
Hace unos días, en el norte de la ciudad, acudí a un café que tiene muy buenas publicaciones en redes sociales. Cuál fue mi sorpresa, que al pedir dos limonadas nos trajeron minivasos de plástico transparente con mucho hielo y una mezcla artificial. La ración de líquido era mínima, con un costo de 55 pesos por cada “limonada”. Por cierto, el precio del kilo de limón es de 50 pesos –sacando una media en Saltillo–. Así, sin meseros que atiendan, pues se paga y se acude a la caja registradora por los productos, quien me invitó entregó 110 pesos por dos “limonadas”.
Que una limonada sea hecha de limones parece ser un pleonasmo, pero ya vimos en este caso que no lo es. Incluso lo refiere la etimología del vocablo limonada, el cual proviene del árabe hispánico lamún y este, a su vez, del persa lïmün, palabra que se usaba para designar a este cítrico. El sufijo -ada procede del latín e indica “hecho de” o “que procede” del limón.