La política española parece condenada a vivir en una campaña electoral permanente, incluso cuando las urnas se alejan en el calendario. La imputación de José Luis Rodríguez Zapatero en el caso Plus Ultra ha irrumpido como un terremoto político justo cuando Pedro Sánchez intentaba recomponer el relato tras el duro golpe sufrido por el PSOE en las elecciones andaluzas. Lo que en Moncloa debía ser el inicio de una etapa de reconstrucción política y recuperación de iniciativa se ha convertido de pronto en un escenario de máxima tensión institucional y emocional.
La decisión judicial tiene un alcance histórico y simbólico enorme. Nunca antes un expresidente del Gobierno español había sido imputado por presuntos delitos de corrupción. El auto del juez José Luis Calama, severo en sus términos, sitúa a Zapatero como supuesto líder de una “estructura estable y jerarquizada de tráfico de influencias” vinculada al rescate público de la aerolínea Plus Ultra tras la pandemia. El magistrado investiga además un presunto circuito de comisiones y sociedades instrumentales que, según las pesquisas, habría canalizado cerca de dos millones de euros hacia el entorno del exdirigente socialista.
El impacto político de una acusación de semejante magnitud es devastador para el PSOE, no solo por la relevancia institucional de Zapatero, sino por su papel central en la arquitectura política del sanchismo. Durante años, el expresidente se convirtió en uno de los grandes avalistas internos de Sánchez, especialmente en los momentos más delicados. Su influencia fue decisiva en la reunificación del espacio progresista tras la crisis interna socialista y también en la movilización electoral de 2023, cuando participó activamente en una campaña que permitió al PSOE resistir frente a una derecha que parecía lanzada hacia la Moncloa.
Por eso la imputación no golpea únicamente a una figura histórica del socialismo español. Golpea directamente al núcleo emocional y estratégico del actual Gobierno. Sánchez había comenzado la semana intentando transmitir sensación de estabilidad: negociaciones avanzadas con ERC para reforzar la mayoría parlamentaria en Cataluña, una agenda internacional orientada a proyectar liderazgo institucional y una apuesta por recuperar la iniciativa política tras el revés andaluz. Incluso el Ejecutivo buscaba convertir en activo político su gestión del brote de hantavirus y sus posiciones en defensa de la cooperación sanitaria internacional.
Todo saltó por los aires en cuestión de horas
La gravedad del auto judicial y el progresivo goteo de detalles sobre registros, sociedades offshore en Dubái, contratos relacionados con el rescate de Plus Ultra y pagos investigados a empresas vinculadas al entorno familiar del expresidente terminaron por instalar una sensación de desconcierto en el Gobierno. En política, pocas cosas son más difíciles de gestionar que una crisis que afecta al círculo de legitimidad moral sobre el que se ha construido buena parte del discurso propio.
El caso tiene además un componente especialmente sensible para el PSOE. Pedro Sánchez llegó al poder mediante una moción de censura sustentada precisamente en la denuncia de la corrupción del PP tras la sentencia de Gürtel. Desde entonces, el discurso socialista ha insistido en una idea central: la superioridad ética frente a una derecha marcada por numerosos escándalos judiciales. La imputación de Zapatero erosiona inevitablemente ese marco narrativo y ofrece a la oposición un terreno de ataque extremadamente fértil.
El PP ha reaccionado con dureza inmediata, hablando de “capos que empiezan a caer” y exigiendo explicaciones urgentes al presidente del Gobierno. La estrategia de los populares es evidente: convertir el caso Zapatero en un símbolo de desgaste estructural del sanchismo y presentar al PSOE como un proyecto políticamente agotado. Vox, por su parte, encuentra en este escenario una oportunidad ideal para reforzar su discurso antisistema y de deslegitimación institucional.
Temor interno en sectores socialistas
Pero el problema para Sánchez no está solo fuera. También existe un evidente temor interno en sectores socialistas que observan cómo la política española vuelve a quedar atrapada en una espiral judicial y mediática extremadamente difícil de controlar. Aunque el PSOE insiste en la presunción de inocencia y denuncia una persecución política alentada desde la derecha mediática y judicial, el daño reputacional ya es enorme. En democracia, las imputaciones de este calibre tienen consecuencias políticas mucho antes de que exista una sentencia.
Aun así, Sánchez parece decidido a resistir y a mantener públicamente su respaldo a Zapatero. Esa decisión contiene riesgos evidentes, pero también refleja hasta qué punto el expresidente continúa siendo una figura esencial dentro del ecosistema político socialista. Renegar ahora de él supondría reconocer implícitamente una fractura interna y aceptar que el caso amenaza la estabilidad moral del proyecto político del Gobierno.
España entra así en otra fase de alta tensión política. La legislatura, que teóricamente debía abrir un largo periodo sin elecciones, vuelve a instalarse en el territorio de la incertidumbre permanente. Y mientras el país encara desafíos económicos, sociales y geopolíticos de enorme complejidad, el debate público corre el riesgo de quedar absorbido una vez más por una guerra total entre bloques donde la justicia, la corrupción y la supervivencia política se entremezclan de forma explosiva. Porque más allá de la resolución judicial final, el caso Zapatero ya ha producido un efecto inmediato: dinamitar el intento de Sánchez de pasar página tras Andalucía y devolver a la política española a su estado natural de los últimos años, un escenario de vértigo constante donde cada crisis parece capaz de alterar por completo el tablero. @mundiario