A partir de marzo pasado, la inflación mundial se ha incrementado. Por ejemplo, de febrero a abril, la inflación anual, medida con el Índice de Precios al Consumidor, aumentó en Estados Unidos un punto porcentual, hasta alcanzar 3.8 por ciento, y en la zona del euro, 1.1 puntos porcentuales, para situarse en 3.0 por ciento.
La causa fundamental de este brote inflacionario ha sido el conflicto entre Estados Unidos e Irán, iniciado a finales de febrero. El cierre del estrecho de Ormuz por parte de Irán y las represalias estadounidenses desencadenaron un abrupto repunte de los precios del petróleo, los cuales se han mantenido elevados, en torno a cien dólares por barril. Así, los países con mayores aumentos inflacionarios han sido aquellos con mayor dependencia de las importaciones de energéticos, como Italia, donde la inflación prácticamente se duplicó en el lapso referido.
Por su parte, el aumento de la inflación ha sido proporcionalmente menos notable en las economías emergentes porque, a diferencia de las desarrolladas, en general ya venían de inflaciones más altas y algunas han subsidiado los precios de los energéticos, como México.
El alza de los precios del petróleo opera como un impuesto que incrementa el costo de producción de los bienes y servicios destinados al consumidor. A diferencia de los aranceles estadounidenses de 2025, cuyo impacto inflacionario fue gradual y moderado, el efecto del encarecimiento del petróleo ha sido brusco y sustancial. Ello se debe a que la energía incide en prácticamente todos los sectores de la economía, desde el transporte y la electricidad hasta la producción de alimentos, otras manufacturas, el comercio y los servicios.
Como suele ocurrir con fenómenos semejantes, el principal problema derivado del aumento de los precios del petróleo radica en la incertidumbre sobre su duración e intensidad, por lo que tampoco es posible conocer de antemano su impacto completo sobre el nivel general de precios.
La repentina e inesperada aceleración inflacionaria ha elevado las expectativas de inflación, tanto de analistas como de participantes en los mercados financieros. A manera de ilustración, según la encuesta más reciente de pronosticadores profesionales realizada por el Banco de la Reserva Federal de Filadelfia, la mediana de los pronósticos de inflación en Estados Unidos aumentó 0.9 y 0.2 puntos porcentuales para 2026 y para el periodo 2026-2030, respectivamente, en comparación con la estimación del trimestre previo.
Asimismo, los bonos gubernamentales de las economías desarrolladas han experimentado ventas masivas, lo que ha impulsado al alza sus rendimientos, en algunos casos a niveles no observados desde hace mucho tiempo. Por ejemplo, el 15 de mayo pasado, el rendimiento del bono del Tesoro estadounidense a 30 años alcanzó 5.15 por ciento, cerca de los máximos registrados en 2007. Estas presiones parecen reflejar, principalmente, dudas sobre el control futuro de la inflación y la exigencia de una mayor compensación por este riesgo.
No obstante, la reciente turbulencia en el mercado de bonos dista mucho de ser la más severa de los últimos años. En particular, hasta ahora, la venta masiva de bonos ha sido mucho menor que la observada durante 2022, cuando la inflación en muchas economías avanzadas alcanzó los niveles más altos en cuatro décadas y los bancos centrales tuvieron que abandonar su diagnóstico de que la inflación era un fenómeno transitorio y aplicar fuertes apretamientos monetarios desde niveles de tasas cercanos a cero.
El principal dilema que actualmente enfrentan los bancos centrales consiste en decidir si deben ignorar (“ver a través de”) la crisis petrolera como un fenómeno temporal, o reaccionar con decisión para evitar que se consolide otro ciclo inflacionario. El argumento a favor de ignorarla es conocido: un choque de oferta debe traducirse únicamente en un aumento “de una sola vez” en el nivel general de precios, sin desatar, por sí mismo, un proceso inflacionario persistente. En ese contexto, un apretamiento monetario solo debilitaría la actividad económica sin eliminar el aumento de los precios.
Sin embargo, la experiencia del ciclo anterior confirma que ese impacto “de una sola vez” puede prolongarse considerablemente y que la falta de reacción monetaria puede poner en peligro el anclaje de las expectativas de inflación de largo plazo.
Esta lección parece estar contribuyendo ahora a la cautela. Algunos bancos centrales han cambiado el sesgo de recortes por uno de “esperar”, como la Reserva Federal de Estados Unidos; otros ya iniciaron el apretamiento, como el Banco de la Reserva de Australia; y otros más han señalado posibles alzas, como el Banco Central Europeo. Ninguno parece haber abrazado oficialmente la tesis de que el naciente brote inflacionario es pasajero.