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El Diario 23 May, 2026 20:27

El Chelista de Sarajevo

“Martes de Glamour en Guadalajara”, así anuncia la Comisión Mundial de Lucha Libre (CMLL) un evento más en la perla tapatía. Según Google, la Arena Coliseo abre las taquillas a las diez de la mañana y, según Reddit, con frecuencia los boletos se agotan antes de la función. Abro el mapa en mi celular para ubicarme y estamos a 50 metros. Caminamos. Al dar la vuelta en la esquina alcanzamos a ver el galerón; ahí está, entre las estrechas callejuelas del centro de la ciudad. Cruzando la calle hay una tienda de máscaras, capas y accesorios de la lucha libre. Pregunté por la máscara de La Parka señalándola con el índice, mientras un hombre en silla de ruedas se acerca y me contesta que vale cuatro mil pesos, pero hay más baratas, las de mil ochocientos, semiprofesionales y…las de mil pesos, que son las más baratas. Hice mutis. Casi como el mariachi y el tequila, la lucha libre es una seña de la identidad mexicana. En los pósteres que anuncian la lucha libre dice que los boletos de la primera fila cuestan quinientos cincuenta pesos. Es hora de sacar la otrora poderosa tarjeta de crédito. Voy decidido a la taquilla, pienso que estas oportunidades no pueden, ni deben dejarse ir. A pesar de mi decisión inquebrantable, la cajera me aterriza en la realidad y espeta con desenfado que solo quedan boletos de la zona del ring o en la zona general. Mi instinto me dice que vaya a las gradas en el segundo puso, porque si no hay en primera fila es mejor ir a gallopa. Esos son los dos extremos y cada uno tiene su encanto; pero no es una decisión fácil, tiene sus bemoles. Finalmente, tras una ecuación de un par de segundos, el corazón me susurra que es mejor ir a la zona del ring. La cajera dice que ya son los últimos boletos en voz alta, casi estoy seguro que no me estaba hablando a mí, pero yo contesto con un “mjm” por falsa educación. Apenas alcanzamos lugar. El destino a veces se presenta de formas insospechadas. Son las diez con cuarenta de la mañana y ya estoy contando los minutos para que den las ocho treinta de la noche y darle jarana a la vida. Para que el tiempo pase más rápido, organicé un pequeño tour por Guadalajara, por la mañana fui a visitar el mercado y las plazas, por la tarde, como la hoja de un árbol, el aire me fue llevando, primero a los murales de José Clemente Orozco en el Museo Cabañas y después a un café en el restaurante “Los Ilustres”, luego a la Biblioteca Octavio Paz y, finalmente, al Ex Convento del Carmen, donde Isaac Ramírez daría un concierto de Violonchelo en punto de las siete de la tarde que sería como me gusta: gratis. Ya casi terminaba el recital “Songs & Poems” cuando llegó la hora de irnos a la lucha libre, nos salimos en la última pieza que se titula “El Chelista de Sarajevo”, alcancé a escuchar la historia, resulta que un músico bosnio de nombre Vedran Smailovic, en un bombardeo en 1992, vio como murieron veintidós personas que hacían fila para comprar pan y en ese mismo lugar, durante veintidós días seguidos este chelista tocó El Adagio de Albinoni en el cráter de la explosión en honor a los muertos, lamento que me perdí esa parte del concierto, pero luego en el aeropuerto lo encontré completo en la página cellosolo.mx y terminé el recital mientras me comía el sándwich de huevo con tocino más caro del mundo y un café negro -igual de caro-. A las ocho en punto de la noche pedí un Didi y salimos corriendo porque el mapa me avisó en tiempo real que el auto estaba en la puerta. Tras diez o quince minutos de traslado, prácticamente estábamos a unos metros del destino. Esta vez llegamos por un costado a la Arena. El tráfico estaba a vuelta de rueda. Tratando de ocultar mi impaciencia le pedí al chofer que nos dejara bajar una cuadra antes para seguir la ruta a pie. Unos pasos más adelante empieza a sentirse la magia de la lucha libre, donde los olores se van mezclando, el smog de las vagonetas que traen turistas extranjeros se entrelaza con el santo olor de la carne de puerco al pastor que se guisa de un puesto de tacos, navegando muy juntito a ese aroma que suelta la piel en una pared tupida de máscaras que cuelgan con broches de la ropa y que se convierten en un vitral que brilla con la luz de un foco de led chino colgado de un extensión como si fuera un acto de magia y que supera el altar del Templo Expiatorio del Santísimo Sacramento, esas miasmas comienzan a entretejerse con las personas como hilos de este zarape social, el perfume del Layton Exclusif que apesta en los juniors de la clase alta contrasta con el tufo a vinagre de los cueritos con salsa valentina, el manjar que disfruta el lumpenproletariado. Todos van a divertirse con un espectáculo popular atraídos por el folklore populachero, donde algunos son observadores y otros protagonistas. Si usted quiere comprender la lucha libre, por favor escuche el Episodio 103 de Duques y Campesinos en Spotify, ahí definen la esencia del discurso cuando dicen que ¡es show! No se puede medir una llamarada en el discurso con la banalidad de la verdad o la mentira, recuerde, ¡esto es show!, una realidad mágica que es punto y aparte, una paranoia colectiva que comienza cuando se aprieta un botón. Quizá el momento clave es cuando se compra el boleto, porque ahí se sella un pacto, un contrato de naturaleza civil entre el público y el espectáculo como ente espiritual. En la única cláusula, la lucha libre ofrece como contraprestación un viaje a ninguna parte, como la canción de Bunbury. Y la gente está dispuesta a entrar a esa dimensión absurda y desconocida, todos quieren perderse por un momento en un mundo aparte, un mundo raro, diría José Alfredo Jiménez, en un cuento ajeno a la selva laboral y lejano de las responsabilidades en la correcta vida social. Los que acuden a la lucha libre, quieren vivir y sentir una epopeya aunque sea solo una noche. Eso ofrece este trato, una inmersión, el viaje a una fantasía completamente ayuna de toda lógica, lejana de la razón simplona, de la verdad ramplona, esa verdad que se puede verificar con un silogismo sin alma. La lucha libre está totalmente fuera de ese mundo de las aburridas certezas y la hipocresía de la ciencia. Al entrar a este mundo se entrega el boleto al cancerbero y lo rompen a la mitad, un acto que, más allá de anular el posible fraude de la duplicidad, simboliza el rompimiento con la realidad, el boletero destruye todos los convencionalismos sociales, ahí se acaba el pacto de los buenos modales, los parroquianos se quitan el abrigo del respeto y lo deja en el guardarropa, en las bolsas hay que dejar la vergüenza, entrar a este recinto exige despojarse de la absurda moral y de la horma de la diplomacia, ahí se tira en el bote de basura lo políticamente correcto, en esa garita se conserva petrificado el puritanismo junto a los diez mandamientos. Al caminar por un túnel oscuro se acepta transitar por dos mundos. Apenas se alcanzan a ver algunas luces en la oscuridad, cientos de gritos eufóricos son la primera señal de que ya estamos en el otro estadio, ocho mil personas están reunidas para darle rienda suelta a todos sus demonios, pero este mundo también está fragmentado y, contrario a lo convencional, “los de arriba” son los de abajo y “los de abajo” son los de arriba. Me detendré a explicarlo. Como la cumbia de los luchadores “la arena estaba de bote en bote”, esto quiere decir que si fuera una plaza de toros diríamos que está llena “hasta el reloj”, este moderno coliseo romano se divide entre los que pagaron el boleto más barato, y están en el balcón y las gradas, en la parte superior, que son “los de arriba”, pero que representan a los pobres y, por otro lado, su némesis, “los de abajo” que son los que pagaron un boleto más caro y que representan a los ricos. Durante cuatro horas, hay un pleito intermitente en el que “los de arriba” no se cansan de ofender a “los de abajo” y viceversa, los lances y las llaves de los luchadores en el ring atraen la atención algunos minutos, luego vuelve a la carga el duelo a gritos entre los dos polos, toda una zona en el segundo piso porta camisetas como uniforme que dicen “Putos los de abajo”, la porra que repiten cien veces y la contraparte responde “pobres, pobres, chinguen a su madre” o “se les va el camión”, las coplas de porras que se lanzan como dardos provocan una y otra vez las risas que se desbordan como la erupción de un volcán y que siguen chorreando después de la explosión. Esto es vida. Entre la parafernalia y la esquizofrenia, la lucha libre se presenta como una liturgia delirante, en el que todos parecen odiarse, pero es solamente el ritual de un teatro en el que el público también participa, ¡esto es show! y, al final, cuando las luces se apagan, todo regresa a la sobriedad de la realidad, a la lúgubre y odiosa existencia de un mundo convulsionado por las luchas del poder. Esto sucederá, hasta el próximo martes que se abran las puertas de la Arena Coliseo de Guadalajara.

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