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Vanguardia 28 May, 2026 05:00

Café Montaigne 397: Cántaros, 33 años de vida

– Jesús, este vino no me gusta tanto. Sé que no sé nada de vinos; usted me enseña todo, pero éste está muy dulce. ¿Traes en tu maleta el de siempre? Anda, sé bueno y mejor tomamos del otro. Ya he practicado, yo lo descorcho. Pero no me vayas a distraer porque eres bien grosero; nada de acariciar mis piernas mientras lo abra, ¿estamos?

Lo anterior me lo recetó mi güera Jazmín, la camarera regiomontana, mientras estábamos platicando en la habitación de nuestro hotel (¡ja! Qué rápido se apropia uno de las cosas materiales, decir o escribir “nuestro hotel”, “mi hotel”). Es decir, pedimos a la habitación una tabla de quesos, agua mineral a discreción y destapamos ese día un “Segovia Fuantos” del Valle de Parras de la Fuente, Coahuila. Sí, muy dulce. Dulce, pero bueno. A la señorita Jazmín no le gustó. Y siempre en mi hielera portátil llevo el que a ella le gusta y con el cual se siente atendida: un “L.A. Cetto” del Valle de Guadalupe, Baja California. Una sola uva: Sirah.

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