España vuelve a enfrentarse a una realidad que lleva años creciendo bajo la superficie. Más de 549.000 inmigrantes han solicitado acogerse al proceso extraordinario de regularización aprobado por el Gobierno y la cifra ya supera las previsiones iniciales del Ejecutivo. Mientras el Tribunal Supremo estudia si debe suspender cautelarmente el decreto tras los recursos impulsados por la Comunidad de Madrid, Vox y varias asociaciones ultraconservadoras, el debate ha dejado de ser únicamente jurídico. Ahora también retrata el modelo de sociedad que se quiere construir.
La regularización no implica una llegada masiva de personas desde el extranjero, como algunos discursos intentan hacer creer. Se trata de personas que ya viven en España desde hace meses o años y que forman parte del paisaje cotidiano aunque muchas veces permanezcan invisibles. Trabajan en sectores precarios, cuidan mayores, limpian hoteles, recogen fruta o levantan edificios, pero lo hacen atrapadas en un limbo administrativo que las deja expuestas a la explotación y sin acceso pleno a derechos básicos.
Una economía que depende de trabajadores invisibles
El dato más revelador quizá no sea el volumen de solicitudes, sino lo que representa. Que más de medio millón de personas quieran regularizar su situación refleja hasta qué punto existe una bolsa estructural de población que vive y trabaja fuera del sistema. España lleva años beneficiándose de esa mano de obra mientras mantiene cerradas muchas puertas legales de acceso y permanencia.
La economía necesita trabajadores y la demografía también. El envejecimiento de la población y la falta de relevo en numerosos sectores explican por qué distintos organismos económicos llevan tiempo defendiendo políticas migratorias más ordenadas y realistas. Regularizar significa permitir que estas personas coticen, paguen impuestos y entren plenamente en el circuito legal. También implica combatir la economía sumergida que se alimenta precisamente de la irregularidad.
Aun así, parte de la oposición ha centrado sus críticas en el supuesto colapso de los servicios públicos. El argumento resulta discutible porque muchas de estas personas ya utilizan esos servicios al residir en España. La diferencia es que ahora podrían hacerlo con garantías y obligaciones claras. Es como intentar sostener una casa ocultando una habitación entera bajo una manta. La estancia sigue ahí, aunque algunos prefieran fingir que no existe.
El uso político del miedo migratorio
Las vistas celebradas en el Supremo han dejado otra imagen preocupante. El fenómeno migratorio continúa utilizándose como herramienta de confrontación política en lugar de abordarse como una cuestión estructural. Hablar de “efecto llamada” o de amenazas para el censo electoral simplifica una realidad mucho más compleja y alimenta un clima de sospecha permanente hacia quienes llegan desde fuera.
Además, el debate suele olvidar un aspecto esencial. Entre los potenciales beneficiarios hay miles de menores. Según las estimaciones conocidas durante el procedimiento judicial, cerca de 147.000 niños y adolescentes podrían salir de la irregularidad administrativa. Mantener a familias enteras atrapadas en esa situación no reduce los problemas sociales, los agrava. La exclusión rara vez desaparece sola. Normalmente acaba enquistándose.
La integración como prueba de madurez democrática
La regularización no resolverá por sí sola todos los desafíos migratorios de España. Harán falta reformas administrativas, mayor coordinación territorial y recursos suficientes para sanidad, educación y vivienda. Pero seguir aplazando el problema tampoco ofrece soluciones reales. Solo prolonga la vulnerabilidad y deja espacio para discursos que convierten la incertidumbre en combustible político.
La inmigración seguirá formando parte de la España del presente y del futuro. La cuestión es si el país quiere gestionar esa realidad desde la integración y los derechos o desde el miedo y la exclusión. Porque ningún Estado se fortalece levantando muros administrativos contra personas que ya sostienen, en silencio, una parte importante de su economía y de su vida cotidiana. @mundiario