La relación bilateral más importante para México está en pleno replanteamiento, no solo en materia comercial, sino marcadamente en el combate al crimen organizado y sus ramificaciones políticas.
El calendario de las propias reglas del T-MEC marca el inicio de la cuenta regresiva para definir su futuro. En este escenario, el pragmatismo frío y desconcertante del Representante Comercial de Estados Unidos, Jamieson Greer, deja en claro que se acabó el libre comercio sin aranceles y que Washington no tiene prisa ni preocupación alguna por los plazos que ellos mismos acordaron para la revisión del pacto comercial.
Con esto, lo primero que se destruye es aquella narrativa original de un acuerdo entre tres socios integrados en igualdad de condiciones. Lo que prevalece ahora es la opción de sobrevivir en un acuerdo bilateral con Estados Unidos; el trilateralismo está en evidente peligro bajo las condiciones dictadas por Donald Trump.
La advertencia de La Casa Blanca es clara: las reglas cambiaron y México tendrá que operar bajo un esquema de amenaza constante, donde el acceso preferencial al mercado estadounidense ya no se da por sentado, sino que se cobra con cuotas de alineación política y económica.
Hoy Canadá ya no está en aquella vieja posición de hacer un frente común con México frente a las posturas de Washington; hoy ese tercer socio está colocado en la misma canasta que China por su atrevimiento de haber respondido a los aranceles de Trump con medidas similares. Estados Unidos necesita a su socio del norte, pero le pondrá un precio alto a la relación. México está solo en sus negociaciones, asumiendo el papel del socio menos conflictivo, al menos en lo comercial.
Hay una condición que amenaza con ser una factura muy alta para México: reglas de origen ventajosas para Estados Unidos y mucho más estrictas para los demás. El país tendrá que ser efectivo en cerrar la puerta a la triangulación de importaciones de Asia que se disfrazan de mercancías mexicanas para viajar al norte.
Habrá reuniones los días 16 y 17 de junio entre ambos países para tratar temas agroindustriales complejos, y otra más el 20 de julio que tampoco será suavecita en los términos que exige Washington; pero el verdadero nudo gordiano para México está en los temas de seguridad.
La interconexión entre relación comercial y seguridad es inevitable bajo la perspectiva actual de la Casa Blanca. El propio Donald Trump tiene como parte de su narrativa que la frontera que él quiere no se asegura solo con aranceles a las mercancías, sino con el control de las economías ilícitas que cruzan por ella.
En este punto, el gobierno republicano ya pasó de la cooperación contra importación ilícita de fentanilo desde México al señalamiento directo de presuntos vínculos del narcotráfico con estructuras del poder político mexicano.
Hasta ahora, queda claro que aquella política de negociar con “cabeza fría” se mantiene como eje de acción en la Secretaría de Economía. Sin embargo, la obligada aceptación de la nueva realidad comercial choca con la actitud colérica del mismo gobierno mexicano cuando se trata del combate al crimen organizado en una de sus más lascivas vertientes: su vinculación con el poder político.
Las reglas cambiaron y México tendrá que operar bajo un esquema de amenaza constante, donde el acceso preferencial al mercado estadounidense ya no se da por sentado, sino que se cobra con cuotas de alineación política y económica.