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El Economista 25 May, 2026 23:50

Cuando la volatilidad es buena para la política

MARBURGO—La guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán ha puesto de manifiesto cómo la inestabilidad puede convertirse en un poderoso instrumento político. Los líderes pueden aprovechar las crisis para mantener la lealtad de sus seguidores, incluso a costa de imponerles sacrificios, y obtener concesiones de sus adversarios nacionales y extranjeros mediante la coacción y la imprevisibilidad artificial. En un artículo de próxima publicación, el economista canadiense Ronald Wintrobe denomina a esta dinámica ”thugocracia”: una forma de gobierno basada en la coacción, la intimidación y la imprevisibilidad.

En los últimos tres meses, el conflicto ha oscilado repetidamente —a veces en cuestión de horas— entre la escalada y la desescalada, con amenazas, ataques, sanciones, víctimas y anuncios de alto el fuego que se han sucedido a una velocidad vertiginosa. En abril, por ejemplo, apenas unas horas después de advertir que “toda una civilización morirá esta noche”, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, cambió bruscamente de rumbo y anunció un alto el fuego, alegando que los objetivos militares de Estados Unidos ya se habían alcanzado.

Los marcos convencionales de la diplomacia y la disuasión se adaptan mal a un conflicto de este tipo. En este contexto, el concepto de “thugocracia” de Wintrobe resulta especialmente valioso, ya que pone de relieve cómo la coacción, la inestabilidad y la lealtad política pueden interactuar de formas que redistribuyen los costes y beneficios del conflicto de manera desigual en toda la sociedad. Los iniciados en la política y la economía disponen de los recursos financieros y la información privilegiada para beneficiarse de la inestabilidad, mientras que todos los demás asumen los costes. Convencidos de que los sacrificios impuestos por la guerra, las sanciones y la coacción económica sirven a un propósito mayor, los partidarios del líder están dispuestos a soportar grandes penurias.

La administración Trump ilustra cómo la guerra y el lucro están cada vez más entrelazados. En marzo, por ejemplo, el Financial Times informó de que un corredor de bolsa asociado con el secretario de “Guerra” (Defensa) Pete Hegseth intentó adquirir un fondo de inversión centrado en la defensa justo antes del inicio de la guerra con Irán. Aunque esa acusación sigue siendo objeto de controversia, la dinámica general es clara: quienes están más cerca del poder se encuentran en una posición única para anticipar las crisis, protegerse contra ellas y beneficiarse de la inestabilidad que sigue. Los mercados de predicción como Polymarket han llevado esa lógica aún más lejos, convirtiendo la propia escalada geopolítica en un activo especulativo.

El patrón se extiende más allá de los mercados financieros. Trump ha amenazado repetidamente con “apropiarse” del petróleo de Irán y atacar infraestructuras clave de exportación de petróleo, incluidas las instalaciones de la isla de Kharg, lo que subraya hasta qué punto los intereses materiales están arraigados en su cálculo estratégico.

La política comercial se ha convertido igualmente en un instrumento de coacción, con Trump amenazando con imponer aranceles generalizados a los países que sigan comerciando con Irán. Junto con las sanciones y la presión militar, las restricciones comerciales se han convertido en parte de una estrategia de negociación unificada destinada no solo a debilitar a Irán, sino también a maximizar la influencia de EU sobre terceros países.

Si se analizan en el contexto de la economía iraní antes de que comenzara la guerra, los efectos de estas medidas se hacen mucho más evidentes. Tras décadas de sanciones occidentales, muchos hogares ya se enfrentaban a una caída del nivel de vida, mientras que las industrias nacionales luchaban por mantenerse a flote.

En un estudio reciente, Nader Habibi, de la Universidad de Brandeis, y yo demostramos que las sanciones internacionales se asociaron a una contracción significativa de la clase media iraní entre 2012 y 2019. No se trató simplemente de una crisis temporal, sino del resultado de descensos sostenidos de los ingresos reales, una inflación persistente y graves perturbaciones en el mercado laboral. A medida que se erosionaba el poder adquisitivo, muchos hogares experimentaron una movilidad descendente.

Las consecuencias no se limitaron a la pérdida de ingresos. Diversos estudios han demostrado que las sanciones han encarecido considerablemente los medicamentos esenciales y han dificultado su obtención. Para muchos pacientes, esto supuso la interrupción o el retraso del tratamiento y un aumento de los riesgos para la salud. Estas presiones económicas y sociales contribuyeron a avivar las protestas masivas que se extendieron por Irán a principios de 2026.

La guerra está, por lo tanto, devastando una economía ya debilitada por años de crisis acumuladas. Y dado que los hogares iraníes de a pie soportan la mayor parte de estos costes, los actores externos permanecen al margen de muchos de los costes políticos inmediatos de la escalada.

Esto ayuda a explicar por qué las políticas coercitivas pueden seguir contando con el apoyo del núcleo del electorado de un líder a pesar de imponer importantes costes económicos. Basándose en el concepto de “bienes de Giffen”, Wintrobe sostiene que algunas políticas pueden seguir contando con apoyo incluso cuando dejan a sus partidarios en una situación materialmente peor. Eso no significa que la guerra de Irán sea popular entre los votantes estadounidenses, ni que el Gobierno de Irán goce de un apoyo mayoritario. Más bien, el mecanismo opera dentro de determinados grupos de votantes. En Estados Unidos, puede funcionar a través de la lealtad partidista, los discursos de fuerza y los flujos de información selectivos. En Irán, los ataques externos y las sanciones pueden reforzar la solidaridad nacionalista, incluso entre los ciudadanos que siguen siendo críticos con el régimen.

La información es fundamental en este proceso, especialmente entre los principales partidarios de Trump. La cuestión no es la censura formal, sino un entorno mediático fragmentado y polarizado en el que los costes de la guerra con Irán pueden replantearse como el precio de la fuerza, la disuasión y la renovación nacional. En un contexto así, las dificultades económicas pueden atribuirse más fácilmente a Irán, a rivales extranjeros o a opositores internos, en lugar de a las propias decisiones de la Administración. Al mismo tiempo, el rápido cambio de Trump, que pasó de amenazar a Irán con una destrucción catastrófica a anunciar un alto el fuego, puede interpretarse como un éxito táctico, lo que refuerza la percepción de que el presidente actúa con decisión y de forma estratégica.

La identidad también desempeña un papel importante. Cuando las políticas se presentan como vitales para la seguridad nacional, pueden crear un fuerte sentido de propósito colectivo, incluso cuando imponen graves costes económicos. Esto se debe a que las actitudes públicas están determinadas tanto por el estatus, la identidad y el miedo a las amenazas externas como por los intereses materiales.

En tiempos de guerra, la conexión entre las decisiones políticas y las dificultades económicas se vuelve difusa, lo que hace que las explicaciones alternativas sean más fáciles de aceptar. El resultado es un equilibrio político que perpetúa políticas costosas y desestabilizadoras. La persistencia de un apoyo público suficiente a tales medidas refleja la interacción entre los incentivos económicos, la débil rendición de cuentas política, la información restringida y la política identitaria, más que una simple irracionalidad de los votantes.

Además, cuando la guerra genera beneficios económicos para determinados grupos, puede crear poderosos incentivos para prolongarla. Aunque no todos los beneficiarios buscan la escalada, algunos actores se encuentran en una posición estructural que les permite beneficiarse de ella.

Las repercusiones no se detienen en las fronteras nacionales. El aumento de los precios, las interrupciones en la cadena de suministro y la mayor incertidumbre se propagan por la economía mundial, afectando a hogares y empresas mucho más allá de la zona de conflicto inmediata y reconfigurando los incentivos políticos en todo el mundo.

El frágil alto el fuego con Irán puede detener la violencia por ahora, pero no altera los incentivos subyacentes que impulsan el conflicto. Mientras la volatilidad enriquezca a los poderosos y la gente común pague el precio, la escalada seguirá siendo políticamente útil. El verdadero desafío, por lo tanto, es romper el vínculo entre la inestabilidad geopolítica y el beneficio privado.

El autor

Mohammad Reza Farzanegan, profesor de Economía de Oriente Medio en el Centro de Estudios sobre Oriente Próximo y Oriente Medio y en la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad de Marburgo, es investigador visitante en el Instituto de Estudios Avanzados de Hamburgo e investigador en CESifo y en el Foro de Investigación Económica.

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