Durante décadas, el régimen cubano sostuvo que la principal causa de sus dificultades económicas era el embargo estadounidense. Y sería absurdo negar que las sanciones de Washington han condicionado profundamente el desarrollo de la isla, limitado inversiones y agravado muchas carencias. Pero la Cuba de hoy parece enfrentarse a una pregunta mucho más incómoda: cuánto de su deterioro responde ya no a la presión exterior, sino a las contradicciones internas de un sistema donde el poder político y económico terminó concentrado en una estructura militar opaca y prácticamente inaccesible para la ciudadanía.
Ese debate ha irrumpido con fuerza internacional tras el durísimo discurso pronunciado por el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, dirigido directamente al pueblo cubano. Rubio utilizó un tono inusualmente frontal para señalar al conglomerado militar GAESA –Grupo de Administración Empresarial SA– como el verdadero centro de poder económico de la isla y como responsable directo de la precariedad cotidiana que sufren millones de cubanos.
“El problema de Cuba no es la falta de recursos, sino quién controla esos recursos”, vino a sostener el dirigente republicano, hijo de inmigrantes cubanos y una de las voces más duras contra La Habana dentro de la política estadounidense. Según Rubio, GAESA controla el 70% de la economía cubana y maneja activos valorados en unos 18.000 millones de dólares mientras la población soporta apagones de hasta 22 horas diarias, escasez de alimentos y colapso de infraestructuras básicas.
Marco Rubio acusa a GAESA de controlar el 70% de la economía cubana mientras la población sufre apagones y escasez
La acusación golpea uno de los nervios más sensibles del sistema cubano: la fusión entre Ejército, economía y poder político. Diversas investigaciones internacionales llevan años describiendo a GAESA como el verdadero músculo financiero del régimen, con presencia dominante en turismo, puertos, comercio, banca, tiendas en divisas y remesas. La paradoja es evidente: un Estado que se definió durante décadas como socialista terminó desarrollando uno de los sistemas económicos más concentrados y menos transparentes de América Latina.
Rubio explotó precisamente esa contradicción. Su discurso contrapone dos Cubas: la del pueblo obligado a sobrevivir y la de una élite político-militar que, según afirmó, utiliza los ingresos nacionales para construir hoteles, proteger privilegios y mantener una estructura cerrada de poder. El mensaje no solo buscaba denunciar la situación interna cubana; también pretendía redefinir el marco político del conflicto histórico entre Washington y La Habana.
Porque el secretario de Estado no presentó únicamente una crítica, sino una oferta política. Aseguró que la Administración Trump está dispuesta a abrir “un nuevo capítulo” con Cuba, pero no con el régimen ni con GAESA, sino directamente con los ciudadanos cubanos. La propuesta incluye ayuda humanitaria gestionada fuera de las estructuras estatales y una visión de futuro basada en propiedad privada, pluralismo político y libertad empresarial.
Vistas de La Habana. / Afro Angel en Pixabay
Una doble realidad
El problema es que el discurso de Rubio mezcla elementos ciertos con una evidente estrategia ideológica. Tiene razón cuando señala que la opacidad de GAESA plantea enormes interrogantes sobre el destino de los recursos nacionales y sobre las prioridades del régimen. También cuando subraya que la economía cubana lleva años funcionando con una lógica de control político más que de eficiencia productiva. Pero omite deliberadamente el impacto acumulado de décadas de sanciones estadounidenses, que siguen dificultando operaciones financieras, acceso a créditos internacionales y comercio exterior.
Esa doble realidad explica buena parte del drama cubano contemporáneo. La Habana utiliza el embargo como escudo político permanente frente a cualquier crítica interna. Washington utiliza la falta de libertades cubanas para justificar políticas que, en muchas ocasiones, terminan agravando las dificultades de la población civil. Entre ambos relatos queda atrapada una sociedad exhausta.
Lo más revelador del discurso de Rubio es quizá el cambio de enfoque. Durante años, gran parte de la oposición internacional al castrismo se centró en denunciar la ausencia de democracia y derechos políticos. Ahora el foco se desplaza hacia el control económico. Ya no se trata solo de libertades civiles, sino de quién administra el dinero, quién accede a las divisas y quién se beneficia realmente de las estructuras empresariales del país.
Y ahí aparece la gran contradicción del castrismo tardío: mientras el discurso oficial sigue apelando al sacrificio colectivo y a la resistencia revolucionaria, cada vez más cubanos perciben la existencia de una economía dual donde las élites vinculadas al aparato militar viven desconectadas de las penurias cotidianas. El propio Rubio explotó esa percepción al afirmar que muchos familiares de dirigentes viven cómodamente en Madrid o incluso en Estados Unidos mientras la población permanece atrapada en la escasez.
Sin embargo, tampoco conviene idealizar la solución estadounidense. La historia de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos está demasiado cargada de intervenciones, desconfianzas y errores como para pensar que un cambio de discurso resolverá automáticamente los problemas estructurales de la isla. La transición hacia una economía más abierta y plural requeriría garantías sociales, instituciones sólidas y un proceso gradual que evitara convertir Cuba en un laboratorio de desigualdades extremas.
Miguel Díaz-Canel. / Mundiario
Crisis de legitimidad profunda
Lo que parece indiscutible es que el modelo cubano atraviesa una crisis de legitimidad profunda. La revolución que prometía igualdad y soberanía enfrenta hoy el desgaste de décadas de control centralizado, dependencia exterior y falta de transparencia. Y GAESA se ha convertido en el símbolo perfecto de esa transformación: un “Estado dentro del Estado”, como lo definió Rubio, donde el poder militar ya no solo protege al sistema, sino que administra directamente buena parte de la riqueza nacional.
La gran incógnita es cuánto tiempo más podrá sostenerse ese equilibrio. Porque en el país que preside Miguel Díaz-Canel los apagones, la emigración masiva y el deterioro social están erosionando no solo la economía cubana, sino también el relato político que mantuvo unido al régimen durante más de seis décadas. @mundiario