: si los bancos centrales suben las tasas para controlar los aumentos de precios, entonces empresas, consumidores y gobiernos comienzan a sufrir por el encarecimiento del dinero.
Y los gobiernos todavía más. Los niveles de deuda pública son ya tan elevados, que incluso medio punto porcentual adicional en tasas representa miles de millones de dólares extra en pago de intereses, presión sobre presupuestos y menor margen para sostener programas sociales, inversión o crecimiento económico.
Pero si las tasas no suben lo suficiente, la inflación corre el riesgo de desbordarse todavía más, especialmente en un escenario de petróleo caro y tensión geopolítica.
Ahí el problema cambiaría de forma, pero sería igual o más peligroso: pérdida acelerada del poder adquisitivo, tasas largas disparadas y mercados exigiendo rendimientos cada vez mayores para seguir financiando a gobiernos altamente endeudados.
Estamos hablando de una posible crisis financiera global de gran escala.
Japón es quizá el ejemplo más delicado. Durante décadas sobrevivió gracias a tasas cercanas a cero, pero ahora sus bonos empiezan a subir con fuerza mientras la inflación reaparece. El problema es que Japón tiene una deuda superior al 250% de su PIB. Un aumento sostenido en el costo financiero podría volver insostenible el pago de intereses incluso para la tercera economía del mundo.
Y Estados Unidos tampoco está fuera de riesgo. Su deuda ya supera los 36 billones de dólares y cada incremento en tasas implica cientos de miles de millones adicionales en intereses. De hecho, el costo financiero de la deuda estadounidense comienza ya a competir con el gasto militar y programas sociales, algo impensable hace pocos años.
Por eso el mercado está tan nervioso. Porque el mundo moderno fue construido sobre deuda barata, liquidez abundante y bancos centrales sosteniendo estabilidad. Pero si el petróleo vuelve a disparar inflación y obliga a mantener tasas altas durante demasiado tiempo, entonces la gran pregunta dejará de ser si viene una crisis… y pasará a ser dónde comenzará primero la fractura financiera.
Hasta aquí, hemos hablado del problema financiero que el cierre de Ormuz y el conflicto del Medio Oriente está ya generando.
Pero hay más. El precio de los fertilizantes, sigue desde inicio de año, también una racha alcista que ya se está cobrando facturas en todo el mundo. De hecho, algunas zonas de cultivo en Estados Unidos, dejaron de sembrar ante la incosteabilidad de la dupla diesel-fertilizante.
Es decir, también está el fantasma del encarecimiento de alimentos alrededor de todo el orbe.
Es pues un escenario, que, aunque pesimista, está basado en la realidad y lo mejor como siempre, es prepararse para lo peor esperando lo mejor. Que Dios nos agarre confesados.