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Mundiario 26 May, 2026 03:42

El crimen ya no espera en la sombra

La amenaza que se vuelve costumbre

Hay momentos en la vida de un país en los que el peligro no irrumpe con estrépito, sino con la cortesía sombría de lo que empieza a parecer normal. Se instala a plena luz del día, en los puertos pequeños y grandes del sur de España, donde las narcolanchas descansan como si pertenecieran al paisaje. Ahí están, impúdicas, veloces, insolentes, convertidas en una afrenta visible al Estado y en una humillación muda para quienes, desde la Policía y la Guardia Civil, arriesgan la vida en un combate que no admite tregua.

Escribo estas líneas con una mezcla de preocupación y memoria. No hablo solo como observador de la vida pública ni como ciudadano inquieto ante el deterioro de la seguridad, sino también como alguien que ha visto de cerca lo que ocurre cuando un país empieza a acostumbrarse a la amenaza. He vivido años en los que defender el Estado de derecho no era una consigna retórica, sino una tarea diaria, áspera y peligrosa. Quizá por eso me alarma especialmente esta sensación de dejadez moral que vuelve a abrirse paso ante nuestros ojos.

No es solo droga. Nunca es solo droga cuando un territorio empieza a acostumbrarse a la impunidad. Lo que se amarra en esos muelles no son únicamente embarcaciones rápidas, sino piezas de una maquinaria criminal que observa, mide y desafía la resistencia de las instituciones. Cada narcolancha a la vista, cada alijo protegido, cada complicidad que se teje en la penumbra anuncia algo más grave: la voluntad de ocupar el miedo y de convertir la ley en una presencia frágil, distante, casi decorativa.

El sur como retaguardia del narcotráfico

Al otro lado del Estrecho, el norte de África, y de manera muy especial Marruecos, aparece en este escenario como retaguardia, refugio y plataforma logística del nuevo narcotráfico. Desde la orilla española da la impresión de que se contempla con excesiva indulgencia un fenómeno que ya no puede reducirse a la categoría de contrabando tradicional o delincuencia menor. Cuando un Estado tolera que en sus márgenes prosperen redes de transporte, protección y abastecimiento del crimen organizado, lo que empieza a consolidarse no es solo un negocio ilícito, sino una estructura mafiosa con ambición de arraigo.

España sabe, por experiencia amarga, que las fronteras pueden convertirse en santuarios de la amenaza. Durante años fue la frontera norte la que ofreció amparo, entrenamiento y aliento a los terroristas. Hoy esa sombra parece haberse desplazado hacia el sur. Cambian los nombres, cambian los métodos, pero no cambia la lógica del desafío: allí donde el Estado vacila, los enemigos de la convivencia ensayan sus formas de dominio. Y en todo espacio donde la autoridad se adelgaza, prosperan siempre los traficantes.

A esa realidad se suma, además, una conexión especialmente inquietante: la creciente relación entre las redes del narcotráfico y las que se dedican al tráfico de inmigración ilegal. No se trata siempre de las mismas organizaciones, pero sí de estructuras que con frecuencia comparten rutas, embarcaciones, apoyos logísticos, refugios, mecanismos de corrupción y una misma voluntad de explotar las debilidades de la frontera. Cuando distintas economías criminales aprenden a cooperar, a prestarse servicios y a protegerse mutuamente, el combate deja de dirigirse contra un fenómeno aislado y pasa a librarse contra un entramado mucho más flexible, más rentable y difícil de desarticular. Esa convergencia multiplica la presión sobre las fuerzas de seguridad y aumenta el riesgo de que amplias zonas del litoral queden sometidas, de hecho, a la ley de las redes criminales.

Por eso las autoridades marroquíes deberían entender que combatir este fenómeno no es una exigencia ajena ni una mera reclamación diplomática, sino una necesidad propia. Las mafias nunca se conforman con transportar hachís o cocaína: su ambición es comprar silencios, doblar voluntades, infiltrarse en la economía legal y acabar rozando la política. Allí donde el dinero ilícito deja de escandalizar, la democracia comienza a resquebrajarse por dentro, hasta descubrir, demasiado tarde, que el crimen ya no la asedia desde fuera, sino que ha comenzado a instalarse en sus costuras.

El silencio social

Hay, además, un peligro moral, acaso el más devastador de todos: el de la costumbre. En los años más duros del combate contra ETA, en el País Vasco, una parte muy amplia de la sociedad calló y miró hacia otro lado, atrapada entre el miedo, el cansancio, la resignación y, en algunos casos, la complicidad. Esa lección debería seguir interpelándonos. Porque en el sur, en Andalucía, en grandes núcleos urbanos de Cádiz, Huelva o Sevilla, podría terminar imponiéndose también un silencio de naturaleza mafiosa: no el de una adhesión ideológica, sino el que nace del temor, del dinero fácil y de la convivencia cotidiana con el poder criminal.

En una tierra golpeada por el desempleo y por la falta de horizontes para demasiadas familias, la droga puede empezar a presentarse, de la manera más perversa, como una forma de subsistencia, una salida inmediata, una promesa de alivio frente a la desesperación. Y ahí se consuma una de las victorias más oscuras del narcotráfico: cuando deja de percibirse como amenaza y empieza a tolerarse como destino. Entonces sectores enteros del tejido social, en todos sus niveles, se aproximan al mundo de los traficantes, a veces no por convicción, sino por necesidad, por miedo o por la mezcla corrosiva de ambas cosas.

La memoria del Estado

A esa amenaza exterior y social se añade otra, más sutil y quizá más corrosiva: la debilidad con la que a veces se afrontan los retos de seguridad. Durante demasiado tiempo se ha tolerado una mirada recelosa hacia las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, como si su misión pudiera quedar empañada por prejuicios ideológicos o lecturas parciales de la historia. Y, sin embargo, basta volver la vista atrás para recordar que, en los años más delicados de nuestra democracia, fueron muchos de esos hombres y mujeres quienes sostuvieron, con sacrificio silencioso, la legalidad, la convivencia y la libertad de todos.

A mí no me hace falta que nadie me explique lo que significa llegar siempre tarde. He conocido el precio de las vacilaciones, de los silencios cómodos, de las cegueras voluntarias con las que una sociedad se protege de aquello que no quiere mirar de frente. Sé bien que los procesos de degradación comienzan siempre con pequeños gestos de tolerancia hacia lo intolerable, con la aceptación resignada de lo que un día habría provocado escándalo, con esa renuncia íntima por la que se decide convivir con el mal antes que combatirlo. Y cuando esa renuncia prende en la vida pública, el daño acaba siendo mucho más hondo de lo que nadie quiso admitir al principio.

No hablo desde la consigna ni desde la exageración, sino desde la memoria. Vi caer a muchos de ellos; los enterramos en años en que el Estado se defendía a un precio altísimo. Sería imperdonable olvidar ahora lo que significó entonces su entrega. Por eso inquieta la ligereza con la que hoy se desatienden ciertos síntomas y se debilita, por acción o por omisión, la autoridad moral de quienes siguen en primera línea. Los procesos de degradación no llegan de golpe: avanzan mientras se los minimiza, mientras se desacredita a quienes alertan y mientras se deja crecer la amenaza hasta que reaccionar sigue siendo posible, sí, pero ya resulta más costoso y más incierto.

Me inquieta, sobre todo, la facilidad con la que una parte de la sociedad puede empezar a negociar consigo misma para justificar lo injustificable. Primero se tolera la presencia de los traficantes como si fueran una excentricidad local, luego se acepta su dinero en determinados ambientes, después se normaliza su influencia y, por último, se aprende a callar. Así nacen los climas morales en los que las mafias dejan de ser un cuerpo extraño y pasan a convertirse en un poder reconocido, temido y hasta respetado. Ese es el verdadero abismo: no solo que el crimen avance, sino que encuentre una sociedad cansada, resignada o dispuesta a pactar con él.

Cuando se empieza a contar a los muertos

Hay, además, un signo particularmente sombrío que debería sacudir cualquier indiferencia: empezamos a enterrar a quienes combaten el narcotráfico. Es un mal augurio para cualquier sociedad seria. Mientras una amenaza parece todavía lejana, siempre hay quien la relativiza; pero cuando empiezan los funerales, cuando empiezan a contarse los muertos, la lucha entra en otra dimensión. La estadística adquiere entonces un rostro, una familia, unos compañeros que cargan un féretro. Y a partir de ese momento todo se vuelve más grave, porque cada muerte no solo revela la violencia del enemigo, sino también el tiempo que se perdió antes de comprender la magnitud del peligro.

Por eso escribo con esta gravedad. Porque sé que los países no se pierden de un día para otro, sino por desgaste; porque he visto cómo el miedo se instala primero en las conversaciones, después en las calles y finalmente en las conciencias; porque sé que cuando los servidores públicos empiezan a sentirse solos, cuando quienes arriesgan su vida perciben que la sociedad ya no los acompaña con la claridad moral debida, el deterioro institucional deja de ser una hipótesis y se convierte en una posibilidad real. Lo que está en juego no es solo la seguridad de unas costas ni el resultado puntual de una operación policial. Lo que está en juego es la entereza del Estado, la salud moral de una sociedad y la dignidad de un país que no puede aceptar como paisaje aquello que debería alarmarlo. Si no se actúa con firmeza, con cooperación real y con una conciencia clara de la amenaza, el sur no solo corre el riesgo de convertirse en una frontera vulnerada, sino en un espacio cada vez más condicionado por el miedo, el soborno y el silencio. Y cuando un país empieza a contar a sus muertos en esta lucha, ya no puede refugiarse en eufemismos: o reacciona con toda la energía del Estado y de la sociedad, o acabará descubriendo que el crimen, al que toleró demasiado tiempo en los márgenes, ha empezado a instalarse en el centro mismo de la vida común. @mundiario
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