Ciudad de México.- Treinta años después del TLCAN y a cinco años del T-MEC, México puede presumir algo innegable: convertirse en una de las plataformas manufactureras más importantes del planeta, pero también tendría que admitir algo mucho más incómodo: el país exporta como potencia industrial…mientras sigue funcionando como economía dependiente.
Los números impresionan, México rompió en 2024 un récord histórico con más de 617 mil millones de dólares en exportaciones, la manufactura domina prácticamente toda la balanza comercial y el país se volvió indispensable para Estados Unidos. Autos, autopartes, electrónicos, equipo médico y maquinaria cruzan diariamente la frontera; el problema es que detrás de ese éxito exportador existe una realidad menos glamorosa: gran parte de la riqueza generada no se queda en México, porque el modelo funcionó exactamente para lo que fue diseñado.
Estados Unidos necesitaba una plataforma cercana, barata y eficiente para reducir costos sin sacrificar acceso logístico, y México aceptó el papel. Mano de obra competitiva, frontera estratégica, tratados comerciales y estabilidad manufacturera. El resultado fue brutalmente eficiente: México produce, Estados Unidos consume; las corporaciones globales capturan la mayor parte de la utilidad, y ahí empieza el verdadero debate que durante años pocos quisieron tocar.
México confundió industrialización con desarrollo, sí llegaron fábricas, sí llegaron inversiones, sí crecieron las exportaciones, pero el país nunca construyó suficientemente su propia fortaleza industrial. La mayor parte de las patentes, la tecnología, el diseño, la ingeniería avanzada y el control financiero siguen fuera del territorio nacional, México se volvió experto en ensamblar productos que no le pertenecen.
Mientras Corea del Sur utilizó el comercio internacional para crear Samsung, Hyundai o LG, México perfeccionó un modelo donde miles de empresas dependen de decisiones tomadas en Detroit, Texas, Tokio o Wall Street. Por eso cada desaceleración estadounidense golpea inmediatamente a la frontera mexicana, porque detrás del discurso del éxito exportador existe una dependencia estructural que sigue intacta, y ahora el nearshoring amenaza con repetir exactamente la misma historia, solo que en mayor escala.
La tensión entre Estados Unidos y China volvió a poner a México en el centro del tablero mundial, el país tiene ubicación, experiencia industrial y acceso preferencial al mercado más poderoso del planeta, pero también carga el riesgo de seguir siendo únicamente el brazo manufacturero barato de Norteamérica; porque producir más no automáticamente vuelve más fuerte a un país……y eso México ya debería haberlo aprendido después de tres décadas.
El verdadero problema no es atraer inversión extranjera, el problema es que gran parte de esa inversión sigue operando como una economía paralela: produce en México, utiliza infraestructura mexicana, consume energía mexicana, emplea trabajadores mexicanos… pero el valor estratégico y financiero termina fuera del país, ese es el punto incómodo del T-MEC.
México se volvió indispensable para la economía de Estados Unidos sin dejar de ser dependiente de ella, y mientras el país siga celebrando únicamente récords de exportación sin construir tecnología propia, proveedores nacionales fuertes, innovación y empresas mexicanas capaces de competir globalmente, el modelo seguirá incompleto.
Porque una cosa es fabricar para el primer mundo, y otra muy distinta es convertirse en uno.